Archive for the ‘Comportamientos’ Category

Ya hemos ganado

26 abril, 2012

Si tuviera que definir una Misión que dotara de sentido y propósito a la existencia del Athletic, una declaración que recogiera la esencia del ‘para qué’ existe este Club, no destacaría en ella ‘ganar partidos’ o ‘títulos y trofeos’. La idea central sobre la que giraría mi reflexión sería, sin duda, que el Athletic existe para ‘hacer felices a las personas’. Una Misión rotunda, atractiva, emocionante e inspiradora. No se me ocurre mayor privilegio que ser parte de una Organización que declarase una Misión así y actuara en consecuencia.

En el deporte, unos son felices solamente cuando su equipo gana, otros buscan la felicidad en la clasificación, para algunos es jugar bien, hay quienes necesitan identificarse con su equipo, los hay que solamente lo son ganando títulos pero, aquí, también buscamos desesperadamente momentos sublimes y experiencias memorables para compartir. Viendo el estado de ilusión que el Athletic ha decretado en Bizkaia, reflejado en el increíble mar de banderas rojiblancas ondeando en millares de balcones, podríamos concluir que el Club, esta temporada, ya ha cumplido su Misión.

Además de la gran satisfacción y del íntimo orgullo que todos los socios y aficionados sentimos, incluiría también, como beneficiarios de esta Misión, a todas aquellas personas, no necesariamente del Athletic, que valoran, reconocen y se emocionan con la nobleza, el respeto, la humildad, la ambición y la determinación que demuestra este equipo en el campo, reflejando los auténticos valores que nos identifican, en nuestra mejor versión. Por eso, ahora, por primera vez en mucho tiempo, el Athletic ha entrado de nuevo en multitud de corazones que reconocen el coraje y el esfuerzo de un Club que, sostenido por su filosofía, es capaz de jugar y competir al máximo nivel, plenamente conectado a la esencia del juego, rompiendo un montón de tópicos, mitos y creencias limitantes, profundamente arraigadas en el fútbol. Eso es grandeza y es admirable.

Jugando con intensidad y alegría, a pecho descubierto, siempre a por ellos, en cualquier campo y contra cualquier rival, sin especular y sin trampas, honrando cada partido como el más importante y cada competición como la principal (así es como ha llegado a ser el único Club que permanece vivo en todas). Sin buscar nunca excusas ni justificaciones. Si la felicidad es la ausencia de miedo, más aún en el actual contexto de dificultad que soportamos, la actitud irreductible y valiente de este equipo es absolutamente ejemplar.

Pase lo que pase a partir de hoy, ya hemos ganado, mucho más incluso, de lo que cualquiera hubiera soñado hace tan solo 10 meses. Este año se acumulan ya las despedidas con el equipo saludando a un público entregado, las tardes celebrando éxitos en perfecta comunión con la grada, las colas y sorteos para hacerse con entradas, las taquillas agotadas, un buen puñado de viajes masivos con una afición ejemplar, comidas y poteos multitudinarios antes y después de los partidos, reconocimientos internacionales, algunas victorias inolvidables en citas para la historia y recuerdos imborrables para contar a las próximas generaciones. Ilusión desatada.

Se me escapa una sonrisa cuando, en las mañanas de partidos europeos importantes (como hoy), veo un montón de niños/as camino de la ikastola vestidos del Athletic, personas encorbatadas con las solapas de la zamarra rojiblanca saliéndoles por los cuellos de la camisa, bufandas del Athletic sobre las chaquetas, banderas adornando escaparates y presidiendo bares y restaurantes, miradas cómplices y alegría contenida. En silencio, pero todos unidos en un sentimiento que nos hace mejores; el sentimiento Athletic que no para de crecer. Ya hemos ganado.

Este equipo, un generador inagotable de ilusión, lleva cocinando a fuego lento, día a día, un delicioso pastel. Es el que más partidos ha jugado, el que más sesiones de entrenamiento acumula y el que más horas de concentraciones suma. Un título sería (tan solo) una fabulosa y merecida guinda a su compromiso incuestionable con un reto de proporciones extraordinarias. Los profesionales buscarán con todas sus fuerzas culminar con broche de oro una temporada que les está costando dosis industriales de esfuerzo, sacrificio y sufrimiento, llevado hasta la agonía en ocasiones. Su comportamiento, ejemplar nos enorgullece.

Pero, independientemente de lo que pase este último mes de competición, con todos los frentes abiertos, cuando acabe la temporada, cojan distancia y miren atrás (con o sin títulos), podrán disfrutar intensamente del camino recorrido, del equipo y los jugadores en que se han transformado, de lo que han crecido y aprendido, del impacto y la admiración que han levantado en el planeta fútbol, del reconocimiento internacional, del gran ejemplo que han sido para todos, de la alegría que nos han producido y, lo mejor de todo, del excitante camino que todavía les queda por hacer juntos. En ese momento, serán conscientes de que el éxito no se mide solamente por el objetivo (título) conseguido, sino por el equipo y el jugador en que has sido capaz de convertirse para llegar a merecerlo.

El gran éxito es, precisamente, haberse transformado en un grupo de jugadores capaz de aspirar legítimamente a ser campeón de Europa (hasta ser considerado favorito) y a ganar la Copa al mejor equipo del mundo. La guinda (el título) sería la rúbrica, una marca en la historia del Athletic, para recordar que este fue, sencillamente, un año irrepetible. Los profesionales pueden tener la tranquilidad y la seguridad de que, nuestra capacidad para gestionar, de otra manera, tanto las victorias como las derrotas, también nos hace diferentes. En estas circunstancias, incluso cuando perdemos, ganamos.

Si esta temporada se cerrase con un histórico doblete, el equipo alcanzaría la etiqueta de legendario y quedaría grabado a fuego, para siempre, en nuestros corazones. Si ‘solamente’ se ganase uno de los dos, o bien el europeo, por ser el primero en las vitrinas del Club, o el de Copa, por la magnitud del oponente, sería el colofón a una temporada extraordinaria y única. Si no se consiguiera ninguno, me quedaría el inolvidable recuerdo del año en que disfruté como nunca y en el que recuperé la esperanza de que todo es posible. Ya hemos ganado. ¡Aupa Athletic!

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 26 de abril de 2012

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“Vine por ti. Hazlo por mí”

7 marzo, 2012

Sin duda, uno de los valores que podemos defender como referente e identificativo del Athletic, es que nos pertenece a todos, que es realmente nuestro, de los aficionados y socios. Así queda claramente reflejado en uno de los primeros versos del himno; ‘danontzat zara zu geuria´. Es en ocasiones tan especiales como ésta cuando toca demostrarlo, a quienes asumen la responsabilidad de gestionar el Club, y sentirlo, a quienes lo formamos. Lo cierto es que, cualquier valor auténtico, que merezca tal calificativo, debe reflejarse en comportamientos visibles y observables. Lo demás, es hablar por hablar.

Leo en DEIA que Amorrortu no ha dispuesto de entadas para Manchester, ni de la posibilidad de comprarlas… si no es acudiendo a las taquillas. También los hijos de Genar Andrinúa y Ritxi Mendiguren (buenos amigos del Presidente) estuvieron haciendo cola en San Mames para conseguir las suyas, lo que me lleva a pensar que algo bueno está pasando en el Athletic. Tengo la percepción de que el Club ha actuado con la firmeza,  transparencia y sensibilidad necesarias para atender eficazmente esta situación, en lugar de aprovecharse de ella.

Que no existan privilegios para obtener entradas es un acto concreto que refleja perfectamente qué es lo importante en esta situación. Algunos acusan a Josu Urrutia de hablar poco, pero esta decisión habla tan alto que sobran las palabras. Se trata de un mensaje fantástico, alto y claro, para todos los que componemos la gran familia rojiblanca: ‘el Club es de sus socios’ y son ellos quienes deben tener prioridad para disfrutar de una experiencia memorable en el ‘teatro de los sueños’.

Hace falta una buena dosis de coraje y de coherencia para romper con los usos y costumbres tradicionales, que consistían básicamente en aprovechar estos hitos históricos para aumentar la lista de favores concedidos pendientes de cobro. Decir que no a miles de llamadas y peticiones estableciendo un criterio tan radical en el reparto de las entradas (todo para los socios, salvo compromisos contractuales) puede incomodar, con razón, a directivos y empleados que pudieran sentirse agraviados por un criterio tan radical y, sin razón, a algunos ex ”algo” del Athletic que parecen considerar que el Club está en deuda permanente con ellos (¡con todo lo que yo he hecho por el Club y así me lo pagan!). A éstos últimos les propongo un cambio de perspectiva, quizá pensar “con todo lo que el Athletic me ha dado” les facilite poder sentirse y expresarse con mayor agradecimiento y menor exigencia.

Somos lo que hacemos y la Plenitud -atreverte a ser quien realmente eres y actuar conectado a tus auténticos valores- es sin duda, un acto radical y no necesariamente fácil. Es precisamente esta sensación de Plenitud que busca y transmite el Athletic lo que me impulsa a viajar a Manchester (eso y tener una entrada). Voy, porque sé perfectamente lo que va a pasar. Sé lo que voy a ver, cómo se va a comportar mi equipo y lo que voy a sentir en ese mítico estadio… y eso no tiene precio. Esta temporada, presenciar un partido del Athletic es vivir sin aliento durante un par de horas. Toda una experiencia. No cuesta  imaginar lo que será vivirla en Old Trafford….

Algo grande está naciendo, aunque algunos, todavía secuestrados por la tiranía del resultado, sean incapaces de disfrutar plenamente de este  proceso. ‘A ver qué pasa al final de temporada’ susurran con voz cada día más apagada. No sé qué pasará, pero sé lo que está pasando. Tenemos un equipo que representa lo mejor de nosotros, con el que podemos identificarnos plenamente, que transmite tanta energía, vitalidad, alegría e ilusión que nos emociona y contagia, conectándonos con el niño que todos llevamos dentro, que ya casi nunca aparece… quizá solamente cuando juega este Athletic. ¡Cuánto vale eso!

Tengo fe en lo que este equipo está siendo (haciendo) y me enorgullece su coraje, la nobleza con la que se comporta y su deseo inquebrantable de ir siempre a por ellos. Huyen del victimismo, de las trampas, de las protestas, de la especulación y de las excusas como de la peste, y se centran en lo único importante, en el juego. El Athletic está siendo un ejemplo inspirador y visible de lo que el talento, unido al trabajo y a la máxima exigencia, pueden alcanzar. Si ellos están siendo capaces de transformarse en los jugadores que ahora vemos, los demás también podemos transformarnos en la mejor versión de cada uno de nosotros.

Hoy, los casi 10.000 bizkainos que hemos venido hasta Manchester, la mayor invasión del Reino Unido desde los vikingos del siglo XI, queremos que vosotros lo hagáis por nosotros. No olvidéis que, en lo más profundo de nuestros corazones, los vascos somos conquistadores y aventureros, así que, este es el Reto para hoy; entre todos, conquistaremos el ‘teatro de los sueños’, uno de los reductos sagrados del fútbol mundial para confirmar nuestra candidatura: somos un Club Champions.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 8 de marzo de 2012

“¡Queremos a Pou, ni Pep ni Mou!”

31 enero, 2012

Hace siete meses asistí en Anduva a un triste desenlace, tanto para Juan Carlos Pouso Lejonagoitia como para todo el Mirandés. Era un partido histórico para el ascenso a Segunda División. Tras lograr un esperanzador 0-1 en Guadalajara, ganaban también 1-0 al descanso. En la segunda parte empataron los alcarreños y, a un puñado de minutos para el final, un jugador local quedó tendido en el suelo tras una disputa. El balón salió de banda y él no sabía qué hacer: levantarse o no. Lo normal, lo habitual, lo comprensible, habría sido que se quedara ahí haciendo el paripé y robando unos segundos a un final que pintaba angustioso, pero era consciente de que esa actitud iba en contra de uno de los valores innegociables de su equipo y de su entrenador: el respeto. Tenía un conflicto.

La situación era confusa. El árbitro mirando de reojo, sin parar el juego pero sin ordenar el saque de banda… el masajista preparado para saltar al campo… algunos futbolistas del Mirandés que abandonan sus posiciones y se acercan para interesarse… el jugador que, en ese momento, resuelve sus dudas y decide levantarse… el árbitro que ordena sacar de banda… el contrario que lo hace a la espalda de una defensa descolocada…. penalti… gol… acaba el partido… final del sueño… desolación en Anduva.

Conversando con Pouso tras aquel inesperado desenlace, no escuché ningún comentario del tipo “hemos sido unos pardillos”, “no hemos sabido competir”, “nos ha faltado oficio”, “no sabemos jugar al otro fútbol” y demás excusas pueriles para justificar el azar del juego. No me sorprendió.

Al contrario. Él insiste. El miércoles pasado volví de nuevo a Anduva y pude presenciar cómo, en el descuento y ya con el 2-1 a favor, antes de que el Espanyol colgara al área la última falta del partido, alguien lanzó un balón al campo, a unos 20 metros del banquillo local. De inmediato, Carlos salió corriendo al césped, se disculpó con el jugador catalán más próximo, recogió la pelota y, sin perder un segundo, volvió a toda velocidad a su sitio pidiendo calma al público. En ese momento, me sentí muy orgulloso de ser su amigo, de su coherencia y de su valentía para vivir tan conectado a los valores auténticos del juego.

Así actúa Carlos Pouso y así se comportan sus equipos: respetuosos, nobles, intensos, humildes, valientes y muy conectados al juego, sin dar un respiro al rival, hasta el punto de dominar y eliminar con solvencia a tres rivales de Primera División, levantando la admiración y el reconocimiento de todo el planeta fútbol, no solo por sus victorias, sino por la manera de alcanzarlas. Carlos Pouso, como todos, quiere ganar, pero se diferencia de muchos en que renuncia a coger atajos para hacerlo.

Si tuviera que elegir una virtud suya, destacaría su liderazgo inspirador, entendido en su forma más genuina y auténtica. Su gran capacidad para seducir, su disposición para ayudar, para escuchar, para querer a sus jugadores, para creer en ellos, para identificar y satisfacer sus necesidades (que no sus deseos), para exigirles al máximo y hacerles crecer hasta superar sus límites. Su humildad para hacer sentir importante a todo aquel que trabaja junto a él, su obsesión por mejorar a cada jugador que pasa por sus manos, su identificación total con cada club en el que trabaja… En definitiva, su gran generosidad para estar al servicio de los demás, hace que todos le quieran, que crean en él y que le sigan hasta el final. Parece la mejor versión del flautista de Anduvin, si se me permite la expresión.

Ejerce su liderazgo con tanto arte, lo hace con tanta naturalidad y sencillez, que quienes trabajan en un club bajo su ámbito de influencia deciden voluntariamente comprometerse con él al 100%. Él sabe bien que puede obligar a alguien a obedecer, pero no a comprometerse. Es un generador de ilusión y confianza. Con su coherencia, ejemplo y exquisita sensibilidad (por ejemplo, acordándose de los que ya no están en el momento del éxito) y, por supuesto, su conocimiento profundo y apasionado del fútbol y de los futbolistas, consigue que sus seguidores le ofrezcan con gusto el mejor regalo que cada uno de ellos puede hacer: su compromiso incondicional con una idea grande de juego y con unos valores compartidos para llevarla adelante.

Conversador infatigable, ingenioso y muy divertido, experto en crear y cuidar relaciones de alta calidad, con una lealtad a prueba de bombas y tan exigente en el cumplimiento de las tareas como exquisito en el respeto a las personas, entiende el ejercicio de su profesión como un privilegio del que disfruta intensamente y desea compartirlo. En una de las muchas entrevistas que ha atendido últimamente ofrecía esta respuesta: “Mi mayor felicidad es poder hacer felices a los demás… aunque solo sea un poco”. Quizá también, por cosas así, hoy vuelva a escucharse este grito de guerra en Anduva: Queremos a Pou. Ni Pep ni Mou. Carlos Pouso, un grande, perdido en el fútbol pequeño.

Ahora que, por fin, el endogámico mundo del fútbol de alta competición, como pomposamente les gusta diferenciarse a algunos (cuando la realidad es que el fútbol y los futbolistas son exactamente iguales en todas las categorías), ha descubierto a este entrenador de primer nivel, se escuchan opiniones sobre las virtudes que adornan al técnico de moda (sé que le molesta, pero es lo que toca… ¡y ya era hora!).

Hay algún comentario que me ha llamado la atención y que merece una reflexión: “Su mayor virtud es que ficha jugadores comprometidos”, dijo de él un colega. De tal afirmación podría deducirse que el compromiso y la implicación de las personas vienen de serie. Qué bueno y qué fácil sería eso. ¿Se imaginan que, en sus entrevistas de trabajo, les preguntasen: ‘Es usted comprometido?’ o ‘¿Llegará usted motivado de casa todos los días?’. Sí, claro, por supuesto.

Desgraciadamente, no funciona así. Quizá ahí radique, precisamente, el talento diferencial de un gran entrenador. De hecho, quien consigue este nivel de conexión y compromiso de sus jugadores adquiere el rango y la responsabilidad de ser el líder del grupo. Son los demás quienes le identifican como tal, porque esa distinción no viene con el cargo de entrenador y, para hacerse merecedor de semejante reconocimiento, hace falta mucho coraje y humildad verdadera, así como una vocación de servicio ejemplar.

Carlos tiene de todo eso. Le conozco desde antes de que fuera entrenador… Corrijo, entrenador ha sido siempre.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 31 de enero de 2012

La teoría de las “ventanas rotas”

16 septiembre, 2011

Del blog de Eduardo Martí. “En 1969, en la Universidad de Stanford (EEUU), el Prof. Philip Zimbardo realizó un experimento de psicología social. Dejó dos coches abandonados en la calle,  idénticos, la misma marca, modelo y hasta color. Uno lo dejó en el Bronx, para entonces una zona ya pobre y conflictiva de Nueva York y el otro en Palo Alto, un barrio rico y tranquilo de California.

Como era previsible, resultó que el coche abandonado en el Bronx comenzó a ser asaltado en pocas horas. Perdió las llantas, el motor, los espejos, el radio, etc. Todo lo aprovechable se lo llevaron, y lo que no lo destruyeron. En cambio el  abandonado en Palo Alto se mantuvo intacto.

Es común atribuir a la pobreza las causas del delito. Sin embargo, el experimento en cuestión no finalizó ahí, cuando el coche abandonado en el Bronx ya estaba deshecho y el de Palo Alto llevaba una semana impecable, los investigadores decidieron romper una ventana del vehículo de Palo Alto, California. El resultado fue que se desató el mismo proceso que en el Bronx de Nueva York y el robo, la violencia y el vandalismo redujeron el vehículo al mismo estado que el del barrio pobre.

¿Por qué la ventana rota del coche abandonado en un vecindario supuestamente seguro es capaz de disparar todo un proceso delictivo?

No se trata de pobreza. Una ventana  rota en un coche abandonado transmite una idea de deterioro, de desinterés, de despreocupación que va rompiendo códigos de convivencia, como de ausencia de ley, de normas, de reglas, como que todo vale nada. Cada nuevo ataque que sufre el coche reafirma y multiplica esa idea, hasta que la escalada de actos, cada vez peores, se vuelve incontenible, desembocando en una violencia irracional.

Si se rompe un vidrio de una ventana de un edificio y nadie lo repara, pronto estarán rotos todos los demás. Si una comunidad exhibe signos de deterioro, y esto es algo que parece no importar a nadie, entonces allí se generará el delito. Si se cometen ‘esas pequeñas faltas’ como estacionarse en lugar prohibido, exceder el límite de velocidad o pasarse una luz roja y estas pequeñas faltas no son sancionadas, entonces comenzarán a desarrollarse faltas mayores y luego delitos cada vez más graves”. Hasta aquí el experimento.

Hace tiempo que leí esta teoría y según lo hacía, me vino a la mente el Metro de Bilbao. Llama poderosamente la atención que tras más de 15 años de funcionamiento se mantenga tan impecable como el primer día, ganando premios internacionales y siendo el orgullo de todos los bilbaínos. ¿Qué ha pasado para que no haya un solo papel tirado en el suelo, ni una sola pintada en los vagones o no exista un deterioro visible en los andenes o en los asientos? Atendiendo a esta teoría, creo que nunca se ha permitido que hubiera ‘ventanas rotas’ y cuando las ha habido se han reparado con diligencia.

Pero la reflexión profunda sobre esta teoría y su  mayor impacto se produjeron cuando la apliqué a mi propia vida. En ocasiones, veo que me sucede como a esas paredes de fábricas semi-abandonadas que tienen alguna fachada en forma de ventanal, llena de cristales cuadrados, todos rotos. Supongo que comenzó alguien rompiendo uno, como el del coche abandonado y después, aumentaron los ataques hasta no dejar uno intacto.

A veces, dejas de cumplir una pequeña promesa porque crees que no es importante (una ventanita rota) y nadie se va a dar cuenta y, a partir de ahí, te justificas para decidir tú cuáles de tus promesas y compromisos con otras personas son relevantes y cuáles no. Para cuando te das cuenta del error ya has generado un auténtico estropicio de cristales rotos. El respeto a las personas, un valor importante para mí, cae hecho pedazos. La incoherencia o la falta de reflejo entre lo que digo y lo que hago, me hace trizas.

Otras veces, no le digo algo que debería a otra persona por evitar un conflicto y abro la puerta de par en par para que siga repitiendo ese comportamiento de forma permanente, hasta que reacciono en el momento más inadecuado y de la forma más inoportuna. Todo por no haber arreglado la primera ventana rota en su momento. La valentía, otro valor del que me siento orgullosos, se va por el agujero.

Otros días, dejo de ir al gimnasio como tenía previsto, por pereza, aunque lo justifique por falta de tiempo (vidrio roto) y semanas después me doy cuenta de que tengo otra cristalera destrozada… Mi cuidado personal, estar disponible y en buenas condiciones en el futuro para mi familia… también al carajo. 

A veces, retraso las gestiones difíciles o las aplazo en la agenda por temor a que no salgan como espero y para cuando me doy cuenta, se me acumulan y me atrapan la desconfianza, la preocupación y la parálisis (otra vidriera rota). Actuando así, pongo en duda mi auténtico compromiso con el coaching y con la divulgación de esta disciplina en el mundo del deporte Todo esto, duele.

De repente, sin ser ni siquiera consciente, entran ráfagas de viento helado por todas las cristaleras rotas y se hace mucho más complicado encontrar una solución. Cada vez que rompo una ventana y no la reparo, me alejo de la persona que quiero ser, del padre en quien me quiero convertir o del profesional al que aspiro.

Romper ventanas y no arreglarlas es alejarte de poder vivir conectado a tus valores auténticos, de lo que es importante para ti o de aspirar a vivir una vida plena. Realmente, la plenitud es un acto radical. Es innegociable y exige estar muy atento y, cada vez que se rompe un cristal, ponerse manos a la obra para reponerlo de inmediato.

Cada uno de nosotros sabe cuáles son sus ventanas rotas, en la familia, con la pareja, en el trabajo, con los amigos, con un mismo, con su propósito y su desarrollo personal…, se trata de tomar consciencia de ellas y ponerse a ello.

Esta teoría de las VR tuvo un gran impacto en mí y me ayudó mucho a ser más conscientes de cuáles son mis ventanas importantes para estar pendiente de ellas.

¿Cuáles son tus ‘ventanas rotas’ que debes repara de inmediato? ¿Qué acciones te comprometes a tomar a partir de hoy para repararlas?

Imanol Ibarrondo

Huelga de futbolistas (I)

22 agosto, 2011

No sé cuántas amenazas de huelga ha convocado ya el mediático Luis Rubiales durante el año y medio que lleva de mandato la nueva Junta Directiva de la AFE.  Creo que son 4 ó 5. Apelar de forma permanente al último y desesperado recurso de que dispone un Sindicato, revela una alarmante falta de competencia, capacidad, formación y experiencia de sus directivos. Convocar una huelga con la mesa de negociación abierta y cuando ambas partes reconocen que se está avanzando en los acuerdos, lo considero además una irresponsabilidad.  

Reconozco que, conociendo al protagonista, no me sorprende la decisión. De hecho, tengo la impresión, compartida por muchos, de que Rubiales tiene ya lo que llevaba buscando desde que se hizo con las riendas de la AFE; su huelga. Su carácter imprudente, populista, manipulador, muy variable, poco reflexivo y con una necesidad de protagonismo desmedida, aboca al colectivo a una situación muy complicada.

Conozco perfectamente cómo funcionan la mayoría de los Clubes y sus dirigentes. He sido y soy muy crítico con su gestión y con la falta de previsión con la que toman las decisiones pero, aún así, entiendo que lo que propone la LFP para desbloquear el Convenio no es lo ideal, pero sí es un paso adelante. Es avanzar. Aspirar a todo, ya y ahora, como un niño mimado y consentido, te puede dejar sin nada. La complejidad de la situación también exige de los negociadores habilidades sociales y relacionales, así como capacidad para empatizar con la otra parte de la mesa, ponerte en sus zapatos para poder entender mejor y buscar desde ahí soluciones conjuntas, sin dedicarse a descalificar públicamente a tus interlocutores, desprestigiando su competencia.

La realidad no es blanca o negra. Resulta demasiado simplista pensar de esta manera y, quien así lo hace, queda desacreditado para gestionar esta situación. El Presidente de la AFE se cree en posesión de la verdad absoluta y actúa en consecuencia. Esa actitud, al frente del Sindicato, le llevó a vulnerar gravemente los estatutos de la propia asociación, adjudicándose un sueldo para él y para toda su Junta Directiva, algo que estaba expresamente prohibido en la norma fundamental del sindicato, aumentando así en 1,1 MM de euros al año la partida de sueldos y salarios de la AFE. Si a esto le sumamos otro epígrafe de gastos extraordinarios de más de 1,3 MM de euros anuales, nos queda la bonita cantidad de 2,4 MM de euros de incremento en el gasto corriente anual de la asociación desde su llegada.

Uno de los puntos calientes en la negociación del Convenio es que la AFE pretende que sea la Liga quien pague la cuenta de sus arbitrarias decisiones, ya que, sin Convenio y con este nivel de gasto, la AFE (la Institución deportiva más saneada hasta la llegada de la Junta actual) se iría a la quiebra en tres temporadas y a algunos se les acabaría el chollo.

No digo que la deuda de los jugadores no sea la reclamación fundamental (que lo es) pero, quizá si la Liga fuera más complaciente con esta cuestión secundaria (lo llaman ‘fondo estructural’), el Convenio tendría más posibilidades de comenzar a desbloquearse. Por decirlo con más claridad, si los Clubes accedieran, aprobando este Fondo, a financiar los sueldos y las actividades de los directivos del Sindicato, las posturas se acercarían notablemente. Al tiempo.

Imanol Ibarrondo

Epílogo electoral

21 mayo, 2011

Vaya despedida! Me impactó el enorme contraste que se produjo tras el pitido final. El entrenador cerrando los puños festejando un éxito indudable y San Mamés dedicando una sonora pitada, tan general como inesperada. Más allá del runrrún por los cambios y la actitud contemplativa del equipo durante el partido (nada nuevo bajo el sol), nadie presagiaba un final tan sorprendente. Más que nunca quedó patente la distancia sideral entre algunos de los valores que definen al técnico de Utrera, y que lleva grabados a fuego en su ADN, con la concepción que tenemos aquí de lo que realmente es importante. Fue un reflejo cristalino de dos formas antagónicas de entender la competición, el fútbol y, si me apuran, la propia vida. Los aficionados se permitieron expresar su malestar, su rechazo, su hastío y su disgusto por el comportamiento y la actitud de un equipo apocado, encogido, sin alegría, temeroso y pequeño, adjetivos que están muy lejos de representar la esencia y la grandeza del Athletic. Han sido demasiados partidos con la desagradable sensación de jugar a no jugar.

Tras la clamorosa reacción de los dueños del club mostrando con rotundidad su desaprobación en un día presuntamente destinado a la celebración, debiera haber un aprendizaje muy potente para todos sus estamentos, fundamentalmente para presidente, directiva, técnicos y futbolistas. Puedo entender e incluso compartir la decepción y el disgusto del entrenador y los jugadores, que, a pesar de alcanzar el objetivo de la clasificación europea, reciben la reprimenda de San Mamés. Pero, más allá de esa emoción respetable, queda el mensaje clarificador de que, en el Athletic, el fin no justifica los medios. No es suficiente con alcanzar el objetivo. Importa el cómo. No es que la afición quiera siempre más, como se ha repetido toda la semana justificando el desaire, es que quiere otra cosa. Los sonoros cánticos de Hau ez da gure estiloa deben seguir resonando con fuerza en las cabezas de los protagonistas. Toca reflexión. Profunda.

Dicho esto, el trabajo de Caparrós y de todo su equipo merece un sincero reconocimiento. Es un hombre apasionado, coherente con sus principios, listo y firme en sus convicciones. Nadie puede sentirse engañado ya que nunca prometió algo diferente. Él es un especialista y muy bueno en lo suyo. Cogió un equipo enfermo y lo ha dejado completamente recuperado. Cuando llegó, el Athletic se encontraba prácticamente en coma, ingresado en la UVI y con pronóstico reservado. Tras someterlo a un intenso tratamiento de choque durante las dos primeras temporadas, con notables altibajos en su evolución (en un mes, final de Copa y partido dramático en Liga, contra el Betis, con Armando de salvador), finalmente fue recuperando sus constantes vitales hasta ser trasladado a planta, donde ha permanecido los dos últimos años convaleciente, pero disfrutando de calma y tranquilidad. Lo cierto es que, al principio y durante un tiempo, a todos nos pareció bien tener que tomar aceite de ricino cada domingo como reconstituyente para un equipo decaído, sin confianza y a punto de un ataque de nervios. Cuatro años después, los familiares y amigos del paciente esperamos ansiosos que reciba ya el alta médica para comenzar una nueva etapa, impulsando al máximo el crecimiento y el rendimiento de este equipo. Caparrós asumió con decisión la hoja de ruta del club y, utilizado sus propias recetas, con un estilo espartano, poco dado a alegrías estéticas y demás concesiones a la galería tan alejadas de su ideario, ha conseguido los objetivos. Independientemente de lo que pase a partir de ahora, es justo felicitarle por su trayectoria. Prueba superada.

A partir de aquí, los defensores de la continuidad del técnico de Utrera la reivindican alertando que existen muchos peligros fuera del hospital, que hace mucho frío fuera y que no es conveniente cambiar de tratamiento, ni tampoco de especialista. En mi opinión, se equivocan. Apelar al miedo en esta tierra no es una buena elección. No es precisamente la falta de valor, empuje, atrevimiento, creatividad y decisión lo que define a los vizcainos. Somos muy capaces de soñar con visiones inspiradoras que parecen inalcanzables para otros y hacerlas realidad. El propio Athletic es la mejor prueba de ello. Forma parte de nuestra naturaleza acometer grandes retos con determinación, alegría, optimismo y coraje. También sabemos afrontar las dificultades con unidad y entereza. Así se salvó el equipo hace cuatro años, pero durante más de 110 años de historia ha existido en este club una regla general de comportamiento, un criterio sencillo, claro y fácil de entender, aunque no tanto de aplicar: jugar siempre y en todo lugar con el orgullo y la dignidad de un equipo grande. Eso es lo que somos. Podremos ganar y podremos perder, pero siempre que podamos, iremos a por ellos. Honestos, alegres, nobles, ambiciosos y valientes. Así nos gusta verles. Así nos gusta vernos.

Afortunadamente, estas dos corrientes de opinión (los que quieren el alta médica y los que prefieren seguir en observación) podrán decidir en breve qué es lo más conveniente para el Athletic. Lo increíble es no saber todavía cuándo. Parece que al presidente le cuesta aceptar que este club no es una sociedad anónima, sino un club deportivo propiedad de sus socios. Ya tuvo un desliz deslegitimando a sus representantes legales en la asamblea, los compromisarios, cuando afirmó que los socios habrían aprobado la propuesta de estatutos que lideró, y ha repetido esta semana, obviando esta vez la reacción de San Mamés, declarando que la mayoría estará muy contenta con esta temporada. ¿Quién es la mayoría para el presidente? Creo que este injustificable retraso en la convocatoria electoral, así como otras muchas actitudes, decisiones y comportamientos, retratan perfectamente la única prioridad del presidente-candidato desde hace meses: garantizarse su reelección. Semejante capricho podría dar lugar al absurdo de que el equipo, si se viera abocado a disputar dos rondas previas para jugar en Europa, tuviera que volver a los entrenamientos sin entrenador y sin presidente. Algo insólito e impropio del Athletic.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 21 de mayo de 2011

Último capítulo

15 mayo, 2011

Me gusta leer y me gusta el fútbol. Disfrutar de un buen libro es como ver un buen partido. No me imagino una novela sin argumento, ni me emociona un partido sin fundamento. El fútbol, como las novelas, es ficción. Ambos son espacios creados para la evasión, la emoción, la diversión y para desconectar de los problemas cotidianos de cada uno. Reducir el juego a una clasificación final es como valorar un libro solamente por su último capítulo.

El Athletic es, para muchos vizcainos, lo más importante de lo no importante. No es poca cosa. Soy del Athletic por mucho más que sus resultados y lo seguiré siendo juegue como juegue. Eso no lo puedo evitar (ni siquiera creo que sea una elección), pero les confieso que, el pasado sábado, me salté un capítulo del libro. Hacía una tarde primaveral y, ante una mínima dificultad logística fácilmente superable, decidí no ir a San Mamés y enterarme de los goles por los cohetes que lanza el batzoki de mi pueblo. Reconozco que, semanas antes, cometí el mismo pecado renunciando a ver por televisión el partido contra el Zaragoza. El motivo fue el mismo en ambos casos: aburrimiento y falta de ilusión.

Las emociones son altamente contagiosas y eso es precisamente lo que me transmiten los protagonistas del espectáculo. Lo que yo percibo de su actitud y comportamiento es que están agotados mentalmente, y si a ellos les cuesta jugar, a mí me cuesta mirar. Si ellos sufren jugando, yo también viéndoles jugar. Si ellos no creen que son capaces de hacerlo mejor, yo tampoco lo creo. Si ellos están deseando que acabe la temporada, lo mismo me pasa a mí. Si ellos no disfrutan con el balón (lo tienen muy poco) ni sin él, pues ya me dirán qué nos queda a los demás.

Ahora mismo, a pesar de su privilegiada situación clasificatoria, la impresión que tengo es que no hay nada ni nadie que tire de estos jugadores y del equipo. Ni hay una idea potente en la que creer, ni un estilo de juego reconocible por el que apostar con alegría y determinación, ni tampoco existe un liderazgo auténtico que impulse al grupo y con el que merezca la pena comprometerse. Si acaso, se obedece al entrenador. Esa es realmente la gran suerte que tiene Caparrós: la nobleza, la profesionalidad y la bondad de esta plantilla. Le costará encontrar algo parecido en los demás equipos repletos de jugadores elegidos, como él dice habitualmente.

Antes, me daba corte dejar un libro sin acabar. Me decía: “Voy a darle otra oportunidad… Quizá en el próximo capítulo me enganche…“. Me sentía en la obligación de llegar hasta el final, aunque hacerlo me costara un esfuerzo. Ahora no: si una novela no me gusta, la dejo. Sin más. Con el fútbol me sucede algo parecido, pero como no puedo abdicar del Athletic, lo comparto con ustedes. Quizá esta novela haya tenido momentos emocionantes (pocos) y algún personaje interesante pero, en general, ha sido monótona, aburrida, pesada, previsible y sin gancho. Demasiados capítulos como aquellas novelas antiguas en las que ya se sabía, casi desde el inicio, que el asesino era el mayordomo.

Nadie entendería empezar un libro por el último capítulo para saber el final. Sería perderse todo lo importante. Renunciar a lo que realmente aporta valor y le da sentido. Lo bueno de una novela es que te enganche y te conecte a tope con la trama y los personajes, que estés deseando llegar a casa para robar una horita de lectura, que pienses en ella, que te dé un motivo para estar contento, que te saque una sonrisa, que te emocione, que te ilusione o que te haga sentir bien. Puedo imaginarme una novela sin un gran final, pero no concibo una sin todo lo anterior. Lo mismo me pasa con el fútbol.

Puedo entender una temporada sin premio, pero lo que me cuesta horrores admitir es ver a un equipo talentoso renunciar a ser lo que podría ser, sencillamente porque se han tragado el cuento de que lo único que vale y se recuerda es la clasificación final. Ese es el mantra de los entrenadores, pero no es toda la verdad. La historia del deporte está repleta de hazañas de equipos y deportistas que no ganaron, pero que se atrevieron a intentarlo y su audacia les mantiene vivos en el recuerdo. En cambio, nadie se acuerda de aquellos que ganaron sin grandeza, sacrificándolo todo por el resultado. Esos no dejan huella en la memoria, ni mucho menos en los corazones. Perdimos la final de Copa pero nunca olvidaremos aquel partido y, sí, jugaremos en Europa, pero nadie guardará un gran recuerdo de esta temporada… ni siquiera sus protagonistas.

A pesar de todo, espero con ilusión la nueva novela de la próxima temporada. Quizá sea más alegre, más creativa, más imaginativa, más valiente, más fresca, más atrevida y más consciente de las posibilidades y talentos reales que ofrece el elenco de protagonistas. Las circunstancias y la situación actual y futura del fútbol soplan a favor, para que el Athletic pueda aspirar a publicar próximamente un auténtico best seller. Aunque, para ello, sería fundamental que tanto al autor como el editor creyeran de verdad que este reto es posible.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 15 de mayo de 2011

Levante…el ánimo

7 mayo, 2011

Por fin acabó el rally de clásicos del siglo. Todo estaba dispuesto para presenciar el que se anunciaba como el mejor espectáculo del mundo pero, por momentos, ha resultado bochornoso y reconozco haber sentido un poco de vergüenza ajena en ocasiones. Ver y escuchar los gestos, actitudes y declaraciones de personas serenas, respetuosas y ejemplares en general como Casillas, Alonso, Arbeloa o el propio Karanka, acercándose peligrosamente a su lado más oscuro, para alinearse con el discurso más radical de Mou Vader, ha sido decepcionante, como también lo han sido algunas sobreactuaciones de jugadores del Barcelona.

En cualquier caso, ya tenemos final de Champions y será la reedición de la de hace dos años. Aquella tarde, Eto’o redondeó su gloriosa temporada anotando el primer gol del partido. A pesar de todo ello, el club (su entrenador, Guardiola) prescindió de sus servicios demostrando que no vale todo para ganar y que, aunque parezca increíble para algunos, hay cosas que están (o deberían) por encima del resultado. No valoro la calidad de aquella decisión, lo que admiro es la coherencia y el compromiso verdadero con una idea, con un propósito y con una visión que son los que definen a ese club, así como el coraje para llevarla a cabo. La búsqueda de la plenitud y la excelencia exige actuar/vivir/jugar conectado a los valores auténticos del deporte y de tu equipo. Se trata de un acto radical que requiere acción y toma de decisiones (¡Eto’o, fuera!).

Descubrir cuál es tu identidad, tu ADN, qué equipo quieres ser, cómo quieres comportarte, cómo quieres jugar, qué perfil de entrenador quieres, cuáles son los valores innegociables de tu equipo y de tu club, qué es realmente importante (además del resultado), qué emociona a tus seguidores, qué es lo que te conecta con tu gente, qué nos enorgullece y nos identifica, son elementos de reflexión imprescindibles que constituyen la brújula y el faro para orientar la travesía de cualquier proyecto deportivo.

En el lado opuesto, viviendo su particular calvario, se encuentra el Madrid. Vendió su alma al diablo a cambio de los títulos que no conseguirá este año. Contrató a un profesional arrogante con un currículo de ganador implacable, una persona capaz de hacer lo necesario para levantar copas y garantizar resultados. Necesitado de éxitos inmediatos, el Madrid eligió el camino de los atajos. No importaba el cómo ni a cambio de qué, lo único importante era ganar. El fin lo justificaba todo. Ahora bien, cuando haces una apuesta tan arriesgada y pierdes, no te queda nada, y te dejas enormes jirones de prestigio y credibilidad por el camino. Sin brújula, estás perdido y solamente dispones de un arsenal de excusas, justificaciones, contubernios, complots, persecuciones y demás paranoias propias de personajes populistas, soberbios y manipuladores que se buscan e inventan enemigos para no asumir ninguna responsabilidad en las derrotas

Son dos formas opuestas de afrontar el juego y la competición. Ambas buscan la victoria y la gloria. La primera requiere creer en algo que dé sentido al resultado. Para la segunda, el resultado es lo único en lo que merece la pena creer. La primera disfruta cada día, siendo la victoria la guinda del pastel. En la segunda, no hay pastel y pasas hambre, solamente te comes la guinda, y eso, cuando ganas. La primera inspira y compromete; la segunda obliga. En la primera estás deseando ver jugar a tu equipo, identificarte con él, sentirte parte del mismo. En la segunda, te basta con el teletexto para saber el resultado. Entre estos dos clubes históricos, se encuentra el tercero, el Athletic. A día de hoy, no tengo claro con cuál de estas dos tendencias nos alineamos; brújula y faro o ¡clasificación, amigo!

Hace cuatros años, semana arriba o abajo, se jugó en La Catedral el mismo partido de hoy. Fue dramático por la trascendencia y penoso por lo que le rodeó. Los que asistimos en directo cerramos los ojos y nos tapamos la nariz para poder sentirnos inocentes de lo que allí aconteció. Sin duda, un triste precedente. Afortunadamente, en este tiempo, la situación ha cambiado radicalmente. Aquel dudoso partido cerró un periodo negro que duraba ya unos años con el equipo al borde del precipicio y devorando entrenadores sin control. El Athletic pelea ahora por lo que históricamente le corresponde y el Levante, con muy poco, está completando una magnífica remontada tras acabar último la primera vuelta. Tendría que suceder un desastre para que el Athletic se quedase sin guinda, lo que, con el hambre que estamos pasando últimamente, sería imperdonable.

Percibo que los futbolistas están en la reserva y deseando que acabe el año. Les noto, además, desanimados (¿o seré yo?), sin chispa, sin alegría, juegan como si estuvieran aburridos. Pareciera como si jugar al fútbol cada partido fuera ya un sufrimiento. ¡Qué lástima! A veces, tengo la sensación de que en lugar de a jugar, fueran a la oficina, a fichar y a completar un trabajo rutinario y monótono que no les aportara nada más que dinero. Quizá están afectados por la astenia primaveral, lo que daría sentido a esta tristeza fatigosa e inexplicable. A falta de otras ilusiones futbolísticas, puede que con un poquito de gingseng y guaraná aguantemos todos hasta el final…

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 7 de mayo de 2011

Percepciones

17 abril, 2011

El  pasado sábado en San Mamés, viendo resbalarse una y otra vez sobre el césped recién regado a los jugadores rojiblancos, tuve la percepción de que, lo que antes era importante, está dejando de serlo. Lo esencial se ha convertido en accesorio, y al revés.

En aquel tiempo, cuando yo jugaba al fútbol y no hace tanto de eso, dedicábamos cariño y tiempo a revisar los tacos de las botas para ajustarlos al terreno de juego. Era como un ritual antes de los partidos. Salir al campo, pisar el terreno de juego, visitar las áreas, las bandas, el centro del campo, cada uno por su zona de influencia para valorar la situación.

Después, ya en el vestuario, el utillero abría la caja de herramientas en la que estaba la bolsa de los tacos y cada jugador se acercaba a elegir los más apropiados para ese partido y para ese campo. Allí había de todo, tacos nuevos y usados, largos y cortos, afilados, prohibidos, de goma y aluminio, hasta tacos de rugby para los más torpes. En la caja, también se podían encontrar llaves de tacos, alicates y llaves inglesas para cambiar los que estaban tan desgastados que no había quién los desenroscara. No faltaban los cepillos para limpiar las botas, la grasa de caballo y los trapos para abrillantar el cuero de los borceguíes y saltar al campo con el material en perfecto estado. Llevado al extremo, había entrenadores que prohibían a los defensas jugar con tacos de goma. Percibo que dedicar tiempo y atención a los tacos ya no es tan importante. Hay más cosas que tengo la percepción que están dejando de serlo.

Antes, el fútbol del Athletic reflejaba la esencia y los valores del Club y era innegociable que así fuese. Todos nos identificábamos con esa forma de entender el juego y la competición. La bronca, el barullo, el lío, el engaño o la provocación no forman parte de nuestra naturaleza. Nunca hemos jugado a eso y no nos ha ido tan mal. Me siento incómodo viendo a nuestros jugadores protestar permanentemente. Puedo entender las quejas como una reacción puntual ante una jugada concreta, pero no lo comparto como norma de comportamiento.

No se trata tanto de consideraciones éticas o de imagen, sino puramente prácticas. Cuando centras tu atención en otras cosas distintas al propio juego, por ejemplo, en el árbitro, es cuando surgen los errores de concentración, los fallos groseros, las entradas a destiempo… y el fútbol deja de fluir. Te desconectas del juego. Lo curioso es que esta actitud de sobreexcitación en la que parecen vivir instalados los jugadores, se está contagiando a la grada. No sé si alguien lo alienta pero, desde luego, nadie lo reconduce.

En la Catedral, siempre se ha respetado la esencia del juego, sus valores auténticos, así como a los rivales, las normas y a los árbitros. Era el último reducto con aroma al fútbol inglés más genuino. Ahora, tengo la percepción de que también esto está en proceso de cambio. Desde la grada, se protesta de forma desmesurada, casi histérica, cada decisión arbitral, independientemente de si es correcta o no. El sábado pasado se aplaudió (y no es la primera vez) un gol en contra; el segundo penalti (claro en mi opinión y en la de todos los analistas).

Se insulta de forma permanente a los contrarios y a los árbitros. Incluso, como si de un equipo pequeño se tratara, se canta en contra del equipo rival en lugar de animar al propio. San Mamés se ha reconocido siempre como un campo caliente con una afición entendida, respetuosa y volcada con los suyos pero, que yo sepa, nunca ha sido un campo hostil para nadie. Quizá, con el cambio de estadio, perdamos también este reconocimiento, porque percibo que, también en esto, lo que antes era importante, está dejando de serlo.

El señorío del Athletic estaba también presente en las declaraciones públicas de sus dirigentes, tanto en las victorias como en las derrotas. Ahora, se argumentan excusas y justificaciones pueriles en lugar de reconocer con la elegancia y categoría propias del Club lo que ha sido evidente para todos; se jugó mal y se perdió con toda justicia ante un rival muy superior. Las populistas declaraciones de un presidente en campaña reclamando cinco penaltis tras una derrota incontestable confirman esta percepción.

En las últimas semanas son varias las situaciones que en las que García Macua está actuando como si ya fuera un candidato. Desde una foto robada a la salida de un restaurante, tras comer con un futbolista que le había dejado en evidencia días antes negando que alguien del Club hubiese hablado con él sobre su renovación, pasando por los panfletos de autopromo antes del partido, hasta la imposición de la insignia de oro y brillantes al alcalde recibiendo a cambio un apoyo sorprendente y, en mi opinión, prematuro.

Parece razonable pensar que, sabiendo que habrá elecciones, convendría no dilatar su convocatoria de manera que, quien saliera elegido, tuviese el tiempo suficiente y necesario para organizar el Club y planificar el próximo curso adecuadamente. Es bueno ser hábil en el manejo de los tiempos, pero sería mejor que fuese en beneficio de los intereses del Club en lugar de en beneficio propio. Tan solo es otra percepción.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 17 de abril de 2011

Se pegó la leche

21 marzo, 2011

Tengo dos recuerdos de mi relación con José María Ruiz Mateos, cada uno de ellos en un equipo diferente y ambos en situaciones agónicas. Sé que en estos momentos toca linchamiento público pero, personalmente, mis emociones están ligadas a la esperanza y por ello, me declaro agradecido por su comportamiento.

En la primera, en el Rayo Vallecano del 92, llegó a mitad de temporada con el equipo en claro riesgo de descenso a Segunda B y con el club hecho unos zorros. Prometió, cumplió, ascendimos a Primera y se quedó, durante casi 20 años, para liderar la época más gloriosa del club, consolidando las categorías inferiores como referencia en la Comunidad de Madrid, levantando una ciudad deportiva que es la envidia de todos los clubes de la capital y llevando al equipo, incluso, a jugar la UEFA por primera y única vez en su historia.

Lo cierto es que, durante todos estos años, el Rayo ha estado viviendo muy por encima de sus posibilidades reales, pagando a tocateja salarios propios de equipos con más recursos y de superior categoría. Por supuesto, nadie se ha quejado nunca. Era como el juego de las sillas. Todos sabían que existía un gran riesgo, pero ninguno esperaba que la música dejase de sonar. Ahora se ha acabado y resulta que no hay sillas para nadie.

La segunda vez que acudió al rescate fue en el Sestao del 95, otra sociedad anónima deportiva. A pesar de que eran diez ya los meses sin cobrar, con pagarés devueltos de la temporada anterior y viviendo una situación realmente comprometida, nos clasificamos para jugar el play-off de ascenso a Segunda A. Tras múltiples conversaciones, engaños y promesas incumplidas de los propietarios, la plantilla decidió encerrarse en los vestuarios de Las Llanas. Nos dejaron solos.

Le escribimos una carta desesperada y nos escuchó. Nos preguntó qué necesitábamos de él y se lo pedimos. Y vino a Las Llanas a un partido decisivo contra el Córdoba. Y movilizó a la prensa, las instituciones y a la opinión pública. Y ganamos. Y, ese domingo, tras quince días de encierro, volvimos a nuestras casas con la esperanza de que, finalmente, todo se resolviera. Y con esa ilusión jugamos el play-off. Y nos sentimos capaces de todo. Y ascendimos en Castellón, sin cobrar una pela en todo el año. Se trata de un recuerdo imborrable compartido con veinte amigos, de una experiencia memorable que también está asociada a este personaje y que justifica mi agradecimiento.

Es el riesgo de las SAD (Sociedades Anónimas Deportivas), un engendro que permitieron las administraciones públicas en su momento para esconder la enorme deuda que arrastraba el fútbol por la nefasta gestión de sus dirigentes. Hacer tabla rasa y comenzar de nuevo. Ese era el objetivo pero, sin duda, fue peor el remedio que la enfermedad.

A día de hoy, son ya demasiados los clubes (SAD) que se han declarado en concurso de acreedores y otros tantos están a un paso de hacerlo. Se convierten así en clubes anónimos (ya nadie sabe de quién son) que pervierten la competición, creando además las condiciones para que jeques, indios, sociedades ocultas y demás aventureros con patrimonios dudosos se acerquen al mercadillo del fútbol en busca de saldos y oportunidades de poder e influencia.

Es privilegio del Athletic ser uno de los cuatro clubes que, gracias a su buena gestión, pudo entonces permitirse el lujo de seguir siendo un club de fútbol propiedad de sus socios. Afortunadamente, eso también nos hace diferentes y nos permite mantener y reafirmar una Identidad que constituye nuestro pilar fundamental para seguir siendo quien somos.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 21 de marzo de 2011