Sangre, sudor y lágrimas

Acabo de leer una novela histórica que ilustra cómo se desarrolló la Primera Guerra Mundial, incluso en el frente de batalla. Entre otras cosas, describe con mucho detalle las emociones, sensaciones y pensamientos que compartían los soldados, tristes protagonistas involuntarios en aquel sinsentido que se cobró la vida de más de diez millones de jóvenes.

Me quedé pensando en cómo me comportaría yo en una situación similar y qué tipo de persona me gustaría tener a mi lado en un momento así. Coraje, lealtad, capacidad de sufrimiento, valentía, resistencia, templanza y decisión, serían algunas de las cualidades esenciales que buscaría para compartir tan terrible experiencia. A veces, el fútbol, sin ser tan trágico, también puede convertirse en una guerra interesada que te pilla en medio.

Conocí personalmente a Carlos Gurpegi afrontando, posiblemente, una de las situaciones más difíciles y comprometidas de su vida. Siendo yo vocal de la Junta Directiva de AFE, saltó el escándalo de su positivo. Tras una espera prudente con recursos, apelaciones, condenas y demás zarandajas legales, la sanción se hizo firme y le obligaron a parar durante dos años.

En aquel tiempo tuve el privilegio de conocer a su familia. Fuimos invitados varias veces a comer a su casa de Andosilla. Menestra, alcachofas, pimientos y espárragos de su propia huerta eran los manjares con que nos obsequiaban. Curiosamente, absolutamente todo lo que servían en la mesa, incluido el vino, eran productos ecológicos (paradojas de la vida). Y de postre, teníamos lágrimas. De su familia. Derramadas por la injusticia y la impotencia ante un castigo (no solamente la sanción) desmesurado, inmerecido e imposible de aceptar con serenidad.

Entretanto, Carlos parecía un espartano. Inasequible al desaliento y enfrentando decidido su imprevisible destino. Ni una mala palabra, ni una acusación pública a nadie, siempre con una sonrisa que ofrecer, volcado en acciones solidarias, desdramatizando, relativizando, madurando y, en definitiva, tomando consciencia de que la vida es mucho más que fútbol.

Y volvió. Acelerado, como queriendo recuperar en cada balón los dos años robados. Jugaba descontrolado, no medía bien, sin pausa, sin tiempo, sin confianza. Él no la tenía y tampoco se la daban. Se volvió a romper la cara. Otra vez. Más sangre. Esta vez, traumatismo craneoencefálico y doble fractura de nariz. Antes ya se había partido la mandíbula. Le visité en el hospital. De nuevo, una sonrisa. “Todo esto pasará“, decía él.

Mientras tanto, toneladas de esfuerzo, sacrificio, sudor a raudales, entrenamientos al máximo, referencia de implicación y compromiso para todos. Sigue recibiendo más cariño y admiración que nadie y, doy fe, también el reconocimiento silencioso de todo el planeta fútbol a su formidable carácter forjado a base de coraje para afrontar la adversidad.

Esta semana se cumplen ocho años desde que se confirmó el fatídico positivo y, además, Carlos visita el estadio en el que comenzó su calvario, marcando dos goles. Más paradojas de la vida.

Recuerdo un titular de prensa en una de sus entrevistas durante su castigo. Decía: “Volveré siendo mejor“. Ese fue su ambicioso reto y a ello se dedicó en cuerpo y alma: a profundizar en su autoconocimiento, a descubrir nuevas perspectivas de su realidad, a conectar con su esencia y con sus valores auténticos. A cuidarse y a quererse más. A crecer.

Tengo claro que el gran jugador que estamos disfrutando esta temporada es fruto de este proceso y de la determinación y voluntad con las que peleó por no rendirse, por no permitir que otros decidieran su destino y por atreverse a descubrir sus propios recursos para alcanzar su Reto.

Gurpegi mantiene intactas la intensidad, la valentía, la nobleza, la resistencia, la solidaridad y la agresividad que tenía antes y, además, les ha sumado la pausa, la confianza y la seguridad necesarias para atreverse a pedirla, pararla y jugarla con criterio. También conserva su llegada al gol complementada con golazos de fuera del área y, sobre todo, está feliz. No hay más que ver cómo celebra sus goles con la alegría de un niño.

Un carácter guerrero, noble y humilde forjado a base de sangre, sudor y lágrimas. Desde luego, si el partido de hoy se planteara como una de esas grandes batallas antiguas europeas, qué gran suerte tener en tu bando al jugador que mejor identifica, sin duda, el espíritu y los valores auténticos del Athletic.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 5 de diciembre de 2010

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