Se pegó la leche

Tengo dos recuerdos de mi relación con José María Ruiz Mateos, cada uno de ellos en un equipo diferente y ambos en situaciones agónicas. Sé que en estos momentos toca linchamiento público pero, personalmente, mis emociones están ligadas a la esperanza y por ello, me declaro agradecido por su comportamiento.

En la primera, en el Rayo Vallecano del 92, llegó a mitad de temporada con el equipo en claro riesgo de descenso a Segunda B y con el club hecho unos zorros. Prometió, cumplió, ascendimos a Primera y se quedó, durante casi 20 años, para liderar la época más gloriosa del club, consolidando las categorías inferiores como referencia en la Comunidad de Madrid, levantando una ciudad deportiva que es la envidia de todos los clubes de la capital y llevando al equipo, incluso, a jugar la UEFA por primera y única vez en su historia.

Lo cierto es que, durante todos estos años, el Rayo ha estado viviendo muy por encima de sus posibilidades reales, pagando a tocateja salarios propios de equipos con más recursos y de superior categoría. Por supuesto, nadie se ha quejado nunca. Era como el juego de las sillas. Todos sabían que existía un gran riesgo, pero ninguno esperaba que la música dejase de sonar. Ahora se ha acabado y resulta que no hay sillas para nadie.

La segunda vez que acudió al rescate fue en el Sestao del 95, otra sociedad anónima deportiva. A pesar de que eran diez ya los meses sin cobrar, con pagarés devueltos de la temporada anterior y viviendo una situación realmente comprometida, nos clasificamos para jugar el play-off de ascenso a Segunda A. Tras múltiples conversaciones, engaños y promesas incumplidas de los propietarios, la plantilla decidió encerrarse en los vestuarios de Las Llanas. Nos dejaron solos.

Le escribimos una carta desesperada y nos escuchó. Nos preguntó qué necesitábamos de él y se lo pedimos. Y vino a Las Llanas a un partido decisivo contra el Córdoba. Y movilizó a la prensa, las instituciones y a la opinión pública. Y ganamos. Y, ese domingo, tras quince días de encierro, volvimos a nuestras casas con la esperanza de que, finalmente, todo se resolviera. Y con esa ilusión jugamos el play-off. Y nos sentimos capaces de todo. Y ascendimos en Castellón, sin cobrar una pela en todo el año. Se trata de un recuerdo imborrable compartido con veinte amigos, de una experiencia memorable que también está asociada a este personaje y que justifica mi agradecimiento.

Es el riesgo de las SAD (Sociedades Anónimas Deportivas), un engendro que permitieron las administraciones públicas en su momento para esconder la enorme deuda que arrastraba el fútbol por la nefasta gestión de sus dirigentes. Hacer tabla rasa y comenzar de nuevo. Ese era el objetivo pero, sin duda, fue peor el remedio que la enfermedad.

A día de hoy, son ya demasiados los clubes (SAD) que se han declarado en concurso de acreedores y otros tantos están a un paso de hacerlo. Se convierten así en clubes anónimos (ya nadie sabe de quién son) que pervierten la competición, creando además las condiciones para que jeques, indios, sociedades ocultas y demás aventureros con patrimonios dudosos se acerquen al mercadillo del fútbol en busca de saldos y oportunidades de poder e influencia.

Es privilegio del Athletic ser uno de los cuatro clubes que, gracias a su buena gestión, pudo entonces permitirse el lujo de seguir siendo un club de fútbol propiedad de sus socios. Afortunadamente, eso también nos hace diferentes y nos permite mantener y reafirmar una Identidad que constituye nuestro pilar fundamental para seguir siendo quien somos.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 21 de marzo de 2011

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