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Juego de engaño

18 diciembre, 2010

Podría ser también otra forma de definir el fútbol; un juego de engaño, que no de trampas. La diferencia es sencilla para quien la quiera entender. El engaño y la picardía forman parte de las reglas del juego. Las trampas, no. Dentro y fuera, como en Barrio Sésamo.

Amago que voy y me quedo, parece que freno y arranco por sorpresa, finto al segundo palo y rompo al primero, hago como apoyo y tiro un desmarque, simulo que voy a hacer una entrada pero aguanto, la estrategia, las faltas, los córners, las bicicletas, los amagos y las fintas… toda una amplia variedad de elementos que configuran el arte del engaño. Llevado al extremo, recuerdo a Laudrup dando pases de gol mirando hacia otro lado. Ale hop! Casi magia. Imprescindible engañar al contrario para jugar bien. Lo que se entiende menos es que te engañes a ti mismo.

No ser consciente de que sabes y puedes hacerlo mucho mejor y no confiar en tus verdaderas capacidades, es engañarse. Pensar que regalando habitualmente el balón al contrario estás más cerca de la victoria, es engañarse. Creer que el buen juego sale por casualidad, que no requiere grandes dosis de compromiso con una idea y coraje para llevarla adelante, también es engañarse. No ponerte retos que te ayuden a crecer y a mejorar por miedo a fracasar, es engañarse, porque el auténtico fracaso es no intentarlo siquiera.

El Athletic, como si convivieran en su interior el doctor Jekyll y míster Hyde, parece que sufre de un trastorno de personalidad que ha derivado en una irregularidad propia de quien no tiene muy claro a dónde va ni a qué juega. A veces, es como si no tuviera una Visión potente sobre qué equipo quiere ser, que haga de faro e ilumine el camino, ni tampoco un Propósito que cada domingo le impulse en esa dirección. Tan solo es necesario ver el partido completo contra el Espanyol para confirmar el diagnóstico de bipolaridad.

La remontada nos dejó indicios, ¡qué digo indicios!, pruebas y evidencias claras de que este equipo, jugando así, podría aspirar legítimamente a los retos que declara tener con la boca pequeña. Un equipo, intenso, con ritmo, valiente y, sobre todo, comprometido con el balón y con el juego. Con movilidad, participación y gran concentración de todos los jugadores, metidos y centrados en la tarea, sin tiempo para despistarse y cometer errores. Con esa determinación por ser protagonista, se podría afirmar alto y claro que queremos ser de los mejores y que estamos dispuestos a arriesgar para conseguirlo. El premio sería jugar en Europa, pero el éxito verdadero y sostenible sería transformarse en un gran equipo capaz de merecerlo.

Lo que me hace saltar los domingos del sofá para ir a San Mamés no es solamente la incertidumbre y la emoción del resultado, sino la esperanza de poder disfrutar de una experiencia intensa identificándome con un equipo que refleje en el césped lo mejor de nosotros, los valores auténticos que realmente nos fortalecen y nos unen a todos; nobleza, honestidad, generosidad, valentía, intensidad y fidelidad a un estilo que refleja lo que somos y con el que me siento íntimamente conectado. Y el Respeto. A sí mismos, a los contrarios, a las reglas y al propio juego como pilar básico de nuestro club. Lo que realmente deseo cada domingo es renovar y reforzar mi compromiso con lo que soy.

Cuando reconozco estos valores en el terreno de juego me siento bien, orgulloso, feliz, me da energía y me recuerda que yo también soy eso, que soy así, que esos valores también forman parte de mí y que, si quiero, al igual que lo hacen ellos en el campo, puedo elegir sacar lo mejor de mí cada día.

Creo que ya va siendo hora de entender que, cuando el Athletic juega conectado a la esencia de lo que realmente es, juega mejor y es mejor. Cuando lo hace así, se consuma el sacramento de la comunión en La Catedral. Todo lo demás es engañarse. Engañarnos.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 18 de diciembre