Reflexiones sobre liderazgo (I)

Nueva imagen (1)Quedaban solamente cuatro partidos y teníamos que ganarlos todos para conseguir el ascenso a Primera, asegurando así la viabilidad del Club que pasaba (pasábamos) por grandes problemas económicos. No hacerlo significaba, de hecho, su desaparición y todos lo teníamos demasiado presente. Jugábamos fuera contra un equipo de la parte baja de la tabla y, a pesar de ser el mes de mayo, salió un día invernal, con mucha lluvia y un viento helado que te calaba hasta los huesos.

Nos marcaron el primero nada más comenzar y acusamos el gol de forma exagerada. Estábamos muy tensos y, por la cabeza de cada uno de nosotros, comenzaron a pulular todo tipo de fantasmas, emociones y pensamientos negativos que nos bloqueaban, provocando continuos errores y pérdidas de concentración. Un descalabro.

El baño que nos estaban dando era espectacular y perdíamos 2-0 al descanso. Cuando entramos en la caseta, algunos discutían, otros gritaban y la mayoría estábamos con la cabeza baja, anticipando el inminente desastre que, inevitablemente, se iba a producir. La angustia, la frustración y mucho miedo, eran las densas emociones que ocupaban todo el espacio. La ansiedad hacía que nuestra mente fuera a toda velocidad y nos viéramos ya hundidos, fracasados y con un futuro muy incierto. Una ola de fatalismo lo inundaba todo. Pesaba el ambiente.

Cinco minutos más tarde, el entrenador entró en el vestuario. Todos esperábamos que se sumara, de alguna manera, al secuestro emocional que en ese momento invadía el vestuario, cuando él, a la vez que alzaba los cuellos de su abrigo, dijo con toda calma y una sonrisa: “¡Joé, qué frío hace!. ¿Alguien quiere un cafecito?”. Y se puso a servirnos cafés…

El efecto que su sorprendente actitud tuvo en el estado de ánimo del equipo fue tremendo. Los recursos que demostró en ese momento decisivo para controlar sus impulsos y permanecer sereno, a pesar de las presión que todos sentíamos, él también, supuso una liberación inmediata para todos nosotros.

La demostración que hizo, de forma tan sencilla, de su capacidad para conectar emocionalmente con el grupo, su decisión de ponerse a nuestro servicio, de auto controlarse, de empatizar con nuestro miedo y angustia, de sentir nuestra emoción. Solamente con una frase y una cálida sonrisa, la transformó en un solo instante. Los oscuros nubarrones que presagiaban la catástrofe comenzaron a evaporarse y comenzó a soplar una leve brisa de ilusión renovada, esperanza y optimismo. Las cabezas arriba, palabras de ánimo y confianza, alguna sonrisa… ¡Quizá todavía pudiéramos conseguirlo!

Su capacidad para evitar un secuestro emocional, para mantenerse sereno y no descargar sobre el equipo su rabia y frustración por un primer tiempo lamentable que ponía en grave riesgo el futuro de todos, le ayudó también a pensar con claridad, hacer algunos cambios y modificaciones tácticas que convirtieron la brisa de confianza en la salida en un huracán de juego y goles que nos permitió remontar y ganar el partido.

El decidió ponerse en nuestros zapatos, quitándose previamente los suyos y, en esos cinco minutos que tardó en entrar al vestuario, quizá se preguntó: ‘¿qué necesitan mis jugadores de mí ahora?, ¿cómo les puedo ayudar?, ¿quién necesito ser en este momento?, ¿cómo estoy yo?, ¿qué me está pasando?, ¿cuál es el reto aquí para mí?, ¿qué necesito hacer o decir?…” Su decisión de ejercer de Líder y no de entrenador o jefe, de servir en lugar de mandar, cambió el partido y nuestro destino esa temporada. Finalmente ascendimos… pero ahora sé que lo logramos en aquel descanso, gracias a un Líder que se atrevió a preguntar: “¿alguien quiere un cafecito?”.

Liderar no es cuestión de glamour, ni de simpatía, oratoria o elegancia. Esos pueden ser atributos de popularidad, pero no necesariamente lo son de liderazgo. Al Líder no se le mide por su personalidad o estilo, sino por la calidad de su acción. Lo que realmente importa es qué es lo que haces y con qué te comprometes.

Todos podemos liderar… podemos y debemos hacerlo, primero con nosotros (auto-liderazgo) y luego con los demás. Tan solo se trata de ser más conscientes y desarrollar algunas habilidades y competencias sencillas, para poder hacerlo con mayor continuidad, con más personas y con un impacto superior. El liderazgo es, sin duda, una actitud y, como tal, se puede aprender y desarrollar. No hay excusas. Tú, también eres un Líder.

Imanol Ibarrondo

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