“Pillapilla” (conversaciones transformadoras)

Nueva imagen (1)Era el típico entrenamiento de sábado, previo al partido del domingo. Como había llovido toda la semana, el campo estaba muy blandito y, como tantas veces, entramos a hurtadillas en el parque municipal junto al estadio, aprovechando que no estaban los jardineros, para completar el calentamiento sin pisar el terreno de juego.

Al parecer, el entrenador tenía un día un tanto juguetón, algo absolutamente inusual en él, y uno de los ejercicios consistía en jugar al “pillapilla encadenado”. Es divertido. En un espacio limitado y suficiente para poder correr y moverse bien, uno la lleva y tiene que tocar a otro. Cuando lo hace, ambos se dan la mano y, sin soltarse, deben tocar a un tercero que se suma a la cadena. Y así, sucesivamente, hasta que no queda nadie libre.

Aquel día, supongo que gracias a mi excelente juego de cintura, flexibilidad y agilidad prodigiosa (si era durito al natural, no os cuento a las 9:30 de la mañana y con una tendinitis que me obligaba a llegar al baño a cuatro patas, tras dejarme caer de la cama). En fin, que aquella mañana anduve fino y quedé libre hasta el final. En la última ronda, con todo el equipo encadenado y estrechando el círculo hasta el punto que ya no había salida posible (por lo menos, yo no la veía) decidí echarme encima de todos para acabar el juego echando unas risas. Error. Mala elección.

En ese momento retumbó un trueno. Todos pudimos escuchar con claridad su grito (todavía me llega el eco): “¡Lo sabía!… ¡Eres un perdedor!… ¡No eres competitivo!… ¡Nunca lo has sido y nunca lo serás!…”. Esa fue su sentenciaGané el juego, pero perdí mucho aquel día.

Lo cierto es que podemos olvidar todo lo que nos diga o haga un entrenador, pero lo que no olvidamos nunca es cómo nos hizo sentir. Aún hoy, cuando lo estoy escribiendo, recuerdo perfectamente el impacto que tuvo en mí aquella demoledora declaración, resonando como un disparo, delante de todos mis compañeros. Estuve mucho tiempo sin entender cómo pudo decirme algo así. Ahora lo comprendo.

Él tenía ‘su’ razón, bajo su punto de vista, no ‘estaba siendo’ competitivo, pero su sentencia fue tan definitiva como desafortunada. ‘Ser’ y ‘estar siendo’ no es lo mismo. En la primera estamos etiquetando a la otra persona y eliminamos la opción de que pueda cambiar, corregir, aprender y mejorar. Con la segunda expresión, creamos un espacio para que pueda hacerlo e incluso, nos ponemos en la mejor disposición para ayudarle a conseguirlo.

Nuestra mente es muy obediente y, si sembramos una etiqueta limitante respecto a cualquiera, ya se encargará ella en adelante de que solamente veas aquello que confirma y refuerza ese pensamiento. Lo demás, lo que vaya en contra de la etiqueta, resultará invisible.

Este sencillo cambio de ‘eres’ por ‘estás siendo’ abre muchas posibilidades para establecer conversaciones transformadoras, para ser curioso, para preguntar y escuchar, para ayudar a tomar consciencia, para descubrir, para aprender y crecer y, sobre todo, para poder seguir creyendo que es posible cambiar y construir nuestro propio futuro, así como ayudar a otros a hacerlo con el suyo.

Ahora sé lo que esperaba el entrenador cuando descargó su ira sobre mí en aquel momento del ‘pila pilla’. Él esperaba de mí que no me rindiera, que hiciera todo lo posible por superar aquella dificultad máxima del juego, que no bajara los brazos, que siguiera peleando, que estuviera presente en el juego y centrado hasta el final. Que no me saliera del ejercicio. Él confiaba en mí pero era incapaz de expresarlo. De ahí su frustración, su enojo y su rabia.

A él, lo que le disgustó fue comprobar que reaccionaba igual que lo hacía en el campo y que, en las situaciones límite, cuando la cosa se ponía muy complicada, me salía del partido y no asumía mi rol. Prefería pactar una rendición honorable con el enemigo que competir hasta el final. Ser competitivo no es querer ganar, eso lo queremos todos. De hecho, si fuera solamente eso, si ganador viene de ganas, yo sería el mejor porque tenía más ganas e ilusión que cualquiera. No es tan sencillo. Se trata de poner todos los medios necesarios para poder ganar; sacrificio, ilusión, emoción, energía, perseverancia, optimismo, pasión, resistencia extrema, determinación, deseo de ganar siempre, de crecer, de mejorar… Ahí la cosa se complica. Ahí ya llegan muy pocos… sin ayuda.

No sé qué hubieras hecho tú en mi situación… pero si me imagino a Puyol siendo el último en el ‘pillapilla’, le veo intentando subirse a algún árbol, tirarse por encima de los arbustos, intentar pasar de un salto por encima de todos o por debajo de las piernas de algún despistado encadenado…en fin, le veo sin rendirse, peleándolo hasta el final, concentrado en el juego, atento a cualquier posibilidad, con alegría pero en alerta máxima, siendo un ejemplo de actitud para todos los demás ‘encadenados’ de su equipo. Le veo exactamente igual que en el campo.

Yo no lo hice así y, un entrenador con habilidades básicas de coaching, hubiera tenido ahí una excelente oportunidad para, primero, no reaccionar como lo hizo, con absoluta falta de autocontrol, y segundo, conversar conmigo ayudándome a sacar, de esa experiencia, un gran aprendizaje para trasladarlo al campo y para crecer dos palmos en un área fundamental para mi crecimiento profesional y personal. Prefirió hacer otra cosa. Eligió desahogar su frustración. Me sentí humillado. Sin duda, la suya fue tan mala elección como la mía.

Qué podría haber sido diferente si hubiera aprovechado esa situación para, en otro momento, comentar conmigo lo sucedido, revisar mi comportamiento en el campo relacionándolo con ese ejercicio, tomar consciencia de qué impacto tiene mi reacción en el equipo, qué podría ser sería diferente si, la próxima vez que perciba ese momento en el campo, tome consciencia de lo que (me) está pasando para poder ofrecer una respuesta mejor, más consciente, más beneficiosa y positiva para mí y para mi equipo.

El ‘pillapilla’ quizá podría haber sido un punto de inflexión para mi, un descubrimiento concreto, de gran impacto, un regalo de auto-conocimiento que me hubiera impulsado e inspirado a ponerme a trabajar de inmediato en mi propio plan de acción para mejorar esa área del rendimiento fundamental en cualquier deportista.

Sir John Withmore, referente mundial del coaching, resume en dos palabras lo que para él significa esta disciplina; consciencia y responsabilidad. El entrenador puede funcionar como una gran antena que recoge permanentemente datos e información, invisible para el deportista, y se la ofrece (dar feedback) para que pueda decidir, consciente y responsablemente, qué es lo que quieren hacer con ella, para generar conversaciones transformadoras que le sirvan para cambiar su realidad, para crecer y para acercarse, poco a poco, a la mejor versión del jugador que pueda llegar a ser.

Imanol Ibarrondo

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