La mejor final de la historia

Lo sé. Suena atrevido y arriesgado, pero es lo menos que se merece un equipo que hoy pone punto y final a una apasionante temporada para el recuerdo. El año en que recuperamos la esperanza de volver a ser campeones y el orgullo de sentirnos plenamente identificados con nuestro Athletic. Reconozco mis dudas tras la decepción de Bucarest, así es que el martes decidí ir en un salto a Lezama para ver el entrenamiento y, dos horas después, volvía en mi coche absolutamente convencido de que hoy tendremos el privilegio de presenciar la mejor final de la historia, entre los dos grandes clubes que, con su fútbol valiente y su actitud ejemplar, dignifican y engrandecen este apasionante deporte. Uno de ellos, es el nuestro.

El equipo entrenó ese día con una actitud, una intensidad, un ritmo, una agresividad y una concentración tales, que recuperé las mejores sensaciones de que este equipo es capaz de todo y, además, percibí algo que no había sentido con tanta claridad hasta este momento; el Athletic está rabioso, dolido y hambriento. Es un león peligroso.

Me llamó poderosamente la atención la repetición insistente de los movimientos de presión, la automatización hasta el aburrimiento, la perfección y la sincronización de todos los jugadores y el nivel de presencia de absolutamente todos los que participan, de una u otra manera, en la sesión de entrenamiento. La exigencia es máxima para todos, incluidos sus asistentes, los utilleros, los que quitan y ponen a los alemanes, el que graba el entreno…, todos saben que no hay margen para la relajación, ni para bajar un ápice el nivel de tensión con que se trabaja. No hay fugas en el entorno que permitan un respiro a los protagonistas. Nada nuevo bajo el sol del planeta Bielsa. Él no necesita dar ni una sola voz, su discurso es el ejemplo, no requiere palabras y es sin duda el más eficaz. Intuyo que el rosarino es de la opinión que “pienses lo que pienses y te sientas como te sientas, haz lo que debes”. No hay mejor forma de recuperar el ánimo y la motivación que seguir trabajando con el mismo (o más) nivel de exigencia.

Quizá toda esta automatización tiene un solo propósito; no pensar. Para jugar, pensar es malo y pensar mucho, muy malo. En el césped, no se trata de pensar, sino de sentir, fluir si fuera posible y, el pensamiento, tal y como lo entendemos, entorpece este proceso hasta límites sorprendentes. Se trata de dejar hacer a tu cuerpo, porque sabe hacerlo, perfectamente, para eso lleva más de mil horas esta temporada repitiendo movimientos hasta la extenuación. Pero, a veces, ese diálogo interno, no deja a los futbolistas jugar con libertad.

Ocurrió en Bucarest. Es muy posible que una ingente cantidad de pensamientos inútiles y negativos acumulados en sus atribuladas cabezas, les consumieran demasiada energía antes de jugar, llevándoles al bloqueo, la inacción y la derrota. Teniendo en cuenta el nefasto resultado de tal proceso, eso de que pensar es gratis, podría ser sometido a debate y discusión. Los pensamientos no dejan de ser semillas que dan fruto. Hay algunos que consumen y gastan mucha energía, se pudren y no producen nada bueno. Hay otros, en cambio, que te conectan con energía, vitalidad, confianza y seguridad. Es decisión de cada uno elegir qué quiere pensar y, desde ahí, controlar su actitud.

La secuencia que viene después de un pensamiento negativo, no da ningún fruto y genera emociones tóxicas: “… y si perdemos otra final?”, “… y si nos marcan otra vez nada más comenzar?”, “… y si nos puede la presión?”, “… y si no somos suficientemente buenos?”, “… y si nos falta experiencia?”, “… y si Messi tiene su día?”‘, “… y si somos demasiado jóvenes?” Obviamente, esto no es pensar, este agotador proceso se conoce coloquialmente como comerse el tarro, que no es ni parecido. Todo este diálogo interno, absurdo e irracional, te conecta irremediablemente con el miedo, con tus saboteadores internos y con tu peor versión. Tanto entrenar, cuidarte, alimentarte, descansar… para dejar que un montón de energía, que vas a necesitar, se te vaya por la cabeza a través de pensamientos basura.

Entiendo que es imposible no pensar en las horas previas a una gran final contra, posiblemente, el mejor equipo de la historia. Los futbolistas no son monjes tibetanos, ni están entrenados para controlar su mente, relajarse, meditar, respirar profundamente y demás actividades que les permitan controlar sus pensamientos, pero les propongo que, en lugar de tener pensamientos negativos e inútiles descontrolados pululando por sus mentes y chupando de su depósito de energía, los cambien por otros positivos, que les conecten con lo mejor que tienen, con todos sus recursos, con su esencia y sus auténticos valores.

Como no van a poder evitar pensar, sugiero algunas preguntas distintas, cuyas respuestas seguramente les aportarían las dosis industriales de energía, optimismo y confianza que, sin duda necesitarán, para afrontar el hercúleo reto de tumbar a Goliath. Quizá podrían preguntarse a sí mismos, o mejor aún, a sus compañeros de habitación, en el comedor, por los pasillos… ¿qué es lo mejor que tienes? ¿Cómo te gustaría contar este partido a tus hijos dentro de 20 años? ¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí? ¿En qué jugador te has convertido? ¿Quién necesitas ser esta noche? ¿Qué vas a aportar tú para hacer un gran partido? Ganemos o perdamos, ¿cómo te gustaría sentirte después de la final? ¿Qué necesitas hoy de mí? ¿Cómo te puedo ayudar durante el partido? Son preguntas que te llevan a lugares muy distintos del miedo, de la ansiedad y de la angustia. Sencillamente, te permiten conectar con tu mejor versión.

Mi único deseo es que esta noche salgan al campo con las piernas ligeras, los corazones valientes, las mentes serenas y los espíritus guerreros. Sin pensar. Que se den permiso para estar Presentes. Aquí y ahora. Si esto es así, sentiremos su Presencia, será contagiosa y todos juntos disfrutaremos de la mejor final de la historia. ¡A por ello!

Imanol Ibarrondo

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Nota: post publicado como articulo en el periódico DEIA de fecha 25 de mayo de 2012

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