Corazón de León

Excesivas facilidades. Está barato golear al Athletic. El equipo, según su entrenador, casi cuatro años después de su llegada, sigue siendo blando. No parece que sea cuestión de defender con más gente, ni más atrás o al pelotazo. Tiene más que ver con la actitud, sobre todo, de los defensas. Es cierto que defiende todo el equipo, pero los últimos bastiones deben ser expertos en el arte de defender, contagiando a los demás.

Hoy en día, para ser un defensa de élite, sin duda, es importante maniobrar bien con el balón, participar en la salida limpia de la pelota desde atrás, dar apoyos y ofrecerse para descargar el juego… pero hay algo que resulta sencillamente imprescindible; defender. Esa debe ser la mayor virtud de un defensa.

Existe un concepto en fútbol que define a los grandes defensores. Se llama rigor defensivo y está íntimamente relacionado con la actitud. Con querer defender, saber cómo se hace y disfrutar haciéndolo. Significa aplicarse en cada acción defensiva hasta las últimas consecuencias. Se trata de no permitir un centro desde la banda sin echar el resto para evitarlo, de no conceder un pase fácil, ni dejar girarse a un delantero con comodidad. De no regalar una falta en lugares peligrosos y no hablemos de un penalti. De no perder nunca de vista el balón, ni darse la vuelta atemorizado ante un pelotazo. Al contrario, de lanzarse en ‘sarras’ a tapar cualquier disparo. De no conceder un remate sin oposición, ni perder una disputa sin pelea. En definitiva, de no regalar ni el aire que respira al delantero. Defender como un León.

Ser un gran defensa exige, además de excelentes cualidades físicas, un nivel de determinación y concentración en el juego que no está al alcance de cualquiera. Mientras que la primera vive en el corazón, la segunda reside en la cabeza. Cuando se juntan las dos cosas, el defensa parece un imán al que llegan todos los balones. Estando así en el campo, el fútbol es más fácil generándose una sensación de fluidez, como si todo lo que sucediese en el césped estuviese bajo tu control. Esos días, jugar es un placer. Estás tan absorto en el juego que casi puedes anticipar lo que va  pasar en cada momento.

Ese es básicamente el efecto de la concentración. Es como un ‘potenciador de la percepción’, que hace que parezcas más rápido, más fuerte e, incluso, te ayuda a tapar tus carencias técnicas ya que, estar concentrado, te permite anticipar la jugada, lo que te da un ‘bonus’ de tiempo para decidir la acción técnica más adecuada y ejecutarla convenientemente. Concentrado, eres mucho mejor jugador. Algunas veces, pocas, yo me sentía así.

Los demás días,  mi mente, en lugar de centrarse en el juego y ayudarme a mantener la tensión y la concentración necesarias como era su obligación, se distraía dedicándose a boicotearme descaradamente. Me decía cosas como; “seguro que fallas”, “vaya día que tienes”, “fijo que se te va”… y demás lindezas o, sencillamente, se ponía a pensar en otras cosas. Todo esto me hacía perder confianza y seguridad, me sacaba del partido y, en ocasiones, me llevaba al bloqueo y a la inacción, por miedo a que se cumplieran las negativas previsiones de mi caprichosa mente

Lo cierto es que, aunque la táctica desempeña una función esencial en el fútbol, finalmente, todo se reduce a un ‘uno contra uno’, en el que tú te la juegas con tu contrario. En el remate, en la entrada, en la disputa, en el regate, en la anticipación, en el marcaje o en la estrategia, conseguir que tu mente esté al 100% de tu parte es vital para ganar ese metro, o esa décima de segundo, que marca la diferencia entre el éxito y el fracaso en el fútbol. Al final, eres tú contra tu delantero. Es un duelo y debes  ganarlo jugada a jugada, hasta que se rinda y le saques del partido… o él te saque a ti.

Por desgracia, ese estado ideal de concentración no es fácil de conseguir y, desde luego, no se alcanza tan solo deseándolo, ni tampoco repitiendo una y otra vez “tenemos que estar más concentrados”. Puedo confirmar que tampoco funciona nombrar a los antepasados de tal o cual jugador para que esté más atento.

Saber cómo eres, cómo te comportas, qué piensas, qué es lo que realmente quieres o conocer a dónde se va tu mente cuando se despista, resulta fundamental para aprender a mantener la concentración. Podríamos decir que el  autoconocimiento es básico para controlar la atención manteniendo  la mente limpia de parásitos mentales e imágenes negativas y centrándose en el desarrollo eficaz de su tarea. Eso, también es un entrenamiento.

Hoy visita San Mamés un ilustre del fútbol, José Antonio Camacho, que haciendo bandera del rigor defensivo, alcanzó los mayores éxitos y reconocimientos como futbolista. Una leyenda y quizá uno de los defensas más ejemplares que yo haya visto, comparable, por ejemplo, a Puyol. Tuve el privilegio de tenerle como entrenador y todavía recuerdo, las pocas veces que le tocaba entrar, cómo rascaba en los rondos. Lo dicho, una actitud.  

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA con fecha 28 de noviembre

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