Ex jugador de 30 años

Me sentí triste el martes viendo a Ronaldinho arrastrarse por el Bernabeu. Indolente, apático y desmotivado. Ver así a un jugador que, solamente armado con su alegría desbordante y su extraordinario talento para jugar al fútbol, fue capaz de cambiar el estado ánimo de todo un club. De transformar en entusiasmo y títulos una densa sensación de desilusión y desconfianza extendida por todas las capas del Barsa tras una época demasiado larga de zozobra institucional y deportiva.

Un tipo capaz de iluminar con su sonrisa auténtica y desigual todo un estadio. Un gesto con la mano y dos dedos extendidos difundido mundialmente y que expresaba buen rollo, optimismo ante la vida, gratitud hacia todo y para todos. Un jugador capaz de atraer la admiración de todo el planeta fútbol por permitirnos a cada uno de nosotros reconocer y conectar con el niño que todos llevamos dentro, tan solo viéndole divertirse con tanta naturalidad jugando al balón. Una persona totalmente enchufada a su esencia de niño jugón y a los valores del propio juego. Sin trampas ni engaños, respetando a todo y a todos … feliz, confiado, disfrutón. Y, de repente, pop ¡! (que no Pep), se perdió.

Entiendo que la decadencia física y/o mental del deportista, antes o después, siempre llega y, cuando lo hace, uno poco puede hacer para luchar contra eso pero, en el caso de Ronaldinho, tengo la impresión de que ha sido un proceso de auto destrucción. Como si sus saboteadores, hace ya algunos años, le hubieran dicho algo así como ‘no vas a poder mantener el nivel’, ‘esto es demasiado grande para ti’, ‘no estás a la altura’, ‘antes o después te vas a derrumbar’ y él les hizo caso. Pareciera como si, en lugar de afrontar esos pensamientos destructivos, reconocerlos, aceptarlos y superarlos para seguir conectado a sus valores auténticos y a un propósito tan mágico como contagiar su sonrisa a todo aquel que le viera jugar, decidió rendirse. Consciente o no. Me da igual. Se rindió.

Ayer era como un fantasma deambulando por el césped; desconectado de sí mismo, de sus compañeros y del propio fútbol. Perezoso y aburrido. Como alguien que sabe que su momento ya pasó pero tampoco se esfuerza para intentar salvar los restos del naufragio. Un barco a la deriva. Sin rumbo. Un viejo de tan solo 30 años.

A veces pienso, si yo hubiera sido su coach, qué hubiera trabajado con él. Quizá le hubiera propuesto definir un propósito de vida muy potente. Algo que realmente le hiciera resonar. Quizá algo así como “Soy la sonrisa que hace creer”. Es posible que un propósito como éste le hubiera ayudado a conectar de nuevo con su ‘yo verdadero’ y a seguir disfrutando plenamente de su privilegio. Porque, sin duda, ese es un propósito que tiene algo de magia… la misma que él me transmitía cuando jugaba.

Tengo claro que el final de un trayectoria deportiva de un jugador, su última temporada, su decadencia deportiva (generalmente, el último que se da cuenta es el propio interesado) es un momento muy duro y difícil. A veces, además, puede ir acompañado hasta de pitos y abucheos por parte de las mismas personas que te han aplaudido y ovacionado con veneración durante años. Este es un proceso natural y debería ser de corta duración. Cuando las aguas vuelven a su cauce, dejas de ser jugador y pasa un poco de tiempo, el futbolista que ha dejado huella, el crack o la  estrella, retornan a los altares de la memoria y del recuerdo de los aficionados y, de ahí, ya no bajarán jamás.

Lo que realmente me molesta de Ronaldinho es que su cuesta abajo está siendo ya excesivamente larga y, en mi memoria, se empiezan a acumular demasiados recuerdos e imágenes poco edificantes de tan extraordinario jugador.

Esperemos que este suplicio acabe cuanto antes y pueda volver a poner a Ronaldinho en el Olimpo de los dioses del fútbol.

Imanol Ibarrondo

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