Reflexiones sobre liderazgo (y III)

Nueva imagen (3)Era un partido de play off para el ascenso a 2ª. Quien lo ganara tenía casi asegurado el premio gordo de salir del pozo de la 2ªB para volver al fútbol profesional. Nosotros lo necesitábamos imperiosamente. Tras el descenso de la temporada anterior, el Club había hecho el esfuerzo de mantener los contratos para volver a subir en un año, y todos lo sentíamos como una obligación. Jugábamos en casa, donde solo habíamos encajado un gol en toda la temporada… la cosa pintaba bien.

Era el partido de vuelta (habíamos perdido fuera, uno a cero) y debíamos ganar, a poder ser por dos de diferencia, para conseguir el objetivo. El resultado era de 2-0 en el minuto 40 de la primera parte y estábamos jugando un auténtico partidazo. En los fatídicos cinco últimos minutos del primer tiempo encajamos dos goles y entramos al vestuario totalmente desconcertados.

En ese momento se desató un huracán. El entrenador, presa de un terrible secuestro emocional y sumido en un ataque de ira y de furia incontenible, se dedicó durante quince interminables minutos, a desahogar sobre nosotros toda su rabia y su frustración, dirigiéndonos todo tipo de descalificaciones, amenazas, insultos y humillaciones. No hubo forma de ponerse a cubierto.

En la segunda parte el equipo dejó en la caseta su corazón recuperándose del impacto y jugamos a nada, sin alma, perdimos 2-3, no ascendimos y él, además de castigarnos con unas increíbles palizas físicas durante las últimas dos semanas de competición, no volvió a dirigirnos la palabra hasta que acabó la temporada. Se dice que podemos olvidarlo que nos dijeron o lo que nos hicieron, pero que nunca olvidamos lo que nos hicieron sentir. Doy fe de que es cierto. Nunca olvidaré aquella experiencia.

No sé si el resultado hubiera podido ser diferente o no, lo que sí tengo claro es que aquellos terribles quince minutos no ayudaron en nada a que saliéramos al campo en la mejor disposición emocional y mental. Seguramente, el entrenador tenía toda la razón en su análisis de los errores cometidos, en cómo teníamos que haber defendido, en que faltó la concentración y en todo lo demás… pero, en ese preciso momento, no tocaba nada de eso. No se trataba de tener razón (cuestión del ego), sino de alcanzar el objetivo; ganar el partido.

Probablemente, el auto-control emocional sea una de la competencias que más y mejor debe dominar un Líder. Ser víctima de un secuestro emocional como el de la historia, te deja impotente y sin acceso a todos tus recursos, hace que reacciones de forma descontrolada en lugar de buscar la respuesta más adecuada para cada situación, e impide que puedas ejercer el rol de Líder, al servicio de tus jugadores, que, en momentos de gran tensión y responsabilidad como aquél, resulta imprescindible. Es precisamente en medio de la tempestad cuando se requiere liderazgo. No hace falta capitán cuando el mar está en calma.

En estos últimos años de estudio, formación y práctica profesional en coaching y liderazgo en el ámbito deportivo, he tomado consciencia de que el Valor esencial que distingue a los grandes líderes, también en el deporte, es la Humildad, que no es hacerse de menos, sino pensar antes en los demás que en mí mismo. Antes, confundía la humildad (profunda) con la modestia (superficial), pensaba que eran más o menos sinónimos. Ahora lo veo muy diferente. Para ser realmente humilde, hay que tener un enorme nivel de confianza y de seguridad en uno mismo. Hace falta mucho valor y coraje para atreverse a brillar y ser luz para otros/as, para ponerse al servicio de los demás, para escuchar y preguntar, para mostrarse abierto, disponible y vulnerable, para sostener y transformar emociones, para desdramatizar, para preguntarse ‘¿qué necesitan de mí ahora?, ¿cómo les puedo ayudar?, ¿quién necesito ser en este momento?,¿quién quiero ser en esta situación?, ¿cuál es el reto aquí para mí?… seguro que no es una tarea sencilla, quizá por eso haya tantos entrenadores y tan pocos líderes auténticos.

Pensaba que la Humildad venía de serie, o eres o no. Ahora sé que se puede aprender, practicar y desarrollar. La empatía, es la habilidad que te conecta realmente con al Humildad, que te facilita poder ponerte en los zapatos de otro/s, pero quitándote previamente los tuyos, dejando al margen todos tus juicios, tus emociones, tus creencias, tus certezas y verdades absolutas, para tener una comprensión mucho más profunda de la realidad de los demás, para entender e identificar claramente cuáles son sus necesidades, de manera que, cuando vuelves a tus zapatos, estás deseando hacer algo para ayudarle/s, para ponerte, de verdad, a su servicio.

A veces, confundimos estar al servicio de las necesidades de las personas a las que debemos liderar, con ser esclavo de sus deseos y estar a su merced. Gran error. Ser esclavo es hacer lo que otros quieren, mientras que servir es hacer lo que otros necesitan. Hay una diferencia abismal entre satisfacer deseos y satisfacer necesidades. De hecho, casi nunca coinciden.

En aquel inolvidable descanso de 15 minutos, el equipo no necesitaba la brutal y descontrolada descarga de gritos y descalificaciones con que nos recibió y, posiblemente, la actitud de nuestro emocionalmente secuestrado entrenador, habría sufrido una radical transformación, si se hubiera dado un poco de tiempo, un minuto, para hacerse a sí mismo una sencilla pregunta: ¿qué necesitan AHORA mis jugadores de mí?

Imanol Ibarrondo

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