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Sobre el Compromiso (con ‘C’ mayúscula)

30 diciembre, 2013

Nueva imagen (2)Ancelotti dio un toque a sus jugadores tras la inapelable derrota en el derby madrileño apelando a lo más clásico y tópico del fútbol: la actitud. Ayer, los jugadores, molestos, pidieron una reunión con el técnico italiano para exigir(se), unos a otros (se entiende), compromiso. Compromiso y actitud, dos palabras circulares, que sirven para todo, pero que nada explican.

Hace un año, facilitando las ‘7P para potenciar personas’ con los técnicos y staff de la selección mexicana de fútbol, momentos antes de comenzar el séptimo y último taller, me llegó un mensaje desde España informándome que había fallecido de un infarto mi estimado Manolo Preciado, justo un día antes de su presentación como entrenador del Villareal CF. La noticia me llenó de pena y tristeza pero, tenerle presente durante aquellas cuatro horas, precisamente en el taller del Compromiso, generó un espacio, con una energía y emoción tan cálidas, que guardo un recuerdo imborrable de aquel momento.

Si hablamos del Liderazgo como la actitud imprescindible para generar Compromiso auténtico (con ‘C’ mayúscula), siempre me viene a la cabeza la imagen de Manolo Preciado, un verdadero referente, así reconocido por todos en el planeta fútbol, incluso antes de fallecer… para variar.

A veces, utilizamos el ejemplo de los huevos con beicon para ilustrar la diferencia entre obligación y compromiso. Para cocinar este plato, ¿quién está más comprometido, el cerdo o la gallina? La gallina pone los huevos, hace lo que debe y cumple correctamente con su tarea. La gallina está implicada. El cerdo, por otra parte, va más allá de lo exigible y se deja la vida en el empeño. El cerdo está realmente comprometido. Manolo, sin duda, era el cerdo del ejemplo por excelencia.

Conocía desde hace mucho a Manolo Preciado. Ya fue una referencia en la conquista de derechos laborales para los futbolistas cuando los tiempos eran realmente duros. Los que, como él, daban la cara en aquel momento, ponían en juego sus contratos y sus carreras. Asumían grandes riesgos por los demás y se la jugaban por todos. Una vez más, Humildad y Compromiso auténtico.

Desde la distancia, le ví afrontar situaciones verdaderamente límite, ante las que un cese sería un juego de niños. Le admiré mucho como entrenador pero, sobre todo, me descubro ante la persona. La vida le golpeó con extrema dureza y él se reponía una y otra vez, con una entereza y valentía incomparables (resilencia se diría ahora). Sin rencor ni resentimiento, al contrario, contagiando a todos su increíble capacidad para disfrutar de la vida y del fútbol.

Trabajador, sensible, cercano, integro, humilde, valiente y alegre eran algunos valores que definían una personalidad arrebatadora. Manolo se dejaba la vida por sus jugadores y, cómo no, sus jugadores morían por él. Su liderazgo ha dejado huella en todos los futbolistas que tuvieron el privilegio de trabajar a sus órdenes. Él no tenía ‘gallinas’ en su vestuario.

Dos meses antes de morir, en un taxi, durante un gigantesco atasco en Madrid, tuve una larga conversación con Manolo y, hablando de lo estresante que era su profesión, le pregunté hasta cuándo tenía intención de seguir en los banquillos. Él, me miró a los ojos, sonrió y, con su socarrona voz de siempre, me respondió; “hasta el día que me muera”. Como siempre, cumplió. En nuestras formaciones de coaching y liderazgo en España siempre sale (y seguirá saliendo) el nombre de Manolo Preciado, como referente de entrenador generador de Compromiso.

La gran mayoría de los técnicos y entrenadores que acuden a nuestras aulas, de cualquier deporte y categoría, coinciden en que es, precisamente, conseguir el Compromiso, uno de los retos más importantes a los se enfrentan. Escribo Compromiso con ‘C’ mayúscula para diferenciarlo del otro compromiso, con minúscula, el que se exige y se reclama, en público y en privado, como una receta milagrosa cuando las cosas se complican.

La verdad es que me rebelo cada vez que escucho, habitualmente, declaraciones del tipo; “el equipo está muy comprometido”… “yo estoy muy comprometido”… “el Club está comprometido”. Es una palabra que, utilizada de esta manera, queda vacía de contenido, una palabra circular que, como decía al principio, sirve para todo, pero nada explica. Si no se concreta y se demuestra diariamente con acciones, decisiones y comportamientos visibles, está absolutamente desnaturalizada. Es por esto que, siempre que escucho esa declaración, me hago la misma pregunta; “realmente, ¿con qué está comprometido tu equipo?”… “¿con qué estás comprometido tú?…”

El Compromiso es necesario cuando se acaba la diversión, cuando la cosa se complica, cuando empiezan las dificultades… y, en el deporte, antes o después, cada temporada, por arriba o por abajo, siempre lo hace. Es ahí, en ese momento, cuando se descubre si hay o no hay un equipo compuesto por personas Comprometidas, al servicio de sus compañeros y del Equipo.

El Compromiso (con mayúscula) es una elección. Se trata de elegir a qué valores y a qué actitudes estoy diciendo que SÍ con mi Compromiso y a qué digo que NO. Comprometerse es un acto radical y una decisión absolutamente personal. Nadie puede obligarme y no se puede exigir… pero es imprescindible para poder aspirar a convertirte en la mejor versión del jugador y del equipo que puedas llegar a ser.

Trabajo cada semana con entrenadores y aprendo mucho de ellos. Entiendo cómo se sienten, qué piensan y cuáles son sus mayores miedos. Conozco sus dificultades, la complejidad de su tarea y soy muy consciente del desafío que supone hacer frente diariamente a su responsabilidad bajo la espada de Damocles de los resultados. Ellos saben que ya no basta con el ‘ordeno y mando’ para conseguirlos. Saben que no es suficiente con utilizar el poder que te confiere el cargo para alcanzar el máximo rendimiento de jugadores y equipos. Ya no funciona así. Lo saben bien.

Hay algunos que se atreverán a cambiar y otros que no. Los primeros seguirán adelante disfrutando de su pasión y, los segundos, poco a poco, se quedarán fuera. El cambio es inevitable. El fútbol sigue siendo parecido, pero los futbolistas son muy diferentes. Ya no se aceptan capataces ni sargentos de hierro, no es suficiente con entrenar deportistas, se necesitan, se exigen, Líderes inspiradores y al servicio de sus jugadores.

Quizá, en el mejor de los casos, a los primeros, todavía les alcanza para obtener su obediencia, por miedo a las consecuencias generalmente, pero ni de lejos les sirve para conseguir su Compromiso. Ese es un regalo personal de cada jugador y, si te lo hacen, es porque te lo has ganado. El regalo es creer y confiar en ti, para seguirte hasta el infinito y más allá. Entonces, y solo entonces, suceden cosas extraordinarias…

Imanol Ibarrondo

“Pillapilla” (conversaciones transformadoras)

30 diciembre, 2013

Nueva imagen (1)Era el típico entrenamiento de sábado, previo al partido del domingo. Como había llovido toda la semana, el campo estaba muy blandito y, como tantas veces, entramos a hurtadillas en el parque municipal junto al estadio, aprovechando que no estaban los jardineros, para completar el calentamiento sin pisar el terreno de juego.

Al parecer, el entrenador tenía un día un tanto juguetón, algo absolutamente inusual en él, y uno de los ejercicios consistía en jugar al “pillapilla encadenado”. Es divertido. En un espacio limitado y suficiente para poder correr y moverse bien, uno la lleva y tiene que tocar a otro. Cuando lo hace, ambos se dan la mano y, sin soltarse, deben tocar a un tercero que se suma a la cadena. Y así, sucesivamente, hasta que no queda nadie libre.

Aquel día, supongo que gracias a mi excelente juego de cintura, flexibilidad y agilidad prodigiosa (si era durito al natural, no os cuento a las 9:30 de la mañana y con una tendinitis que me obligaba a llegar al baño a cuatro patas, tras dejarme caer de la cama). En fin, que aquella mañana anduve fino y quedé libre hasta el final. En la última ronda, con todo el equipo encadenado y estrechando el círculo hasta el punto que ya no había salida posible (por lo menos, yo no la veía) decidí echarme encima de todos para acabar el juego echando unas risas. Error. Mala elección.

En ese momento retumbó un trueno. Todos pudimos escuchar con claridad su grito (todavía me llega el eco): “¡Lo sabía!… ¡Eres un perdedor!… ¡No eres competitivo!… ¡Nunca lo has sido y nunca lo serás!…”. Esa fue su sentenciaGané el juego, pero perdí mucho aquel día.

Lo cierto es que podemos olvidar todo lo que nos diga o haga un entrenador, pero lo que no olvidamos nunca es cómo nos hizo sentir. Aún hoy, cuando lo estoy escribiendo, recuerdo perfectamente el impacto que tuvo en mí aquella demoledora declaración, resonando como un disparo, delante de todos mis compañeros. Estuve mucho tiempo sin entender cómo pudo decirme algo así. Ahora lo comprendo.

Él tenía ‘su’ razón, bajo su punto de vista, no ‘estaba siendo’ competitivo, pero su sentencia fue tan definitiva como desafortunada. ‘Ser’ y ‘estar siendo’ no es lo mismo. En la primera estamos etiquetando a la otra persona y eliminamos la opción de que pueda cambiar, corregir, aprender y mejorar. Con la segunda expresión, creamos un espacio para que pueda hacerlo e incluso, nos ponemos en la mejor disposición para ayudarle a conseguirlo.

Nuestra mente es muy obediente y, si sembramos una etiqueta limitante respecto a cualquiera, ya se encargará ella en adelante de que solamente veas aquello que confirma y refuerza ese pensamiento. Lo demás, lo que vaya en contra de la etiqueta, resultará invisible.

Este sencillo cambio de ‘eres’ por ‘estás siendo’ abre muchas posibilidades para establecer conversaciones transformadoras, para ser curioso, para preguntar y escuchar, para ayudar a tomar consciencia, para descubrir, para aprender y crecer y, sobre todo, para poder seguir creyendo que es posible cambiar y construir nuestro propio futuro, así como ayudar a otros a hacerlo con el suyo.

Ahora sé lo que esperaba el entrenador cuando descargó su ira sobre mí en aquel momento del ‘pila pilla’. Él esperaba de mí que no me rindiera, que hiciera todo lo posible por superar aquella dificultad máxima del juego, que no bajara los brazos, que siguiera peleando, que estuviera presente en el juego y centrado hasta el final. Que no me saliera del ejercicio. Él confiaba en mí pero era incapaz de expresarlo. De ahí su frustración, su enojo y su rabia.

A él, lo que le disgustó fue comprobar que reaccionaba igual que lo hacía en el campo y que, en las situaciones límite, cuando la cosa se ponía muy complicada, me salía del partido y no asumía mi rol. Prefería pactar una rendición honorable con el enemigo que competir hasta el final. Ser competitivo no es querer ganar, eso lo queremos todos. De hecho, si fuera solamente eso, si ganador viene de ganas, yo sería el mejor porque tenía más ganas e ilusión que cualquiera. No es tan sencillo. Se trata de poner todos los medios necesarios para poder ganar; sacrificio, ilusión, emoción, energía, perseverancia, optimismo, pasión, resistencia extrema, determinación, deseo de ganar siempre, de crecer, de mejorar… Ahí la cosa se complica. Ahí ya llegan muy pocos… sin ayuda.

No sé qué hubieras hecho tú en mi situación… pero si me imagino a Puyol siendo el último en el ‘pillapilla’, le veo intentando subirse a algún árbol, tirarse por encima de los arbustos, intentar pasar de un salto por encima de todos o por debajo de las piernas de algún despistado encadenado…en fin, le veo sin rendirse, peleándolo hasta el final, concentrado en el juego, atento a cualquier posibilidad, con alegría pero en alerta máxima, siendo un ejemplo de actitud para todos los demás ‘encadenados’ de su equipo. Le veo exactamente igual que en el campo.

Yo no lo hice así y, un entrenador con habilidades básicas de coaching, hubiera tenido ahí una excelente oportunidad para, primero, no reaccionar como lo hizo, con absoluta falta de autocontrol, y segundo, conversar conmigo ayudándome a sacar, de esa experiencia, un gran aprendizaje para trasladarlo al campo y para crecer dos palmos en un área fundamental para mi crecimiento profesional y personal. Prefirió hacer otra cosa. Eligió desahogar su frustración. Me sentí humillado. Sin duda, la suya fue tan mala elección como la mía.

Qué podría haber sido diferente si hubiera aprovechado esa situación para, en otro momento, comentar conmigo lo sucedido, revisar mi comportamiento en el campo relacionándolo con ese ejercicio, tomar consciencia de qué impacto tiene mi reacción en el equipo, qué podría ser sería diferente si, la próxima vez que perciba ese momento en el campo, tome consciencia de lo que (me) está pasando para poder ofrecer una respuesta mejor, más consciente, más beneficiosa y positiva para mí y para mi equipo.

El ‘pillapilla’ quizá podría haber sido un punto de inflexión para mi, un descubrimiento concreto, de gran impacto, un regalo de auto-conocimiento que me hubiera impulsado e inspirado a ponerme a trabajar de inmediato en mi propio plan de acción para mejorar esa área del rendimiento fundamental en cualquier deportista.

Sir John Withmore, referente mundial del coaching, resume en dos palabras lo que para él significa esta disciplina; consciencia y responsabilidad. El entrenador puede funcionar como una gran antena que recoge permanentemente datos e información, invisible para el deportista, y se la ofrece (dar feedback) para que pueda decidir, consciente y responsablemente, qué es lo que quieren hacer con ella, para generar conversaciones transformadoras que le sirvan para cambiar su realidad, para crecer y para acercarse, poco a poco, a la mejor versión del jugador que pueda llegar a ser.

Imanol Ibarrondo

Reflexiones sobre liderazgo (y III)

30 diciembre, 2013

Nueva imagen (3)Era un partido de play off para el ascenso a 2ª. Quien lo ganara tenía casi asegurado el premio gordo de salir del pozo de la 2ªB para volver al fútbol profesional. Nosotros lo necesitábamos imperiosamente. Tras el descenso de la temporada anterior, el Club había hecho el esfuerzo de mantener los contratos para volver a subir en un año, y todos lo sentíamos como una obligación. Jugábamos en casa, donde solo habíamos encajado un gol en toda la temporada… la cosa pintaba bien.

Era el partido de vuelta (habíamos perdido fuera, uno a cero) y debíamos ganar, a poder ser por dos de diferencia, para conseguir el objetivo. El resultado era de 2-0 en el minuto 40 de la primera parte y estábamos jugando un auténtico partidazo. En los fatídicos cinco últimos minutos del primer tiempo encajamos dos goles y entramos al vestuario totalmente desconcertados.

En ese momento se desató un huracán. El entrenador, presa de un terrible secuestro emocional y sumido en un ataque de ira y de furia incontenible, se dedicó durante quince interminables minutos, a desahogar sobre nosotros toda su rabia y su frustración, dirigiéndonos todo tipo de descalificaciones, amenazas, insultos y humillaciones. No hubo forma de ponerse a cubierto.

En la segunda parte el equipo dejó en la caseta su corazón recuperándose del impacto y jugamos a nada, sin alma, perdimos 2-3, no ascendimos y él, además de castigarnos con unas increíbles palizas físicas durante las últimas dos semanas de competición, no volvió a dirigirnos la palabra hasta que acabó la temporada. Se dice que podemos olvidarlo que nos dijeron o lo que nos hicieron, pero que nunca olvidamos lo que nos hicieron sentir. Doy fe de que es cierto. Nunca olvidaré aquella experiencia.

No sé si el resultado hubiera podido ser diferente o no, lo que sí tengo claro es que aquellos terribles quince minutos no ayudaron en nada a que saliéramos al campo en la mejor disposición emocional y mental. Seguramente, el entrenador tenía toda la razón en su análisis de los errores cometidos, en cómo teníamos que haber defendido, en que faltó la concentración y en todo lo demás… pero, en ese preciso momento, no tocaba nada de eso. No se trataba de tener razón (cuestión del ego), sino de alcanzar el objetivo; ganar el partido.

Probablemente, el auto-control emocional sea una de la competencias que más y mejor debe dominar un Líder. Ser víctima de un secuestro emocional como el de la historia, te deja impotente y sin acceso a todos tus recursos, hace que reacciones de forma descontrolada en lugar de buscar la respuesta más adecuada para cada situación, e impide que puedas ejercer el rol de Líder, al servicio de tus jugadores, que, en momentos de gran tensión y responsabilidad como aquél, resulta imprescindible. Es precisamente en medio de la tempestad cuando se requiere liderazgo. No hace falta capitán cuando el mar está en calma.

En estos últimos años de estudio, formación y práctica profesional en coaching y liderazgo en el ámbito deportivo, he tomado consciencia de que el Valor esencial que distingue a los grandes líderes, también en el deporte, es la Humildad, que no es hacerse de menos, sino pensar antes en los demás que en mí mismo. Antes, confundía la humildad (profunda) con la modestia (superficial), pensaba que eran más o menos sinónimos. Ahora lo veo muy diferente. Para ser realmente humilde, hay que tener un enorme nivel de confianza y de seguridad en uno mismo. Hace falta mucho valor y coraje para atreverse a brillar y ser luz para otros/as, para ponerse al servicio de los demás, para escuchar y preguntar, para mostrarse abierto, disponible y vulnerable, para sostener y transformar emociones, para desdramatizar, para preguntarse ‘¿qué necesitan de mí ahora?, ¿cómo les puedo ayudar?, ¿quién necesito ser en este momento?,¿quién quiero ser en esta situación?, ¿cuál es el reto aquí para mí?… seguro que no es una tarea sencilla, quizá por eso haya tantos entrenadores y tan pocos líderes auténticos.

Pensaba que la Humildad venía de serie, o eres o no. Ahora sé que se puede aprender, practicar y desarrollar. La empatía, es la habilidad que te conecta realmente con al Humildad, que te facilita poder ponerte en los zapatos de otro/s, pero quitándote previamente los tuyos, dejando al margen todos tus juicios, tus emociones, tus creencias, tus certezas y verdades absolutas, para tener una comprensión mucho más profunda de la realidad de los demás, para entender e identificar claramente cuáles son sus necesidades, de manera que, cuando vuelves a tus zapatos, estás deseando hacer algo para ayudarle/s, para ponerte, de verdad, a su servicio.

A veces, confundimos estar al servicio de las necesidades de las personas a las que debemos liderar, con ser esclavo de sus deseos y estar a su merced. Gran error. Ser esclavo es hacer lo que otros quieren, mientras que servir es hacer lo que otros necesitan. Hay una diferencia abismal entre satisfacer deseos y satisfacer necesidades. De hecho, casi nunca coinciden.

En aquel inolvidable descanso de 15 minutos, el equipo no necesitaba la brutal y descontrolada descarga de gritos y descalificaciones con que nos recibió y, posiblemente, la actitud de nuestro emocionalmente secuestrado entrenador, habría sufrido una radical transformación, si se hubiera dado un poco de tiempo, un minuto, para hacerse a sí mismo una sencilla pregunta: ¿qué necesitan AHORA mis jugadores de mí?

Imanol Ibarrondo

Reflexiones sobre liderazgo (II)

30 diciembre, 2013

Nueva imagen (2)Hace un par de semanas se celebró en Madrid el I Congreso Internacional de ASESCO (asociación española de coaching) en el que tuve el privilegio de participar como ponente.

El título de mi conferencia era: “De entrenador a Líder. ¿Qué harías si no tuvieras miedo?” Dediqué una semana a preparar una ponencia de dos horas, con unas 40 diapositivas, 3 ó 4 vídeos geniales y un taco de citas deslumbrantes. Me quedó genial…o eso pensaba yo.

Con plena confianza en el éxito que me esperaba, llegué por la mañana al salón del Hotel donde se celebraba el Congreso, y asistí a las conferencias que, desde las 9h., se desarrollaron durante todo el día; Javier Carril, Viviane Launer y Marcos Urarte estuvieron impecables. Mi participación estaba programada para las 18:30h, pero con los retrasos acumulados, tras la última pausa, los 200 coaches asistentes al Congreso, volvieron a entrar al salón sobre las 19h. Hacía calor, era tarde, la gente estaba cansada y dispersa. Empecé a preocuparme…

Por una parte pensaba, “te has currado una presentación muy chula, la sueltas y se acabó. No es cosa mía que estén cansados/as o que sea tarde. Seguro que habrá algunos que la aprovechen y, el resto… ellos/as se lo pierden. No es mi problema”. Esas cosas me decía mi ‘saboteador’ y yo no sabía bien qué hacer.

Por otro lado, mi intuición me insistía en que no tocaba soltar mi rollo y hablar de mi libro… que esas personas, en ese momento, necesitaban otra cosa. Cuando todos estuvieron sentados, expresé en alto lo que estaba sintiendo y decidí preguntar.  Preguntarles. ¿Cómo estáis?,  que levante por favor la mano quien esté cansado, ¿quién está ya un poco saturado?… ¿aburrido/a?… ¿pletórico/a?… ¿quién está pensando ya en lo que tiene que hacer después?… ¿en baños, cenas y cuentos?… ¿a quién le apasiona el deporte?… ¿y los/as deportistas?  Que levante la mano quien….  Así lo hice.

Escuché toda esa información, confirmé mis sospechas y decidí que tocaba otra cosa. Algo más dinámico y participativo. Algo que les mantuviera presentes y conectados, a pesar del cansancio y la hora. Sí, ya sé que podía haberlo pensado cuando estaba preparando la ponencia, que ya sabía que era la última del día y demás… pero no lo hice entonces. Falta de experiencia, de previsión, no sé, pero allí estaba, en ese instante, con todo en el aire y todo por hacer.

Decidí cambiar la ponencia, enseñando más de lo que soy y menos lo que hago. Decidí atreverme y ofrecer algo de corazón. En ese momento, decidí ponerme de verdad a su servicio y aceptar que no se trataba de mí, sino de ellos/as, que el objetivo de esas dos horas no era satisfacer mi necesidad de reconocimiento, ni demostrar mi supuesta competencia y habilidades, sino satisfacer el ‘hambre’ que había en la sala, su curiosidad, sus ganas de confirmar y reforzar su creencia de que el coaching es realmente transformador, que los deportistas y entrenadores lo necesitan y lo reciben con los brazos abiertos, que hay un enorme campo por explorar y que, cada uno/a de los 200 participantes del Congreso tenía (tenemos) una gran oportunidad de desarrollo personal y profesional como coaches… si lo deseamos de corazón.

Pasé de las diapositivas, los vídeos y las citas, trabajamos en algunas dinámicas y compartimos la experiencia de sentir el impacto de la presencia, de conectar, aunque sea brevemente, con la esencia de cada uno, de agradecer y honrar a los que, alguna vez nos vieron como bellotas, experimentamos el sorprendente impacto de la ‘mirada bellotera’, nos reímos mucho de nosotros mismos y de nuestros mezquinos ‘saboteadores’ y descubrimos la fuerza de creer para poder crear, consiguiendo generar un espacio de ilusión, energía y esperanza para los asistentes.

Cuando acabamos (las dos horas pasaron en un suspiro), sentí que había sido útil, que había sido capaz de ampliar mi ‘zona de confort’ y que había tenido el coraje y la confianza necesarias para ponerme realmente a su servicio. Me sentí pleno y agradecido. Quizá, liderar, sea sencillamente eso, tener el valor de ponerte al servicio de los demás para ayudarles a ser mejores, conectando con sus necesidades (que no coinciden necesariamente con sus deseos) y respondiendo adecuadamente.

Por tanto, si liderar es servir, tengo la certeza de que todos hemos sido líderes alguna vez, en el colegio, con un amigo/a, en un equipo, en el trabajo o en cualquier ámbito de nuestra vida, seguro que, cada uno de nosotros/as, hemos ejercido una influencia positiva sobre alguien. Posiblemente, en esas ocasiones, le escuchamos con atención, le preguntamos con verdadera curiosidad, le reforzamos y potenciamos, creímos en él/ella, le ayudamos a relativizar y desdramatizar, a descubrir otras interpretaciones de su realidad, le sostuvimos, en definitiva, le ayudamos a ser mejor.

Imanol Ibarrondo

Se acabó el recreo

30 diciembre, 2013

Ayer, en un encuentro casual con Miguel Gutiérrez, fisio de La Roja desde la época de Clemente, y conversando sobre el delicado momento de la retirada de los futbolistas, esa decisión que se pospone hasta que finalmente suele ser el fútbol el que te deja a ti, recordé una Jornada de coaching que hicimos con los entrenadores valencianos y en la que, gracias a la generosidad de un voluntario de lujo (futbolista profesional con varios títulos en su ya dilatada trayectoria), que tuvo la generosidad de compartir con todos nosotros su experiencia, tuvimos la oportunidad de revivir con intensidad una emoción clásica y universal en el deportista profesional; el final de su carrera.

n_valencia_varios-57183El actual director deportivo del FC Barcelona, Andoni Zubizarreta, se despidió del fútbol en una rueda prensa que concluyó diciendo; “se acabó el recreo”. Es una metáfora excelente que refleja cómo debería vivir su carrera un deportista profesional porque, antes o después, llega el último entrenamiento, el último partido, la última entrevista y luego… se acabó. Se apagan las luces y los focos se dirigen a engullir al próximo, al nuevo, al que te sustituye… tú ya eres historia.

No conozco ningún ex abogado, ni tampoco ex médicos, ex músicos o ex periodistas.  En cambio, sí existe la figura del ex futbolista. Ser ex de algo, y tener la capacidad de re-inventarse, exige casi siempre un período de adaptación, así como superar la crisis que se produce en el momento del cambio.

Has sido futbolista desde los 10 hasta los 30 y pico años, has vivido intensamente el fútbol, le has dedicado toda tu vida y la sensación de ‘pérdida’ es inevitable. Pero tú todavía te sientes futbolista, ¡eres futbolista!, esa es tu identidad, fortalecida por todos los que durante este tiempo te han admirado, respetado y envidiado por haber conseguido lo que, la gran mayoría, alguna vez solamente soñó con ser.

Ahora debes desprenderte de tu identidad… y eso duele, duele mucho. Como cualquier pérdida importante provoca dolor, una gran tristeza e, incluso, depresión. Y eso nos da miedo. No estamos dispuestos a reconocer que estamos tristes, muy tristes.

Tras más de 10 años de experiencia en la Junta Directiva de AFE (Asociación de futbolistas profesionales), puedo afirmar que esta sensación de ‘pérdida’ es universal y afecta a jugadores de todas las categorías, independientemente del patrimonio que cada uno haya podido conseguir en su carrera. De hecho, este sentimiento de pérdida y de tristeza es más acentuado en jugadores de élite que en los de 2ªB ya que, aunque los últimos se hayan sentido tan futbolistas como los primeros, no han estado tan expuestos en primera línea y, además, han tenido la necesidad (y la oportunidad) de reorientar su futuro profesional, incluso, compaginándolo con el fútbol.

Ante esta situación de tristeza no reconocida, en muchas ocasiones, se actúa de una forma irracional y poco recomendable. Lo hacemos así porque en nuestro interior pensamos; “¡Cómo demonios voy a estar triste, si soy un privilegiado!… ¡Qué va a pensar la gente!… No tengo derecho a estar triste”. Tenemos una sensación de culpa que nos mortifica pero, ¡por supuesto que tienes derecho a estar triste!. De hecho, es necesario.

Ya no hay partidos, ni concentraciones, ni viajes, ni peñas, ni ‘saraos’, ni entrevistas…. y estando acostumbrados a ese ritmo de gran actividad y, presos de la confusión que nos embarga, nos lanzamos a un activismo desmesurado Nos arriesgamos inversiones erróneas, proyectos empresariales inadecuados o negocios que nos proponen en los que ponemos sobre la mesa lo mejor que tenemos; nuestra imagen y prestigio a cambio de… nada o casi nada.

El riesgo de esta secuencia es que genera más confusión y finalmente puede acabar afectando a lo más importante: a nosotros y a nuestras relaciones personales y familiares.

Lo cierto es que una gran pérdida como la que sufre un jugador (su identidad de futbolista) y la gran tristeza que esta situación genera, solamente puede superarse de una manera; gestionando el duelo convenientemente. Se trata de reconocer que estamos tristes (incluso deprimidos), sentir esa emoción y abrir un período de reflexión y de adaptación a la nueva realidad. Calma, tranquilidad, no hay prisa. Lo primero es superar la tristeza, echar unas lagrimitas y cicatrizar bien, para poder seguir adelante.

Siendo la capacidad de anticipación una de las cualidades técnicas más apreciadas en un futbolista, parece razonable pensar que habría que desarrollar esta capacidad también en otros ámbitos. El impacto que esta pérdida tiene en cada ex jugador (persona) viene directamente determinado por su capacidad para manejar convenientemente el estado de tristeza que inevitablemente se produce.

Para ello, es fundamental que el deportistas disponga de una formación integral y de un entrenamiento emocional y mental durante su carrera profesional que le permita, por un lado, aumentar su rendimiento deportivo mientras está en activo y, por otro (y no menos importante), aprovechar su vida deportiva para ir construyendo, poco a poco, su ‘otra identidad’, desarrollando, entre otras habilidades y competencias, los recursos necesarios para poder conocer y manejar adecuadamente sus emociones, como por ejemplo, la tristeza del adiós.

Imanol Ibarrondo