Archive for the ‘Esencia’ Category

Ya hemos ganado

26 abril, 2012

Si tuviera que definir una Misión que dotara de sentido y propósito a la existencia del Athletic, una declaración que recogiera la esencia del ‘para qué’ existe este Club, no destacaría en ella ‘ganar partidos’ o ‘títulos y trofeos’. La idea central sobre la que giraría mi reflexión sería, sin duda, que el Athletic existe para ‘hacer felices a las personas’. Una Misión rotunda, atractiva, emocionante e inspiradora. No se me ocurre mayor privilegio que ser parte de una Organización que declarase una Misión así y actuara en consecuencia.

En el deporte, unos son felices solamente cuando su equipo gana, otros buscan la felicidad en la clasificación, para algunos es jugar bien, hay quienes necesitan identificarse con su equipo, los hay que solamente lo son ganando títulos pero, aquí, también buscamos desesperadamente momentos sublimes y experiencias memorables para compartir. Viendo el estado de ilusión que el Athletic ha decretado en Bizkaia, reflejado en el increíble mar de banderas rojiblancas ondeando en millares de balcones, podríamos concluir que el Club, esta temporada, ya ha cumplido su Misión.

Además de la gran satisfacción y del íntimo orgullo que todos los socios y aficionados sentimos, incluiría también, como beneficiarios de esta Misión, a todas aquellas personas, no necesariamente del Athletic, que valoran, reconocen y se emocionan con la nobleza, el respeto, la humildad, la ambición y la determinación que demuestra este equipo en el campo, reflejando los auténticos valores que nos identifican, en nuestra mejor versión. Por eso, ahora, por primera vez en mucho tiempo, el Athletic ha entrado de nuevo en multitud de corazones que reconocen el coraje y el esfuerzo de un Club que, sostenido por su filosofía, es capaz de jugar y competir al máximo nivel, plenamente conectado a la esencia del juego, rompiendo un montón de tópicos, mitos y creencias limitantes, profundamente arraigadas en el fútbol. Eso es grandeza y es admirable.

Jugando con intensidad y alegría, a pecho descubierto, siempre a por ellos, en cualquier campo y contra cualquier rival, sin especular y sin trampas, honrando cada partido como el más importante y cada competición como la principal (así es como ha llegado a ser el único Club que permanece vivo en todas). Sin buscar nunca excusas ni justificaciones. Si la felicidad es la ausencia de miedo, más aún en el actual contexto de dificultad que soportamos, la actitud irreductible y valiente de este equipo es absolutamente ejemplar.

Pase lo que pase a partir de hoy, ya hemos ganado, mucho más incluso, de lo que cualquiera hubiera soñado hace tan solo 10 meses. Este año se acumulan ya las despedidas con el equipo saludando a un público entregado, las tardes celebrando éxitos en perfecta comunión con la grada, las colas y sorteos para hacerse con entradas, las taquillas agotadas, un buen puñado de viajes masivos con una afición ejemplar, comidas y poteos multitudinarios antes y después de los partidos, reconocimientos internacionales, algunas victorias inolvidables en citas para la historia y recuerdos imborrables para contar a las próximas generaciones. Ilusión desatada.

Se me escapa una sonrisa cuando, en las mañanas de partidos europeos importantes (como hoy), veo un montón de niños/as camino de la ikastola vestidos del Athletic, personas encorbatadas con las solapas de la zamarra rojiblanca saliéndoles por los cuellos de la camisa, bufandas del Athletic sobre las chaquetas, banderas adornando escaparates y presidiendo bares y restaurantes, miradas cómplices y alegría contenida. En silencio, pero todos unidos en un sentimiento que nos hace mejores; el sentimiento Athletic que no para de crecer. Ya hemos ganado.

Este equipo, un generador inagotable de ilusión, lleva cocinando a fuego lento, día a día, un delicioso pastel. Es el que más partidos ha jugado, el que más sesiones de entrenamiento acumula y el que más horas de concentraciones suma. Un título sería (tan solo) una fabulosa y merecida guinda a su compromiso incuestionable con un reto de proporciones extraordinarias. Los profesionales buscarán con todas sus fuerzas culminar con broche de oro una temporada que les está costando dosis industriales de esfuerzo, sacrificio y sufrimiento, llevado hasta la agonía en ocasiones. Su comportamiento, ejemplar nos enorgullece.

Pero, independientemente de lo que pase este último mes de competición, con todos los frentes abiertos, cuando acabe la temporada, cojan distancia y miren atrás (con o sin títulos), podrán disfrutar intensamente del camino recorrido, del equipo y los jugadores en que se han transformado, de lo que han crecido y aprendido, del impacto y la admiración que han levantado en el planeta fútbol, del reconocimiento internacional, del gran ejemplo que han sido para todos, de la alegría que nos han producido y, lo mejor de todo, del excitante camino que todavía les queda por hacer juntos. En ese momento, serán conscientes de que el éxito no se mide solamente por el objetivo (título) conseguido, sino por el equipo y el jugador en que has sido capaz de convertirse para llegar a merecerlo.

El gran éxito es, precisamente, haberse transformado en un grupo de jugadores capaz de aspirar legítimamente a ser campeón de Europa (hasta ser considerado favorito) y a ganar la Copa al mejor equipo del mundo. La guinda (el título) sería la rúbrica, una marca en la historia del Athletic, para recordar que este fue, sencillamente, un año irrepetible. Los profesionales pueden tener la tranquilidad y la seguridad de que, nuestra capacidad para gestionar, de otra manera, tanto las victorias como las derrotas, también nos hace diferentes. En estas circunstancias, incluso cuando perdemos, ganamos.

Si esta temporada se cerrase con un histórico doblete, el equipo alcanzaría la etiqueta de legendario y quedaría grabado a fuego, para siempre, en nuestros corazones. Si ‘solamente’ se ganase uno de los dos, o bien el europeo, por ser el primero en las vitrinas del Club, o el de Copa, por la magnitud del oponente, sería el colofón a una temporada extraordinaria y única. Si no se consiguiera ninguno, me quedaría el inolvidable recuerdo del año en que disfruté como nunca y en el que recuperé la esperanza de que todo es posible. Ya hemos ganado. ¡Aupa Athletic!

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 26 de abril de 2012

El buen gestor

4 junio, 2011

Gestión o liderazgo; esa es la cuestión. El segundo abarca, sin duda, mucho más que el primero, requiriendo además otras competencias, capacidades y habilidades superiores a las exigibles a un gestor. Se gestionan recursos, pero se lideran personas. El gestor se centra en la tarea, en el logro, pero el líder cuida también las relaciones y se pone al servicio de los demás creando y compartiendo una visión inspiradora e integradora, conectada con los valores esenciales del Club e ilusionante para todos los que formamos parte del Athletic. García Macua se refiere con insistencia a su gestión. No me corresponde rascar ahí pero, básicamente, estoy de acuerdo. Pero, ¿es eso suficiente para el Athletic? Un buen Líder será capaz de rodearse de personas competentes para gestionar adecuadamente, pero quien únicamente gestiona, perderá perspectiva para liderar con sentido.

Liderar implica también humildad para ponerse al servicio de los intereses y necesidades legítimas del Club, no poner el Club al servicio de tus intereses, aunque sean legítimos. Humildad no es hacerse de menos, sino pensar más en los demás. En mi opinión, convocar elecciones para el 7 de julio es una muestra de una decisión tomada estratégicamente en beneficio propio y claramente perjudicial para el Athletic, no solamente por la dificultad de encontrar entrenador para el primer equipo, sino también por la incertidumbre innecesaria que genera a todos los profesionales que trabajan en Lezama.

A pesar de sus éxitos deportivos y económicos, Macua parece muy consciente de sus dificultades para generar la suficiente adhesión, apego, compromiso y confianza entre la masa social del Club. De lo contrario, no se entiende su ferviente actividad y su necesidad casi patológica de protagonismo renovando a diestro y siniestro, poniendo piedras, dando conferencias, firmando contratos y saliendo en todas las fotos. No sé si se han percatado, pero en las últimas cuatro o cinco renovaciones de jugadores las únicas imágenes publicadas (que han sido las únicas disponibles) son posando con el presidente. El Club, a su servicio, se ha encargado de que así sea. Metafóricamente, identifico tan frenética actividad como gritos desesperados reclamando atención y reconocimiento. Sus resultados hablan alto, así que él podría hablar más bajo.

El hecho es que, si existe otra candidatura ofertando algo distinto, será porque las personas que la integran habrán detectado que más socios comparten la creencia de que debemos volver a recuperar nuestra identidad, aquella en la que todos los aficionados del Athletic nos sentimos representados y que va mucho más allá de los resultados, les guste o no a Macua y Caparrós. Estoy de acuerdo en que nadie es depositario en exclusiva de la esencia del Club, pero yo me identifico mucho con los comportamientos, actitudes, declaraciones y manera de vivir y entender el Athletic de Josu Urrutia. Desde siempre. Tengo la ilusión de volver a reconocer valores que estoy echando de menos últimamente en el terreno de juego y también fuera del mismo. Estoy deseando poder conectar de nuevo con un equipo noble, valiente, honesto, respetuoso y ambicioso. Son mucho más que palabras resonantes. Es lo que siempre hemos sido y que cada vez me está costando más reconocer. Un Club y un equipo comprometidos de verdad con esta forma de entender el juego y la competición. Hace falta creer de verdad que esto es posible para poder crearlo después. Eso requiere un Liderazgo auténtico al servicio del Athletic, además de, por supuesto, una buena gestión.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA con fecha 4 de junio de 2011

Último capítulo

15 mayo, 2011

Me gusta leer y me gusta el fútbol. Disfrutar de un buen libro es como ver un buen partido. No me imagino una novela sin argumento, ni me emociona un partido sin fundamento. El fútbol, como las novelas, es ficción. Ambos son espacios creados para la evasión, la emoción, la diversión y para desconectar de los problemas cotidianos de cada uno. Reducir el juego a una clasificación final es como valorar un libro solamente por su último capítulo.

El Athletic es, para muchos vizcainos, lo más importante de lo no importante. No es poca cosa. Soy del Athletic por mucho más que sus resultados y lo seguiré siendo juegue como juegue. Eso no lo puedo evitar (ni siquiera creo que sea una elección), pero les confieso que, el pasado sábado, me salté un capítulo del libro. Hacía una tarde primaveral y, ante una mínima dificultad logística fácilmente superable, decidí no ir a San Mamés y enterarme de los goles por los cohetes que lanza el batzoki de mi pueblo. Reconozco que, semanas antes, cometí el mismo pecado renunciando a ver por televisión el partido contra el Zaragoza. El motivo fue el mismo en ambos casos: aburrimiento y falta de ilusión.

Las emociones son altamente contagiosas y eso es precisamente lo que me transmiten los protagonistas del espectáculo. Lo que yo percibo de su actitud y comportamiento es que están agotados mentalmente, y si a ellos les cuesta jugar, a mí me cuesta mirar. Si ellos sufren jugando, yo también viéndoles jugar. Si ellos no creen que son capaces de hacerlo mejor, yo tampoco lo creo. Si ellos están deseando que acabe la temporada, lo mismo me pasa a mí. Si ellos no disfrutan con el balón (lo tienen muy poco) ni sin él, pues ya me dirán qué nos queda a los demás.

Ahora mismo, a pesar de su privilegiada situación clasificatoria, la impresión que tengo es que no hay nada ni nadie que tire de estos jugadores y del equipo. Ni hay una idea potente en la que creer, ni un estilo de juego reconocible por el que apostar con alegría y determinación, ni tampoco existe un liderazgo auténtico que impulse al grupo y con el que merezca la pena comprometerse. Si acaso, se obedece al entrenador. Esa es realmente la gran suerte que tiene Caparrós: la nobleza, la profesionalidad y la bondad de esta plantilla. Le costará encontrar algo parecido en los demás equipos repletos de jugadores elegidos, como él dice habitualmente.

Antes, me daba corte dejar un libro sin acabar. Me decía: “Voy a darle otra oportunidad… Quizá en el próximo capítulo me enganche…“. Me sentía en la obligación de llegar hasta el final, aunque hacerlo me costara un esfuerzo. Ahora no: si una novela no me gusta, la dejo. Sin más. Con el fútbol me sucede algo parecido, pero como no puedo abdicar del Athletic, lo comparto con ustedes. Quizá esta novela haya tenido momentos emocionantes (pocos) y algún personaje interesante pero, en general, ha sido monótona, aburrida, pesada, previsible y sin gancho. Demasiados capítulos como aquellas novelas antiguas en las que ya se sabía, casi desde el inicio, que el asesino era el mayordomo.

Nadie entendería empezar un libro por el último capítulo para saber el final. Sería perderse todo lo importante. Renunciar a lo que realmente aporta valor y le da sentido. Lo bueno de una novela es que te enganche y te conecte a tope con la trama y los personajes, que estés deseando llegar a casa para robar una horita de lectura, que pienses en ella, que te dé un motivo para estar contento, que te saque una sonrisa, que te emocione, que te ilusione o que te haga sentir bien. Puedo imaginarme una novela sin un gran final, pero no concibo una sin todo lo anterior. Lo mismo me pasa con el fútbol.

Puedo entender una temporada sin premio, pero lo que me cuesta horrores admitir es ver a un equipo talentoso renunciar a ser lo que podría ser, sencillamente porque se han tragado el cuento de que lo único que vale y se recuerda es la clasificación final. Ese es el mantra de los entrenadores, pero no es toda la verdad. La historia del deporte está repleta de hazañas de equipos y deportistas que no ganaron, pero que se atrevieron a intentarlo y su audacia les mantiene vivos en el recuerdo. En cambio, nadie se acuerda de aquellos que ganaron sin grandeza, sacrificándolo todo por el resultado. Esos no dejan huella en la memoria, ni mucho menos en los corazones. Perdimos la final de Copa pero nunca olvidaremos aquel partido y, sí, jugaremos en Europa, pero nadie guardará un gran recuerdo de esta temporada… ni siquiera sus protagonistas.

A pesar de todo, espero con ilusión la nueva novela de la próxima temporada. Quizá sea más alegre, más creativa, más imaginativa, más valiente, más fresca, más atrevida y más consciente de las posibilidades y talentos reales que ofrece el elenco de protagonistas. Las circunstancias y la situación actual y futura del fútbol soplan a favor, para que el Athletic pueda aspirar a publicar próximamente un auténtico best seller. Aunque, para ello, sería fundamental que tanto al autor como el editor creyeran de verdad que este reto es posible.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 15 de mayo de 2011

Ari, ari, ari….

10 mayo, 2011

Ha necesitado mucho menos de los 100 partidos que ya adornan su palmarés para hacerse imprescindible. Atrás quedaron las bromitas con su pelo, con su forma desgarbada de correr o con el número de su camiseta, impropio de un delantero. Ya nadie duda del gran valor de su aportación al equipo y no se discute su presencia permanente en el once. Ha obtenido la admiración de todos, el reconocimiento sincero de los profesionales del fútbol y, por supuesto, el cariño incondicional de la afición del Athletic.

Toquero conecta como nadie con la grada y lo hace siendo honesto, generoso, valiente, humilde, solidario, noble y agresivo. Dice que le sale de dentro dejarse la piel, presionar y sacrificarse por el equipo. Se permite jugar totalmente conectado con su naturaleza, con su esencia y sus valores auténticos, con lo que para él es importante. Eso le facilita estar siempre concentrado, enchufado y metido en el juego. Esa plenitud que demuestra en el verde, tiene además beneficiosos efectos secundarios. La enorme cantidad de energía y vitalidad que desprende en cada partido es contagiosa, para sus compañeros y para la grada. Semejante despliegue de coraje, voluntad y determinación tiene premio; San Mames le adora.

Sus desmarques de treinta metros a la máxima velocidad sobre la espalda del lateral izquierdo contrario se han convertido en marca de la casa, así como su capacidad y talento para presionar sin descanso a toda la línea defensiva contraria, si fuera necesario. También disfrutamos de los excelentes centros que saca en carrera con ambas piernas y de su impecable juego aéreo, ganador en el noventa por ciento de los balones que disputa, así como de su evidente progresión en el remate. Pero, posiblemente, lo que más conecta con los aficionados es su fe. Toquero cree que es posible. Siempre. En caso contrario, no se entendería que persiga y alcance balones imposibles, que presione sin desmayo en clara desventaja hasta robar o cortar pases y que sea capaz de sacar algo de jugadas donde no hay nada. Él va. De hecho, como dijo un entrenador suyo, va muy rápido, muchas veces y a muchos sitios. Es posible que actúe con esta convicción porque sea muy consciente de que está viviendo su sueño. Él sabe que, cuando uno cree de verdad, la realidad es capaz de superar los mejores sueños. Está disfrutando su privilegio como nadie, porque le ha costado como a ninguno.

A la hora del reparto de medallas, aparte del protagonista, habría que hacer dos menciones. La primera para Caparrós. Hace falta tenerlo muy claro y ser valiente para fichar a un jugador de 2ªB y, tras cuatro meses en el Eibar, hacerle debutar de delantero en San Mamés. Acierto pleno del de Utrera. Desde luego, sus dos palabras favoritas, a saber, intensidad y competitivo, encajan a la perfección en el perfil de Toquero. La segunda, honorífica, para quien le puso en el escaparate. Apostar por un delantero que, en 34 partidos en el Lemona, metió solamente un gol, también tiene mérito. Creer en él, enseñarle a descubrir los secretos del juego, a entenderlo y hacerle tácticamente casi perfecto, no está al alcance de cualquiera. Curiosamente, este entrenador (Cárlos Pouso) hizo exactamente lo mismo con otro león que, antes de llegar al Sestao, daba tumbos por tercera; Koikili. No debe ser casualidad. Pouso, sin duda uno de los mejores entrenadores vizcaínos, está a punto de completar una hazaña en el Mirandés proclamándose campeón de 2ªB, por primera vez en su historia, con doce jugadores vascos en sus filas.

A día de hoy, la agresividad, el ritmo, la intensidad, la energía, el coraje y la determinación que imprime Toquero a cada una de sus acciones, no tiene parangón en el Athletic. Es un jugador diferente y único y, por lo tanto, un tesoro que hay que cuidar y apreciar. Ni más ni menos que el Lehendakari.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 10 de mayo de 2011

Percepciones

17 abril, 2011

El  pasado sábado en San Mamés, viendo resbalarse una y otra vez sobre el césped recién regado a los jugadores rojiblancos, tuve la percepción de que, lo que antes era importante, está dejando de serlo. Lo esencial se ha convertido en accesorio, y al revés.

En aquel tiempo, cuando yo jugaba al fútbol y no hace tanto de eso, dedicábamos cariño y tiempo a revisar los tacos de las botas para ajustarlos al terreno de juego. Era como un ritual antes de los partidos. Salir al campo, pisar el terreno de juego, visitar las áreas, las bandas, el centro del campo, cada uno por su zona de influencia para valorar la situación.

Después, ya en el vestuario, el utillero abría la caja de herramientas en la que estaba la bolsa de los tacos y cada jugador se acercaba a elegir los más apropiados para ese partido y para ese campo. Allí había de todo, tacos nuevos y usados, largos y cortos, afilados, prohibidos, de goma y aluminio, hasta tacos de rugby para los más torpes. En la caja, también se podían encontrar llaves de tacos, alicates y llaves inglesas para cambiar los que estaban tan desgastados que no había quién los desenroscara. No faltaban los cepillos para limpiar las botas, la grasa de caballo y los trapos para abrillantar el cuero de los borceguíes y saltar al campo con el material en perfecto estado. Llevado al extremo, había entrenadores que prohibían a los defensas jugar con tacos de goma. Percibo que dedicar tiempo y atención a los tacos ya no es tan importante. Hay más cosas que tengo la percepción que están dejando de serlo.

Antes, el fútbol del Athletic reflejaba la esencia y los valores del Club y era innegociable que así fuese. Todos nos identificábamos con esa forma de entender el juego y la competición. La bronca, el barullo, el lío, el engaño o la provocación no forman parte de nuestra naturaleza. Nunca hemos jugado a eso y no nos ha ido tan mal. Me siento incómodo viendo a nuestros jugadores protestar permanentemente. Puedo entender las quejas como una reacción puntual ante una jugada concreta, pero no lo comparto como norma de comportamiento.

No se trata tanto de consideraciones éticas o de imagen, sino puramente prácticas. Cuando centras tu atención en otras cosas distintas al propio juego, por ejemplo, en el árbitro, es cuando surgen los errores de concentración, los fallos groseros, las entradas a destiempo… y el fútbol deja de fluir. Te desconectas del juego. Lo curioso es que esta actitud de sobreexcitación en la que parecen vivir instalados los jugadores, se está contagiando a la grada. No sé si alguien lo alienta pero, desde luego, nadie lo reconduce.

En la Catedral, siempre se ha respetado la esencia del juego, sus valores auténticos, así como a los rivales, las normas y a los árbitros. Era el último reducto con aroma al fútbol inglés más genuino. Ahora, tengo la percepción de que también esto está en proceso de cambio. Desde la grada, se protesta de forma desmesurada, casi histérica, cada decisión arbitral, independientemente de si es correcta o no. El sábado pasado se aplaudió (y no es la primera vez) un gol en contra; el segundo penalti (claro en mi opinión y en la de todos los analistas).

Se insulta de forma permanente a los contrarios y a los árbitros. Incluso, como si de un equipo pequeño se tratara, se canta en contra del equipo rival en lugar de animar al propio. San Mamés se ha reconocido siempre como un campo caliente con una afición entendida, respetuosa y volcada con los suyos pero, que yo sepa, nunca ha sido un campo hostil para nadie. Quizá, con el cambio de estadio, perdamos también este reconocimiento, porque percibo que, también en esto, lo que antes era importante, está dejando de serlo.

El señorío del Athletic estaba también presente en las declaraciones públicas de sus dirigentes, tanto en las victorias como en las derrotas. Ahora, se argumentan excusas y justificaciones pueriles en lugar de reconocer con la elegancia y categoría propias del Club lo que ha sido evidente para todos; se jugó mal y se perdió con toda justicia ante un rival muy superior. Las populistas declaraciones de un presidente en campaña reclamando cinco penaltis tras una derrota incontestable confirman esta percepción.

En las últimas semanas son varias las situaciones que en las que García Macua está actuando como si ya fuera un candidato. Desde una foto robada a la salida de un restaurante, tras comer con un futbolista que le había dejado en evidencia días antes negando que alguien del Club hubiese hablado con él sobre su renovación, pasando por los panfletos de autopromo antes del partido, hasta la imposición de la insignia de oro y brillantes al alcalde recibiendo a cambio un apoyo sorprendente y, en mi opinión, prematuro.

Parece razonable pensar que, sabiendo que habrá elecciones, convendría no dilatar su convocatoria de manera que, quien saliera elegido, tuviese el tiempo suficiente y necesario para organizar el Club y planificar el próximo curso adecuadamente. Es bueno ser hábil en el manejo de los tiempos, pero sería mejor que fuese en beneficio de los intereses del Club en lugar de en beneficio propio. Tan solo es otra percepción.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 17 de abril de 2011

Esencia

8 enero, 2011

Estaba nervioso. Llevaba algunas semanas jugando mal y las críticas comenzaban a arreciar. Era de noche, jugábamos contra el Málaga en La Rosaleda y quedaban pocos minutos para comenzar el partido. Intuía que quizá era mi última oportunidad para mantenerme como titular. El equipo andaluz tenía un delantero centro argentino goleador y muy agresivo (violento en ocasiones) que se encontraba en un gran estado de forma. Él era mi pareja de baile para esa noche y el duelo no pintaba bien para mí.

El partido comenzó con fuerza y mucho contacto, hasta que en una disputa aérea por un balón, Mario Armando Husillos (que así se llamaba el artista) me golpeó intencionadamente con el codo en la cara. No llevábamos ni 10 minutos cuando el moco rojo comenzó a manar a borbotones por mi nariz. Retirado en la banda, con bastantes problemas para respirar y atendido por el médico, veía a mi entrenador gesticulando para hacer ya el cambio.

En ese momento, cuando ya estaba asimilando una derrota digna (pérdida de titularidad por lesión), algo en lo más profundo de mí se rebeló exigiéndome que volviera al campo. No sé cuál fue el motivo, pero le dije al médico que me colocara como pudiera la nariz porque volvía a jugar de inmediato. A partir de ese momento, todo mi ser estaba centrado en el balón, en los rivales y en mis compañeros. Estaba 100% conectado al juego. Totalmente concentrado. Nada me distraía. Ni árbitros, ni protestas, ni trampas, ni negras profecías y pensamientos inútiles en mi cabeza. Silencio interior. Solamente quería ganar el partido y ganarle a él. Era capaz de anticipar las jugadas y los pases con medio segundo de antelación. Ganaba en todas las disputas, en las entradas y en cada acción. Estaba pletórico.

Ganamos, y a Husillos lo sustituyeron en la segunda parte por su nula aportación al equipo. Cuando entré en la caseta al finalizar el partido, todo eran felicitaciones, pero yo tenía una sensación muy especial. No era solamente satisfacción por el trabajo bien hecho o alegría por una victoria importante. Tampoco se trataba de tener la conciencia tranquila, de haber salvado un match ball o haber respondido a la confianza del entrenador. Ni siquiera el hecho de haberme asegurado el puesto para las próximas jornadas era lo más relevante. Había algo distinto, más profundo y más íntimo. Era como si, en ese partido, hubiese conectado con algo muy importante de mí que estaba escondido o, por lo menos, de lo que yo no había tenido consciencia hasta entonces.

Durante bastantes semanas, esa sensación me acompañaba todo el tiempo y me mantenía alegre, confiado y seguro, no solo en los entrenamientos y partidos, sino en los demás aspectos de mi vida personal. Sabía que todo estaba relacionado con ese partido, pero no sabía por qué. Lamentablemente, hasta mucho tiempo después (años) no fui capaz de descubrir lo que había pasado en La Rosaleda. Aquel día, jugando al fútbol, conseguí conectar y vivir intensamente algunos de mis valores auténticos. Conecté con mi yo verdadero, con mi esencia y con la esencia del juego. Con mi yo más profundo. Aquella noche, sin saberlo, alcancé un momento de plenitud absoluta.

La esencia del juego no tiene nombre, no se puede definir, tan solo podemos intentar poner algunas palabras que identifiquen las emociones que un deportista siente cuando está enchufado, en estado de gracia, cuando fluye… En definitiva, cuando está totalmente conectado al juego. La grandeza del fútbol es tal que permite a cada jugador (y entrenador) conectar con la esencia del juego viviendo sus valores más auténticos.

En la esencia del juego hay esfuerzo y sacrificio, pero también hay arte y espectáculo. Hay reto y desafío, pero también hay respeto por las reglas y por los contrarios. Hay generosidad, pero también hay deseo de ganar, victoria y gloria para el vencedor. El riesgo también es un valor en el juego, así como la diversión. Hay armonía y valentía. Hay compromiso y solidaridad. Seguridad, confianza, honestidad, creatividad… Todos los valores auténticos tienen cabida en el deporte. De hecho, el deporte en general, y el fútbol en particular, constituyen un espacio privilegiado de la vida en el que una persona tiene la oportunidad de vivir de forma más intensa sus valores esenciales… y también un lugar excelente para descubrirlos.

Solo llegarás rápido, en compañía llegarás lejos“. Sería fantástico que todo jugador o deportista tuviera alguien cerca (entrenador, manager, agente, padre…) con las habilidades necesarias para acompañarle en este proceso de descubrimiento de sus valores auténticos. No para decirle cómo debería ser, qué tiene que hacer o a quién debería parecerse, sino para ayudarle a profundizar en su autoconocimiento, a tomar consciencia de qué piensa, qué siente y cómo se comporta, como elementos previos para poder cambiar, transformarse y crecer hacia el jugador y la persona que realmente quiera llegar a ser.

Contra el Barcelona, pudimos comprobar qué gran recorrido podría tener este Athletic si fuera consciente de que cuando juega tan intensamente conectado a sus valores auténticos, a los que realmente definen la Identidad de sus jugadores, del Club y de su gente, puede competir hasta con el mejor equipo del mundo. Cuando se comporta así, es capaz de alcanzar la Plenitud a través del juego y compartir una experiencia memorable con todos los feligreses que acudimos a la Catedral. Tras caer con orgullo y dignidad en la Copa, ese podría ser su gran aprendizaje y La Rosaleda, sin tanta adrenalina ni emoción desatada, el primer examen para poner en práctica lo aprendido.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 8 de enero 2011

Eau d’Pep

5 enero, 2011

Hace 13 años tuve el gran privilegio de poder contar con Pep Guardiola para la elaboración de una Colección divulgativa de ocho vídeos titulada Esto es fútbol. Estaba en su plenitud como futbolista y no era fácil acceder a él. Gracias a la ayuda de un amigo común, pudimos reunirnos en una concentración de la Selección en Valladolid. Planificador y metódico como ahora, me concedió quince minutos, entre la comida y la siesta, para que le contara el proyecto.

Recuerdo cómo me escuchó sin interrumpirme y en todo momento tuve la agradable sensación de que realmente le importaba lo que le estaba explicando. Cuando acabé, tan solo me dijo que le gustaban tanto la idea como su propósito y que, contándolo, le generaba mucha confianza. Seguidamente, me dio la mano y me confirmó su participación. Ni una sola mención a su retribución. Tan solo, que le pagase lo que pudiese, como a los demás. Aquella decisión fue clave para sacar adelante la Colección. Después de Pep, se sumaron Julen Guerrero, Kiko, Alfonso, Karanka y César completando un elenco de estrellas para un ambicioso proyecto.

Cuatro meses después, finalizada la primera fase de preproducción y financiación de la Colección, las fechas elegidas previamente para hacer la grabación resultaron ser momentos muy delicados para Guardiola. Sufría una lesión tendinosa en el bíceps femoral que le mantenía ya demasiados meses sin jugar y la presión mediática iba en aumento en Barcelona. Desde la distancia, leyendo la prensa catalana, yo estaba muy preocupado por la posibilidad de que se echara atrás en su decisión. Hubiera sido muy razonable que decidiera renunciar alegando sus problemas físicos o que decidiera retrasar la grabación, poniendo en grave peligro la viabilidad del Proyecto pero, afortunadamente, no fue así y cumplió con su compromiso. Nos dedicó una jornada entera en un campo del CAR en Barcelona para grabar gestos técnicos, demostraciones y explicaciones que son lo mejor de la Colección.

Mi mejor recuerdo de aquel día fue, sin ninguna duda, cómo se expresaba ante las cámaras durante las explicaciones teóricas que grabamos. Sabiendo de la dificultad que tienen los jugadores en general (y cualquiera) para hablar en público, solíamos escribir los textos en pizarras o en papel para que el protagonista los leyera o se los aprendiera, antes de decirlos a la cámara. Generalmente, no quedaban especialmente bien. Correctos, sí, pero no eran lo mejor de la Colección… excepto con Guardiola. Yo le daba los textos, él me pedía dos minutos mientras se alejaba unos metros y, seguidamente, en una sola toma, los sacaba desde dentro, con tal fuerza y convicción que generaba un impacto formidable en quien los escuchaba. Eran distintos, decía lo mismo, pero a su manera. Ahí ya estaba muy presente una de sus grandes virtudes para la comunicación y la dirección de equipos. Su talento para convencer, persuadir y seducir. Incomparable.

Todo lo que dice, lo siente antes. No es un discurso racional solamente. No se limita a decir lo que toca. No finge. No pretende ser quien no es. Su gran capacidad de conexión con su equipo y con su entorno, lo que hace que tenga un Liderazgo emocional tan potente, es precisamente que, lo que dice y lo que hace está totalmente alineado con lo que de verdad es, y eso tiene un influencia positiva y un formidable impacto sobre cualquier grupo.

También pude sentir la pasión que irradia cuando habla de fútbol, la seguridad que demuestra en lo que cree y la Visión que tiene del juego y del deporte. Estas cualidades, unidas a la confianza, el cariño, el respeto y la admiración que demuestra permanentemente hacia sus jugadores, son elementos diferenciales de su forma de ser y de liderar, siempre al servicio de sus jugadores, que definen un estilo único e incomparable.

El respeto que demostró por mi trabajo hace 13 años en una situación incómoda para él debido a su lesión, es otro valor que también vive intensamente. Lo demuestra cada día con sus declaraciones llenas de respeto y admiración hacia todos los equipos, aficiones, colegas y jugadores rivales a los que se enfrenta. Se esfuerza siempre en ver lo bueno que tiene cada uno, con sinceridad y, cuando hace un reconocimiento, suena auténtico.

Considero a Guardiola una persona y un entrenador profundamente conectado a su esencia, a lo que realmente es. Eso le facilita ejercer un liderazgo inspirador para quienes tienen el privilegio de trabajar con él. Yo lo sentí así en su momento y sus jugadores, seguramente, perciban la misma esencia, aumentada y reforzada por los éxitos conseguidos. Sin duda, es una referencia a imitar para todos sus colegas por su comportamiento respetuoso con los valores del fútbol y del deporte y por su valentía para crear y para creer en una Visión potente y trascendente del fútbol y de su equipo.

Desde Madrid se mofan diciendo que mea colonia. Para mí, lo que desprende es un agradable aroma de autenticidad y coherencia. Aprovechando que todavía están abiertos los comercios, quizá podamos regalarnos un frasquito de perfume Eau de Pep. Dicen que su fragancia ayuda a conectar con la esencia y lo mejor de cada uno. Ese sería un buen propósito para el año que empieza y para la fiesta de esta noche en San Mamés.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 5 de enero de 2011

 

El guerrero pacífico

24 diciembre, 2010

Decía Platón que se conoce más a un hombre en una hora de juego que en un año de conversación. Al hilo de esta reflexión, el recuerdo de lo que Joseba ha sido, es y será para el Athletic ha quedado grabado a fuego en el corazón de todos los aficionados, tanto por su comportamiento en el terreno de juego durante más de 500 partidos oficiales, como con su irreprochable actitud fuera del mismo.

El filósofo griego dice que lo que se ve en el campo es lo que eres. Esa es tu verdadera esencia. No hay posibilidad de engaño. Esa frase de “es que yo en el campo me transformo”, no cuela. Un futbolista, cuando juega, enseña lo que realmente hay, lo bueno y lo mejorable y, si es capaz, saca lo mejor que tiene, para conectar a través del juego con sus valores más importantes, hasta alcanzar su máximo rendimiento. Joseba consiguió hacerlo durante quince años.

Poner nombre a la esencia de Joseba (ni a la de nadie) es imposible. Es algo inefable, que no se puede explicar, que cada uno habrá sentido a su manera, pero que quizá podamos identificar a través de algunos valores fundamentales que han alumbrado su carrera y que han quedado intensa y repetidamente reflejados en el verde.

Ver jugar a Joseba siempre ha sido un placer para el espectador. Es de los pocos futbolistas que irradiaba tal nivel de confianza en sus capacidades que contagiaba seguridad a la grada. Posiblemente, ese sea el atributo más importante de un deportista. Ser consciente de cuáles son tus fortalezas y confiar en ellas. No recuerdo a nadie más ejemplar que Joseba en esta cuestión fundamental.

Si tuviera que elegir una imagen suya como jugador me quedaría con la clásica de Joseba en la banda, encarando en carrera a un contrario, fintando a la izquierda, saliendo como un tiro a la derecha, ganando un metro de ventaja y poniendo el centro. Sin complicaciones, sencillo, práctico, alegre, valiente y decidido. Siempre presente en el juego. Abierto y disponible. Disfrutando cada momento intensamente. En el campo y en la vida. Viéndole retar defensas una y otra vez, intuyo que la aventura y el riesgo también deben ser importantes para él. En definitiva, un jugador ejemplar y un tipo alegre, feliz. Así podría definir el juego de Joseba e, intuyo, que su trayectoria fuera de los terrenos de juego, refleja valores similares.

Siempre he tenido la sensación, desde que llegó y se plantó en San Mamés con 17 añitos, que Joseba tenía muy claro qué es lo que quería, de la vida y del fútbol. Es como si desde el principio hubiera tenido una Visión muy potente de su futuro, del jugador que quería ser, que le iluminara el camino desde el principio, ayudándole a forjar su propio carácter, partido a partido, a través de cada una de sus decisiones y acciones.

Eligiendo sus respuestas adecuadamente para cada situación, pocas veces ha reaccionado de forma descontrolada (no recuerdo ninguna). A pesar de que le llamen El potro de Elgoibar, ha sido un ejemplo también de autocontrol, de reconocer y manejar adecuadamente sus emociones, lo que le ha permitido ser quien realmente es, siendo siempre dueño y responsable de sus actos, que son los que le han definido como jugador y como persona.

En su proceso de integración en Bizkaia, tuvo el talento de sacar el máximo rendimiento a una virtud más propia de nuestros vecinos guipuzcoanos: la astucia. Ser listo, en el campo y fuera. Que no tramposo, ni provocador, ni irrespetuoso. Si definimos el fútbol como lo que es, un juego de engaño, Joseba ha sido un maestro en esta materia. Su capacidad para sacar ventaja de cualquier despiste del contrario, de la más mínima duda ó pequeño error, ha sido proverbial. Hacer de la picardía un talento, estar siempre atento y concentrado en el juego, no está a la altura de cualquiera. Tan solo de los más grandes, como meter más de 100 goles con el Athletic.

Es listo y también muy inteligente. Diría que dispone de una mente privilegiada, despejada. No se come el coco, simplifica y actúa.Alejado de polémicas y debates estériles, y centrado siempre en lo importante, piensa lo que quiere, se marca un objetivo y se lanza a por ello, habilidad esta muy higiénica para que la mente no se enrede en pensamientos inútiles y negativos que desgastan, paralizan y quitan mucha energía.

Después de cerrar una de las etapas más brillantes en la historia del club y tras el correspondiente periodo de descompresión y renovación, imprescindible para coger distancia, aire, nuevas energías y cambiar de perspectiva, posiblemente Joseba comenzará pronto a diseñar una nueva Visión poderosa e ilusionante para sus próximos quince años. Quizá, en esa imagen, acabe por completar la foto que todavía le falta. Y, seguramente, ya estará esbozando los pasos siguientes para alcanzar un sueño pendiente: ser campeón con el Athletic. Continuará… cuando él quiera.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA con fecha 24 de diciembre de 2010

Juego de engaño

18 diciembre, 2010

Podría ser también otra forma de definir el fútbol; un juego de engaño, que no de trampas. La diferencia es sencilla para quien la quiera entender. El engaño y la picardía forman parte de las reglas del juego. Las trampas, no. Dentro y fuera, como en Barrio Sésamo.

Amago que voy y me quedo, parece que freno y arranco por sorpresa, finto al segundo palo y rompo al primero, hago como apoyo y tiro un desmarque, simulo que voy a hacer una entrada pero aguanto, la estrategia, las faltas, los córners, las bicicletas, los amagos y las fintas… toda una amplia variedad de elementos que configuran el arte del engaño. Llevado al extremo, recuerdo a Laudrup dando pases de gol mirando hacia otro lado. Ale hop! Casi magia. Imprescindible engañar al contrario para jugar bien. Lo que se entiende menos es que te engañes a ti mismo.

No ser consciente de que sabes y puedes hacerlo mucho mejor y no confiar en tus verdaderas capacidades, es engañarse. Pensar que regalando habitualmente el balón al contrario estás más cerca de la victoria, es engañarse. Creer que el buen juego sale por casualidad, que no requiere grandes dosis de compromiso con una idea y coraje para llevarla adelante, también es engañarse. No ponerte retos que te ayuden a crecer y a mejorar por miedo a fracasar, es engañarse, porque el auténtico fracaso es no intentarlo siquiera.

El Athletic, como si convivieran en su interior el doctor Jekyll y míster Hyde, parece que sufre de un trastorno de personalidad que ha derivado en una irregularidad propia de quien no tiene muy claro a dónde va ni a qué juega. A veces, es como si no tuviera una Visión potente sobre qué equipo quiere ser, que haga de faro e ilumine el camino, ni tampoco un Propósito que cada domingo le impulse en esa dirección. Tan solo es necesario ver el partido completo contra el Espanyol para confirmar el diagnóstico de bipolaridad.

La remontada nos dejó indicios, ¡qué digo indicios!, pruebas y evidencias claras de que este equipo, jugando así, podría aspirar legítimamente a los retos que declara tener con la boca pequeña. Un equipo, intenso, con ritmo, valiente y, sobre todo, comprometido con el balón y con el juego. Con movilidad, participación y gran concentración de todos los jugadores, metidos y centrados en la tarea, sin tiempo para despistarse y cometer errores. Con esa determinación por ser protagonista, se podría afirmar alto y claro que queremos ser de los mejores y que estamos dispuestos a arriesgar para conseguirlo. El premio sería jugar en Europa, pero el éxito verdadero y sostenible sería transformarse en un gran equipo capaz de merecerlo.

Lo que me hace saltar los domingos del sofá para ir a San Mamés no es solamente la incertidumbre y la emoción del resultado, sino la esperanza de poder disfrutar de una experiencia intensa identificándome con un equipo que refleje en el césped lo mejor de nosotros, los valores auténticos que realmente nos fortalecen y nos unen a todos; nobleza, honestidad, generosidad, valentía, intensidad y fidelidad a un estilo que refleja lo que somos y con el que me siento íntimamente conectado. Y el Respeto. A sí mismos, a los contrarios, a las reglas y al propio juego como pilar básico de nuestro club. Lo que realmente deseo cada domingo es renovar y reforzar mi compromiso con lo que soy.

Cuando reconozco estos valores en el terreno de juego me siento bien, orgulloso, feliz, me da energía y me recuerda que yo también soy eso, que soy así, que esos valores también forman parte de mí y que, si quiero, al igual que lo hacen ellos en el campo, puedo elegir sacar lo mejor de mí cada día.

Creo que ya va siendo hora de entender que, cuando el Athletic juega conectado a la esencia de lo que realmente es, juega mejor y es mejor. Cuando lo hace así, se consuma el sacramento de la comunión en La Catedral. Todo lo demás es engañarse. Engañarnos.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 18 de diciembre

Palo y zanahoria

15 diciembre, 2010

El presidente pide reflexión a la plantilla y al entrenador tras criticar la actitud del Athletic en el derbi. En mi opinión, si algo no se puede achacar a los jugadores, es falta de actitud. De hecho, creo que si fuera por correr, el equipo estaría ya en Champions o todavía más allá. Desgraciadamente, para alcanzar los puestos europeos hace falta también jugar al fútbol. No sé, quizá quisiera motivar a la plantilla y considerase que era conveniente darle un toque, apelando a lo más clásico y tópico del fútbol: la actitud de los jugadores.

Un palo. Tres días después, tras comprobar que sus declaraciones habían molestado en el vestuario, zanahoria. “Estamos en el mismo barco, confiamos plenamente en la plantilla y no hay ninguna duda sobre la profesionalidad de nadie“. Lo habitual.

Lamentablemente, cuando pretendemos motivar a las personas o a los equipos, todavía funcionamos como hace 100 años: palo y zanahoria. Si se sigue tratando a las personas como si fueran burros, no puede sorprender después que actúen como tales. De forma rutinaria, mecánica, sin ilusión y sin iniciativa.

Hoy en día, existen numerosos estudios y experimentos científicos, llevados a cabo por las más destacadas universidades mundiales para el ámbito empresarial, que han demostrado y confirmado sobradamente que la recompensa y el castigo, el palo y la zanahoria, tienen una influencia muy corta y solo sirven para tareas muy específicas. Prestigiosos economistas del MIT, de Princeton o de la Carnegie Mellon confirman que las técnicas de motivación que funcionaron en las industrias del siglo pasado ya no tienen efecto o, incluso, inciden negativamente en el rendimiento de las actividades del presente y más aún en las del futuro, donde las reglas ya no son tan claras, las tareas no son mecánicas y las soluciones no son ni sencillas ni únicas.

En actividades en las que es imprescindible ampliar el foco de la mente (por ejemplo, jugar al fútbol) en lugar de centrarlo en una única tarea simple y rutinaria, el enfoque mecanicista de  recompensas y castigos entorpece el pensamiento y limita la creatividad. Correr en un partido puede ser considerada una tarea mecánica y sencilla, y las primas, por ejemplo, podrían funcionar para correr más, pero no para jugar mejor.

El fútbol es uno de los deportes más complejos que existe. La cantidad de variables que inciden en el resultado es enorme e imposible de controlar. Cada acción tiene múltiples soluciones posibles y la creatividad juega un papel esencial. La dificultad aumenta además porque se juega con los pies, herramientas que fueron desbancadas en utilidad por las manos hace miles de años. No parece el fútbol, por lo tanto, una tarea mecánica, rutinaria y simple en la que tengan sentido la recompensa y el castigo. Por el contrario, una actividad tan compleja y reconocida socialmente requiere la búsqueda incesante de la motivación interna.

Partiendo de una remuneración adecuada y justa, la motivación efectiva, la verdadera, es un elemento interno, personal e intransferible que tiene mucho que ver con los valores, el propósito y la visión de un proyecto, de un trabajo o de un equipo. La fuente inagotable de la motivación interna está íntimamente conectada con formar parte de algo más grande y más trascendente que uno mismo. Con ser parte de algo que realmente dé un sentido a lo que haces. Con vivir intensamente, por ejemplo, los valores que conforman la Identidad de un club o de un equipo. Quizá haya también aquí elementos interesantes para una reflexión del presidente o de quien quiera serlo próximamente.

Hoy nos visita el Espanyol, un equipo que podría servir de ejemplo inspirador para el Athletic actual. Hace dos temporadas estaba prácticamente descendido hasta la llegada de Pochettino. Se salvaron. Sufrieron la pérdida irreparable de su capitán, Jarque, y ahora, menos de dos años después, están peleando por Europa, en puestos de Champions, plagado de canteranos de gran calidad y jugando muy bien al fútbol. Solamente han pasado dos años y su entrenador declara que el margen de crecimiento de su equipo es tan grande que no ve dónde puede estar el límite. Soñar está permitido. De hecho, es obligatorio. Es la única forma de avanzar hacia algo más que “lo importante son los tres puntos” o “tenemos que ir domingo a domingo“. Sí, es cierto, pero, ¿hacia dónde?

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA con fecha 12 de diciembre de 2010