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Esencia

8 enero, 2011

Estaba nervioso. Llevaba algunas semanas jugando mal y las críticas comenzaban a arreciar. Era de noche, jugábamos contra el Málaga en La Rosaleda y quedaban pocos minutos para comenzar el partido. Intuía que quizá era mi última oportunidad para mantenerme como titular. El equipo andaluz tenía un delantero centro argentino goleador y muy agresivo (violento en ocasiones) que se encontraba en un gran estado de forma. Él era mi pareja de baile para esa noche y el duelo no pintaba bien para mí.

El partido comenzó con fuerza y mucho contacto, hasta que en una disputa aérea por un balón, Mario Armando Husillos (que así se llamaba el artista) me golpeó intencionadamente con el codo en la cara. No llevábamos ni 10 minutos cuando el moco rojo comenzó a manar a borbotones por mi nariz. Retirado en la banda, con bastantes problemas para respirar y atendido por el médico, veía a mi entrenador gesticulando para hacer ya el cambio.

En ese momento, cuando ya estaba asimilando una derrota digna (pérdida de titularidad por lesión), algo en lo más profundo de mí se rebeló exigiéndome que volviera al campo. No sé cuál fue el motivo, pero le dije al médico que me colocara como pudiera la nariz porque volvía a jugar de inmediato. A partir de ese momento, todo mi ser estaba centrado en el balón, en los rivales y en mis compañeros. Estaba 100% conectado al juego. Totalmente concentrado. Nada me distraía. Ni árbitros, ni protestas, ni trampas, ni negras profecías y pensamientos inútiles en mi cabeza. Silencio interior. Solamente quería ganar el partido y ganarle a él. Era capaz de anticipar las jugadas y los pases con medio segundo de antelación. Ganaba en todas las disputas, en las entradas y en cada acción. Estaba pletórico.

Ganamos, y a Husillos lo sustituyeron en la segunda parte por su nula aportación al equipo. Cuando entré en la caseta al finalizar el partido, todo eran felicitaciones, pero yo tenía una sensación muy especial. No era solamente satisfacción por el trabajo bien hecho o alegría por una victoria importante. Tampoco se trataba de tener la conciencia tranquila, de haber salvado un match ball o haber respondido a la confianza del entrenador. Ni siquiera el hecho de haberme asegurado el puesto para las próximas jornadas era lo más relevante. Había algo distinto, más profundo y más íntimo. Era como si, en ese partido, hubiese conectado con algo muy importante de mí que estaba escondido o, por lo menos, de lo que yo no había tenido consciencia hasta entonces.

Durante bastantes semanas, esa sensación me acompañaba todo el tiempo y me mantenía alegre, confiado y seguro, no solo en los entrenamientos y partidos, sino en los demás aspectos de mi vida personal. Sabía que todo estaba relacionado con ese partido, pero no sabía por qué. Lamentablemente, hasta mucho tiempo después (años) no fui capaz de descubrir lo que había pasado en La Rosaleda. Aquel día, jugando al fútbol, conseguí conectar y vivir intensamente algunos de mis valores auténticos. Conecté con mi yo verdadero, con mi esencia y con la esencia del juego. Con mi yo más profundo. Aquella noche, sin saberlo, alcancé un momento de plenitud absoluta.

La esencia del juego no tiene nombre, no se puede definir, tan solo podemos intentar poner algunas palabras que identifiquen las emociones que un deportista siente cuando está enchufado, en estado de gracia, cuando fluye… En definitiva, cuando está totalmente conectado al juego. La grandeza del fútbol es tal que permite a cada jugador (y entrenador) conectar con la esencia del juego viviendo sus valores más auténticos.

En la esencia del juego hay esfuerzo y sacrificio, pero también hay arte y espectáculo. Hay reto y desafío, pero también hay respeto por las reglas y por los contrarios. Hay generosidad, pero también hay deseo de ganar, victoria y gloria para el vencedor. El riesgo también es un valor en el juego, así como la diversión. Hay armonía y valentía. Hay compromiso y solidaridad. Seguridad, confianza, honestidad, creatividad… Todos los valores auténticos tienen cabida en el deporte. De hecho, el deporte en general, y el fútbol en particular, constituyen un espacio privilegiado de la vida en el que una persona tiene la oportunidad de vivir de forma más intensa sus valores esenciales… y también un lugar excelente para descubrirlos.

Solo llegarás rápido, en compañía llegarás lejos“. Sería fantástico que todo jugador o deportista tuviera alguien cerca (entrenador, manager, agente, padre…) con las habilidades necesarias para acompañarle en este proceso de descubrimiento de sus valores auténticos. No para decirle cómo debería ser, qué tiene que hacer o a quién debería parecerse, sino para ayudarle a profundizar en su autoconocimiento, a tomar consciencia de qué piensa, qué siente y cómo se comporta, como elementos previos para poder cambiar, transformarse y crecer hacia el jugador y la persona que realmente quiera llegar a ser.

Contra el Barcelona, pudimos comprobar qué gran recorrido podría tener este Athletic si fuera consciente de que cuando juega tan intensamente conectado a sus valores auténticos, a los que realmente definen la Identidad de sus jugadores, del Club y de su gente, puede competir hasta con el mejor equipo del mundo. Cuando se comporta así, es capaz de alcanzar la Plenitud a través del juego y compartir una experiencia memorable con todos los feligreses que acudimos a la Catedral. Tras caer con orgullo y dignidad en la Copa, ese podría ser su gran aprendizaje y La Rosaleda, sin tanta adrenalina ni emoción desatada, el primer examen para poner en práctica lo aprendido.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 8 de enero 2011

Antes de que se me olvide (sic Juanma Iturriaga)

22 diciembre, 2010

Saboteadores, ese diálogo interno que te bloquea, te paraliza y te impide rendir en función de tus capacidades reales,  tanto dentro como fuera del terreno de juego. Juanma López Iturriaga, que los denomina Aliens, detalla un ejemplo clarificador de cómo actúan y cómo se afrontan en el  prólogo del libro que acaba de publicar, “Antes de que se me olvide”.  No tiene desperdicio.

PRÓLOGO:  06 de noviembre de 2009 14:32.

Estimado Juan Manuel López Iturriaga: Le escribo estas líneas para hacerle una propuesta: escribir un libro en nuestra editorial. Desde hace varios años sigo con atención sus diversas actividades…. Creo que podría escribir un ensayo breve, ameno e intuitivo orientado hacia el gran público más que interesante….Si tiene interés por esta propuesta……Fdo. Javier B.

Así, de repente, cuando mi única preocupación consistía en decidir qué, cuando y donde iba a aplacar el enorme agujero que sentía en mi estómago, mi sistema nervioso sufrió una sacudida. Llevo años fantaseando con escribir un libro. Uno con gran éxito de crítica y público, por supuesto. Yo soy como Norma Duval, que cuando le preguntaron qué tipo de programa de televisión le gustaría presentar, contestó que uno de máxima audiencia. ¡Nos ha jodido! Pero lo había aplazado una y mil veces con diferentes excusas. No es el momento, no tengo tiempo, necesito retirarme a Menorca para poder hacerlo con tranquilidad y unas cuantas excusas más.

El correo de Javier B. me enfrentaba con la cruda realidad: se me habían terminado las excusas y había llegado el momento de tirarse de cabeza. Mi memoria trajo a primer plano, vete tú a saber por qué, el recuerdo de una noche discotequera en Pachá. Después de darle la charla a una chica durante un buen rato intentando ser simpático sin dejar de ser interesante, inteligente sin tener que ser pedante, reírle todos los chistes sin parecer medio tonto y sobre todo, después de imaginar una y mil veces la increíble noche que íbamos a pasar si ella quería va y me suelta sin previo aviso y cogiéndome desprevenido: “¿Nos vamos a mi casa?”. Por supuesto!” contesté de forma casi tan automática como lo más normal del mundo. En cuanto se dio la vuelta para dirigirnos al guardarropa dejé durante un par de segundos que mi cuerpo se liberase de su habitual timidez para acompañar el September de Earth Wind and Fire, que como todas las noches (al menos las que yo estuve, que no fueron ni muchas ni pocas) llenaba la pista de baile.

¡Por supuesto! le dije a la pantalla del ordenador una vez leí el mensaje. Pero como entonces, sin darme tiempo a disfrutar de la euforia, se me despertó el alien. Mal asunto. Todos tenemos un alien instalado en nuestro cerebro. Y conviene que esté calladito, pues es un poco hijo puta. Cuando hace acto de presencia, tiene la capacidad de alimentarse de nuestras inseguridades, miedos u obsesiones para hacerte la vida todo lo complicada que pueda a base de soltarte pensamientos pesimistas o directamente negativos.

“La chica te ha invitado a su casa. Lo estabas esperando, lo estabas deseando, pero joder, ¿y si la cagas ahora?.¿vas a estar a la altura de las circunstancias?. ¿Y si no es tan guapa a la luz del día?. ¿qué estarán pensando ahora tus amigos? ¿Y si vive muy lejos? ¿O si resulta que es una asesina en serie?. ¿Un libro? ¿Ya vas a ser capaz? ¿A quién va a interesar?.

Así habla, queridos lectores y a partir de ahora amigos, el alien.Siempre conviene tenerlo adormecido, pero cuando eres deportista su control se vuelve crucial. En mi primera temporada en el Cajabilbao después de doce en el Real Madrid tuvimos que jugar una eliminatoria final con el Oximesa para poder mantenernos entre los ocho mejores equipos de la liga. La serie llegó al quinto y definitivo partido en Bilbao. A falta de seis segundos nos metieron una canasta que nos ponía al pie de los caballos. Perdiendo por un punto me pasaron la pelota desde la línea de fondo y me fui con más corazón que inteligencia a intentar llegar a la otra canasta. Iba tan ciego que seguramente me hubiese pasado de largo, pero afortunadamente a un jugador del equipo granadino se le ocurrió intentar quitarme el balón. Chocamos y le pitaron falta personal. Dos segundos. Dos tiros libres. Peor aún. Uno más uno. Si fallabas el primero, no había segundo.

Desde que los árbitros pitaron la falta hasta que me coloqué en la línea para tirar el primero debieron pasar un par de minutos. Una eternidad si tienes que soportar uno tras otro los asaltos de tu alien. -Buah, la vas a fallar seguro-Déjame en paz-También es mala suerte, que justo te toque a ti.-Pero te quieres callar-Anda que vaya colofón para la temporada. Se gastan una pasta en fichajes y ha sido un desastre.-Aahhh, no oigo nada, aahhh-Y tú no has estado muy fino que se diga. Como la cagues, igual hasta no cumples el año que viene de contrato-Tú puedes Juanma, eres bueno, has ganado Copas de Europa y unas cuantas medallas-Ya, pero eso fue hace ya mucho tiempo. Como la falles, vaya veranito te espera.

Llego a la línea. Mi alien hace un último intento desesperado. -Mira, mira a tu padre y a tus hermanos que están en primera fila. Tienen una cara de miedo que no pueden más. No confían en ti. Vaya disgusto les vas a dar. Un golpe bajo. Como Rambo, no siento las piernas. El miedo ya es infinito, temo no llegar ni a tocar el aro, pero justo cuando me dan el balón, se hace el silencio. En el pabellón y también en mi cabeza. Con la mente en blanco al menos por un par de segundos, meto el primero. Asegurada la prorroga, el segundo es pan comido, pues del miedo a fallar paso a la convicción de que voy a ser el héroe del día. Ganamos y todo el pabellón corea mi nombre. Al día siguiente, mi alien fue despedido y reemplazado por otro.

El correo de Javier B. me sorprendió, halagó e ilusionó la suficiente para que finalmente me encuentre tecleando sin parar, soportando alguna que otra embestida alienígena (y las que te rondaré) pero decidido a cumplir mi misión. No va a ser fácil, pues a los obstáculos que cualquiera se puede imaginar ante una empresa de este tipo, se van sumando otros inesperados. Antes de comenzar la crónica de los hechos acaecidos en mi vida, que afortunadamente son muchos y variados, algunos de dominio público y otros no tanto, un detalle de cierto calado.

He llegado a los cincuenta. Mucha gente me dice que no le de importancia. Pero ¿cómo no le voy a dar importancia? ¡Todo el mundo le da importancia! Tanta que es capaz de hacer un montón de tonterías para sobrellevarlo. La llegada de los hombres a los cincuenta es una de las mayores generadoras de chorradas por las que pasa el ser humano en su vida.

Después de darle muchas vueltas, he decidido que la mejor forma de ahuyentar mis neuras, miedos y agobios, que son muchos, es mirar hacia atrás para impulsarme hacia delante. Revitalizarme con el recuerdo de personas, vivencias y personajes que se han cruzado en mi camino. Y de paso sacar a la luz a alguno de mis fantasmas favoritos. Que pasen de mi cabeza al papel, donde pierden mucho. Dentro de nosotros los miedos son poderosos, nos manejan y son capaces de acojonarnos, pero al escribirlos, al verbalizarlos, pierden mucho poder. Ahí fuera, en las líneas de una página, dejan de ser arrogantes y engreído, no son casi nada.

Nota: prólogo del libro “Antes de que se me olvide” de Juanma Iturriaga

Imanol Ibarrondo

 

Corazón de León

28 noviembre, 2010

Excesivas facilidades. Está barato golear al Athletic. El equipo, según su entrenador, casi cuatro años después de su llegada, sigue siendo blando. No parece que sea cuestión de defender con más gente, ni más atrás o al pelotazo. Tiene más que ver con la actitud, sobre todo, de los defensas. Es cierto que defiende todo el equipo, pero los últimos bastiones deben ser expertos en el arte de defender, contagiando a los demás.

Hoy en día, para ser un defensa de élite, sin duda, es importante maniobrar bien con el balón, participar en la salida limpia de la pelota desde atrás, dar apoyos y ofrecerse para descargar el juego… pero hay algo que resulta sencillamente imprescindible; defender. Esa debe ser la mayor virtud de un defensa.

Existe un concepto en fútbol que define a los grandes defensores. Se llama rigor defensivo y está íntimamente relacionado con la actitud. Con querer defender, saber cómo se hace y disfrutar haciéndolo. Significa aplicarse en cada acción defensiva hasta las últimas consecuencias. Se trata de no permitir un centro desde la banda sin echar el resto para evitarlo, de no conceder un pase fácil, ni dejar girarse a un delantero con comodidad. De no regalar una falta en lugares peligrosos y no hablemos de un penalti. De no perder nunca de vista el balón, ni darse la vuelta atemorizado ante un pelotazo. Al contrario, de lanzarse en ‘sarras’ a tapar cualquier disparo. De no conceder un remate sin oposición, ni perder una disputa sin pelea. En definitiva, de no regalar ni el aire que respira al delantero. Defender como un León.

Ser un gran defensa exige, además de excelentes cualidades físicas, un nivel de determinación y concentración en el juego que no está al alcance de cualquiera. Mientras que la primera vive en el corazón, la segunda reside en la cabeza. Cuando se juntan las dos cosas, el defensa parece un imán al que llegan todos los balones. Estando así en el campo, el fútbol es más fácil generándose una sensación de fluidez, como si todo lo que sucediese en el césped estuviese bajo tu control. Esos días, jugar es un placer. Estás tan absorto en el juego que casi puedes anticipar lo que va  pasar en cada momento.

Ese es básicamente el efecto de la concentración. Es como un ‘potenciador de la percepción’, que hace que parezcas más rápido, más fuerte e, incluso, te ayuda a tapar tus carencias técnicas ya que, estar concentrado, te permite anticipar la jugada, lo que te da un ‘bonus’ de tiempo para decidir la acción técnica más adecuada y ejecutarla convenientemente. Concentrado, eres mucho mejor jugador. Algunas veces, pocas, yo me sentía así.

Los demás días,  mi mente, en lugar de centrarse en el juego y ayudarme a mantener la tensión y la concentración necesarias como era su obligación, se distraía dedicándose a boicotearme descaradamente. Me decía cosas como; “seguro que fallas”, “vaya día que tienes”, “fijo que se te va”… y demás lindezas o, sencillamente, se ponía a pensar en otras cosas. Todo esto me hacía perder confianza y seguridad, me sacaba del partido y, en ocasiones, me llevaba al bloqueo y a la inacción, por miedo a que se cumplieran las negativas previsiones de mi caprichosa mente

Lo cierto es que, aunque la táctica desempeña una función esencial en el fútbol, finalmente, todo se reduce a un ‘uno contra uno’, en el que tú te la juegas con tu contrario. En el remate, en la entrada, en la disputa, en el regate, en la anticipación, en el marcaje o en la estrategia, conseguir que tu mente esté al 100% de tu parte es vital para ganar ese metro, o esa décima de segundo, que marca la diferencia entre el éxito y el fracaso en el fútbol. Al final, eres tú contra tu delantero. Es un duelo y debes  ganarlo jugada a jugada, hasta que se rinda y le saques del partido… o él te saque a ti.

Por desgracia, ese estado ideal de concentración no es fácil de conseguir y, desde luego, no se alcanza tan solo deseándolo, ni tampoco repitiendo una y otra vez “tenemos que estar más concentrados”. Puedo confirmar que tampoco funciona nombrar a los antepasados de tal o cual jugador para que esté más atento.

Saber cómo eres, cómo te comportas, qué piensas, qué es lo que realmente quieres o conocer a dónde se va tu mente cuando se despista, resulta fundamental para aprender a mantener la concentración. Podríamos decir que el  autoconocimiento es básico para controlar la atención manteniendo  la mente limpia de parásitos mentales e imágenes negativas y centrándose en el desarrollo eficaz de su tarea. Eso, también es un entrenamiento.

Hoy visita San Mamés un ilustre del fútbol, José Antonio Camacho, que haciendo bandera del rigor defensivo, alcanzó los mayores éxitos y reconocimientos como futbolista. Una leyenda y quizá uno de los defensas más ejemplares que yo haya visto, comparable, por ejemplo, a Puyol. Tuve el privilegio de tenerle como entrenador y todavía recuerdo, las pocas veces que le tocaba entrar, cómo rascaba en los rondos. Lo dicho, una actitud.  

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA con fecha 28 de noviembre

Ex jugador de 30 años

21 octubre, 2010

Me sentí triste el martes viendo a Ronaldinho arrastrarse por el Bernabeu. Indolente, apático y desmotivado. Ver así a un jugador que, solamente armado con su alegría desbordante y su extraordinario talento para jugar al fútbol, fue capaz de cambiar el estado ánimo de todo un club. De transformar en entusiasmo y títulos una densa sensación de desilusión y desconfianza extendida por todas las capas del Barsa tras una época demasiado larga de zozobra institucional y deportiva.

Un tipo capaz de iluminar con su sonrisa auténtica y desigual todo un estadio. Un gesto con la mano y dos dedos extendidos difundido mundialmente y que expresaba buen rollo, optimismo ante la vida, gratitud hacia todo y para todos. Un jugador capaz de atraer la admiración de todo el planeta fútbol por permitirnos a cada uno de nosotros reconocer y conectar con el niño que todos llevamos dentro, tan solo viéndole divertirse con tanta naturalidad jugando al balón. Una persona totalmente enchufada a su esencia de niño jugón y a los valores del propio juego. Sin trampas ni engaños, respetando a todo y a todos … feliz, confiado, disfrutón. Y, de repente, pop ¡! (que no Pep), se perdió.

Entiendo que la decadencia física y/o mental del deportista, antes o después, siempre llega y, cuando lo hace, uno poco puede hacer para luchar contra eso pero, en el caso de Ronaldinho, tengo la impresión de que ha sido un proceso de auto destrucción. Como si sus saboteadores, hace ya algunos años, le hubieran dicho algo así como ‘no vas a poder mantener el nivel’, ‘esto es demasiado grande para ti’, ‘no estás a la altura’, ‘antes o después te vas a derrumbar’ y él les hizo caso. Pareciera como si, en lugar de afrontar esos pensamientos destructivos, reconocerlos, aceptarlos y superarlos para seguir conectado a sus valores auténticos y a un propósito tan mágico como contagiar su sonrisa a todo aquel que le viera jugar, decidió rendirse. Consciente o no. Me da igual. Se rindió.

Ayer era como un fantasma deambulando por el césped; desconectado de sí mismo, de sus compañeros y del propio fútbol. Perezoso y aburrido. Como alguien que sabe que su momento ya pasó pero tampoco se esfuerza para intentar salvar los restos del naufragio. Un barco a la deriva. Sin rumbo. Un viejo de tan solo 30 años.

A veces pienso, si yo hubiera sido su coach, qué hubiera trabajado con él. Quizá le hubiera propuesto definir un propósito de vida muy potente. Algo que realmente le hiciera resonar. Quizá algo así como “Soy la sonrisa que hace creer”. Es posible que un propósito como éste le hubiera ayudado a conectar de nuevo con su ‘yo verdadero’ y a seguir disfrutando plenamente de su privilegio. Porque, sin duda, ese es un propósito que tiene algo de magia… la misma que él me transmitía cuando jugaba.

Tengo claro que el final de un trayectoria deportiva de un jugador, su última temporada, su decadencia deportiva (generalmente, el último que se da cuenta es el propio interesado) es un momento muy duro y difícil. A veces, además, puede ir acompañado hasta de pitos y abucheos por parte de las mismas personas que te han aplaudido y ovacionado con veneración durante años. Este es un proceso natural y debería ser de corta duración. Cuando las aguas vuelven a su cauce, dejas de ser jugador y pasa un poco de tiempo, el futbolista que ha dejado huella, el crack o la  estrella, retornan a los altares de la memoria y del recuerdo de los aficionados y, de ahí, ya no bajarán jamás.

Lo que realmente me molesta de Ronaldinho es que su cuesta abajo está siendo ya excesivamente larga y, en mi memoria, se empiezan a acumular demasiados recuerdos e imágenes poco edificantes de tan extraordinario jugador.

Esperemos que este suplicio acabe cuanto antes y pueda volver a poner a Ronaldinho en el Olimpo de los dioses del fútbol.

Imanol Ibarrondo

Coaching deportivo: descúbrete y crece

20 octubre, 2010

Durante toda la Jornada del martes, Juan Cárlos, María y yo mismo, pudimos disfrutar en las instalaciones del COE de una nueva experiencia memorable, junto a 26 responsables técnicos de federaciones deportivas tan diferentes como; Ciclismo, Rugby, Tenis de mesa, Natación, Karate, Lucha, Judo, Golf, Atletismo, Voleibol, Billar, Triatlon y Natación sincronizada. Podéis imaginar lo enriquecedora que es, en lo personal y en lo profesional, compartir esta experiencia con semejante diversidad.

Intensa, muy participativa, con gran dinamismo, emocionante por momentos y realmente divertida son adjetivos que hacen justicia a la Jornada de ayer. Se trata de la tercera Jornada de descubrimiento que hacemos en el COE y lo cierto es que, estas Jornadas, dan sentido a nuestro trabajo y nos llenan de energía y vitalidad para seguir avanzando en el largo camino de alcanzar nuestra Visión de difundir, divulgar, convencer y seducir a todos aquellas personas que tienen influencia e impacto en la formación, el desarrollo y el alto rendimiento de los deportistas, en la aplicación de las habilidades propias de esta apasionante disciplina. En este caso, con los máximos responsables técnicos nacionales de cada deporte. Un gran privilegio del que estamos muy agradecidos.

Incorporar nuevas capacidades y competencias para que no se rindan y bajen los brazos ante el gran reto al que se enfrentan diariamente de trabajar con los mejores.

Para que tomen las riendas, se ilusionen y descubran qué es lo que realmente quieren, qué es importante para ellos/as, definiendo un propósito de vida y una Visión, personal y profesional, potente y eficaz. Para comenzar a diseñar su ‘brújula y faro’.

Para que se atrevan a relacionarse de forma diferente, a comunicar distinto, a transmitir desde la emoción y no solamente desde la razón, a conectar de verdad y escuchar activamente a sus deportistas.

Para que se animen a seguir creciendo y a destapar su verdadero potencial, a descubrir sus valores auténticos y a vivirlos cada día ayudando a que sus deportistas también puedan hacerlo.

Para que se decidan a ser quien realmente son, a auto-liderarse con determinación y coherencia para poder, a partir de ahí, ejercer una gran influencia positiva sobre sus deportistas (liderar, en definitiva).

Para que aprendan a confiar y a creer con convicción en sí mismos y en sus deportistas.

Creo que la Jornada de ayer pudo servir para comenzar a tomar consciencia de la realidad de cada uno, de las excusas y justificaciones que utilizamos más habitualmente, para hacer salir a la superficie a nuestros clásicos ‘saboteadores’, inconscientes hasta ayer, y para comenzar a explorar y poner en práctica desde ya habilidades básicas del coaching en su trabajo diario con deportistas.

La Jornada de descubrimiento fue como abrir una rendija de una persiana en una habitación oscura. Es cierto que solamente fue un resquicio, pero por ahí se ha colado ya un caudal de luz que nos permite percibir, aunque sea levemente, el gran tesoro que cada uno albergamos en nuestro interior. Comienza pues un nuevo y excitante viaje de auto descubrimiento. Bienvenidos a bordo.

Imanol Ibarrondo

PD. Como quedó claro en la Jornada, ya no habrá libro (por lo menos este año), así que tendréis que conformaros con seguir leyendo el blog 😉

No era yo

20 agosto, 2010

Ese saboteador que todos tenemos...

Así describió en rueda de prensa Karim Benzema su primera temporada en el Madrid. Hubiera estado bien que algún periodista deportivo con curiosidad verdadera y ejerciendo una escucha activa (existen?, ) le hubiera preguntado quién era entonces el jugador que salía al verde.

Entiendo perfectamente lo que quiere decir el francés. No se trata de una justificación pueril, como he leído por ahí. Sencillamente, la temporada pasada, el ‘saboteador’ de KB secuestró su cerebro pensante, haciéndose con los mandos y obligándole a dar las respuestas equivocadas.

Con la excusa de protegerle a sus 20 años, fuera de su entorno habitual, en una ciudad enorme, con otro idioma, en el club más mediático del mundo y con un elenco de estrellas como compañeros de equipo, su ‘saboteador’ confundió la situación real y prefirió hacer caso a sus instintos primarios, en lugar de  utilizar las nuevas capacidades evolucionadas de adaptación de que disponemos ya los seres humanos.

Tras su fichaje por el Madrid, KB necesitaba buscar en su interior soluciones y respuestas adecuadas para afrontar una nueva situación, repleta de retos apasionantes y no necesariamente hostil (solamente es fútbol), pero su ‘saboteador’ (primitivo y miedoso) prefirió pasarse de prudente activando el instinto de supervivencia (como si jugar al fútbol fuera una amenaza para su vida) paralizando al jugador.

Dicen los expertos en la fisiología del miedo que la activación de este instinto primario puede provocar tres reacciones diferentes; ataque, huida y/ bloqueo. La temporada pasada, KB jugaba atemorizado, agarrotado. Estaba bloqueado. Jugaba con miedo. No sé a qué; a no estar a la altura, al qué dirán, a fallar a su familia o a la confianza del Club, a fracasar, a las críticas de la prensa… (ponga aquí la razón que quiera) pero se trataba de otro jugador.

Sin duda, jugar con miedo es lo peor que le puede pasar a un futbolista. El miedo te limita, te paraliza y te impide rendir en función de tus posibilidades reales. Además, no digo yo que KB sea la alegría de la huerta, pero seguramente, la imagen de jugador indolente, desmotivado y solitario que ofrece, estará más relacionada con esa situación de parálisis y bloqueo, que con su verdadero carácter. De hecho, dudo que nadie que tenga el privilegio de hacer lo que le guste, tenga esa apariencia tan desorientada.

Comento el caso de KB para confirmar que, sin duda con menos trascendencia y coste económico, se trata de un clásico en el deporte y, especialmente, en el fútbol. Yo me veo absolutamente reflejado en ese sentido en el jugador francés (salvando las distancias siderales, la ciudad y la edad eran las mismas ).

Una cantidad enorme de deportistas dejan que sea su ‘saboteador’ quien tome el mando en momentos clave de sus carreras que les consume con pensamientos negativos e inútiles, excusas y justificaciones banales, y creencias limitantes que les impiden ser quien realmente son en el terreno de juego.

Decía también KB que, para mejorar su rendimiento este año, había trabajado mucho el aspecto mental. Me alegro, pero lo realmente importante de su afirmación es tomar consciencia de que el miedo es universal, todos lo tenemos y, afrontarlo y superarlo es algo que se puede y debe entrenar. Descubrir cómo te habla y qué te dice (tu saboteador), conectar con la esencia de cada uno, profundizar en tu auto-conocimiento, crear una visión potente e inspiradora o apoyarse en tus valores auténticos son, entre otras cosas, algunos recursos que los deportistas tienen a su disposición para poder disfrutar en el campo y en la vida.

KB juega en el Madrid y sin duda tendrá a su disposición todo lo que necesite para mejorar su rendimiento pero, para el resto de los deportistas mortales, sería de gran ayuda disponer de entrenadores con habilidades y competencias propias de coaching deportivo, que les impulsen a que sean ellos mismos quienes salten al campo, no sus saboteadores, que vienen de serie pero juegan peor.

Imanol Ibarrondo

Creencia limitante

17 mayo, 2010

Aprovechando que, todavía, somos muy pocos los que leemos este blog, aprovecharé para hacer una confesión compartiendo con vosotros el pensamiento con el que me machaca, en estos momentos, mi saboteador principal respecto al Coaching.

“No estás suficientemente preparado. Eres un farsante”.

Es durito, eh?. Lo cierto es que cuando arrecia con este comentario todo se me hace bastante cuesta arriba. Me limita, me bloquea e, incluso, me paraliza en ocasiones. Noto como me hago pequeño y, si me ocurre ejerciendo como facilitador en alguna formación, casi me dan ganas de salir corriendo del aula.

Tengo miedo de no estar a la altura, de no cumplir con las expectativas de mis clientes y alumnos, miedo al qué dirán, de tener que ser la referencia que esperan que sea en el deporte, miedo a no serlo… en definitiva, miedo al fracaso y a la vergüenza.

Lo cierto es que no se puede negar que llevo solamente 4 años en el coaching y que no supero las 500 horas de práctica remunerada con clientes y equipos. Eso son hechos concretos. Tampoco acumulo más de 500 horas como facilitador principal de coaching deportivo. Otro dato objetivo. Por lo tanto, lo que me dice mi saboteador no es falso…. pero tampoco es toda la verdad.

También es cierto que trabajo con un equipo de profesionales excelente y con gran experiencia, que cuento con la confianza de Instituciones de referencia como el COE o la RFEF, que tenemos unas evaluaciones (jornada tras jornada) excelentes, que creo firmemente en lo que hago, que intento transmitirlo con pasión, que tengo un gran deseo de compartir y de ayudar, que le pongo mucho entusiasmo y que me dejo la piel en conectar intensamente con mis clientes y alumnos e impulsarles a la acción; a ser quien realmente son.

Cuando aparece mi saboteador, a veces pienso en Guardiola. El tampoco tenía experiencia, acababa de sacar el carnet de entrenador, llevaba un año en los banquillos, era demasiado joven… pero no dudó en aceptar el reto. Sabía que podía compensar con crecer esas circunstancias y, sin duda, los resultados ya le han dado la razón.

No sé cuál será su creencia potenciadora o el pensamiento que le ayuda a tirar para adelante sin rendirse a los cobardes, reiterativos y vacíos argumentos de su saboteador (de hecho, ni siquiera sé si lo tiene), pero os diré también cuál es la creencia que a mí me ayuda a seguir en el camino con fuerza y energía.

Incoade va a revolucionar el fútbol”. Sí, sí, ya sé que es una bilbainada y que parece que vuelvo a pecar de soberbia y de falta de humildad, pero no me negaréis que es realmente potente!!.

Cuando pienso esto, veo un fútbol en el que los entrenadores disfrutan de su trabajo, se conocen profundamente, tienen una visión y un propósito en la vida y en el fútbol, trabajan conectados a sus valores y a los de su equipo, viven cada semana ocupados y no preocupados, escuchan, preguntan y ayudan a sus  jugadores, no los etiquetan sino que creen en ellos, tienen confianza y seguridad para liderar de forma coherente, apasionada y generosa a unos futbolistas que disponen de una formación integral, que se comunican y relacionan de una manera sana y potente, que saben conectar con su esencia y con la esencia del juego, con lo que es importante para ellos, que descubren qué les motiva y les da energía, que no ponen excusas y justificaciones, que son capaces de buscar sus  propias respuestas, que viven el ‘fair play’ como una necesidad para estar conectados, no como una obligación que no entienden, que se preocupan por crecer y desarrollarse, que disfrutan del juego y de la vida, que son responsables de sus actos y dueños de su destino.

¿Os podéis imaginar cómo sería este fútbol?. Sé que es un sueño muy grande, muy ambicioso, casi imposible… pero es que, poco a poco, cada vez somos más para hacerlo realidad.

Y tú, te apuntas o todavía te puede tu saboteador?

Imanol Ibarrondo

Plenitud, un acto radical

28 abril, 2010

La semana pasada, el golfista británico Brian Davis entregó la victoria del Verizon Heritage, dotado con un millón de dólares al avisar al árbitro de que rozó un junco al golpear la bola. Nadie se había dado cuenta.

Puedo imaginar a Brian en ese momento. Después de cinco años viviendo en Florida para convertirse en profesional del golf, era su primer gran triunfo en uno de los torneos más importantes del circuito americano. Su momento para pasar de un modesto puesto 98 del golf mundial a los primeros puestos del ranking. Era el último hoyo y ahí estaba la gran oportunidad para comenzar a cumplir su sueño… pero Brian prefirió ser honesto. Brutalmente honesto. 

En Coaching Deportivo trabajamos con nuestros clientes el descubrimiento de sus valores auténticos, lo que realmente es. Conocer lo que le hace  conectar con su esencia, lo que le da energía y le permite vivir momentos sublimes y experiencias memorables en su vida, es solo la primera parte para vivir en Plenitud. No vale tan solo con saberlo. Lo que marca la diferencia entre la plenitud y la vida en conformidad es tener el valor para que nuestros actos estén alineados con nuestro yo auténtico y verdadero.

No es fácil. De hecho, es muy difícil. Si fuera fácil, por qué no estamos honrando nuestros valores todo el tiempo? Una respuesta clásica es que nuestro temor suele ser mayor que nuestro deseo de plenitud.  Por eso tiene tanto valor la decisión de Brian.  Me imagino a esa voz interior dentro de su cabeza (su saboteador) en el momento de tomar la decisión de avisar al árbitro, enjuiciándole y diciéndole cosas como “te has vuelto loco”, “ya serás honesto en otra ocasión”, “eres tonto”, “vas a hacer el ridículo”, “no eres suficientemente bueno para ganar otro torneo”, “todo el mundo se reirá de ti”, “los demás no lo harían”, “tu mujer te dejará por memo”…  

Es posible que Brian pensara que esta voz estaba intentando protegerlo del peligro, de asumir riesgos inútiles pero, con frecuencia, es demasiado cauta en un momento clave que pide que se tomen riesgos en el camino hacia una vida más plena. Brian decidió no hacerle caso. Decidió ser valiente y dar un paso adelante para ser quien realmente es. Decidió avanzar al galope hacia su Plenitud. Decidió ser terriblemente honesto. De hecho, la Plenitud es un acto radical.

Cuando veo a alguien como Brian capaz de hacer algo tan radical como perder un millón de dólares por vivir conectado a su esencia, a sus valores auténticos, siento una admiración profunda por su integridad y valor. Brian Davies perdió un Torneo y bastante dinero, pero se ganó el  respeto universal.  ¿Cuánto vale eso?

Y tú, ¿qué es lo más radical que has hecho en tu vida para ser quien realmente eres?

Últimamente, ¿cuántas veces has derrotado a tu saboteador?

Imanol Ibarrondo