Archive for the ‘Despedida’ Category

Epílogo electoral

21 mayo, 2011

Vaya despedida! Me impactó el enorme contraste que se produjo tras el pitido final. El entrenador cerrando los puños festejando un éxito indudable y San Mamés dedicando una sonora pitada, tan general como inesperada. Más allá del runrrún por los cambios y la actitud contemplativa del equipo durante el partido (nada nuevo bajo el sol), nadie presagiaba un final tan sorprendente. Más que nunca quedó patente la distancia sideral entre algunos de los valores que definen al técnico de Utrera, y que lleva grabados a fuego en su ADN, con la concepción que tenemos aquí de lo que realmente es importante. Fue un reflejo cristalino de dos formas antagónicas de entender la competición, el fútbol y, si me apuran, la propia vida. Los aficionados se permitieron expresar su malestar, su rechazo, su hastío y su disgusto por el comportamiento y la actitud de un equipo apocado, encogido, sin alegría, temeroso y pequeño, adjetivos que están muy lejos de representar la esencia y la grandeza del Athletic. Han sido demasiados partidos con la desagradable sensación de jugar a no jugar.

Tras la clamorosa reacción de los dueños del club mostrando con rotundidad su desaprobación en un día presuntamente destinado a la celebración, debiera haber un aprendizaje muy potente para todos sus estamentos, fundamentalmente para presidente, directiva, técnicos y futbolistas. Puedo entender e incluso compartir la decepción y el disgusto del entrenador y los jugadores, que, a pesar de alcanzar el objetivo de la clasificación europea, reciben la reprimenda de San Mamés. Pero, más allá de esa emoción respetable, queda el mensaje clarificador de que, en el Athletic, el fin no justifica los medios. No es suficiente con alcanzar el objetivo. Importa el cómo. No es que la afición quiera siempre más, como se ha repetido toda la semana justificando el desaire, es que quiere otra cosa. Los sonoros cánticos de Hau ez da gure estiloa deben seguir resonando con fuerza en las cabezas de los protagonistas. Toca reflexión. Profunda.

Dicho esto, el trabajo de Caparrós y de todo su equipo merece un sincero reconocimiento. Es un hombre apasionado, coherente con sus principios, listo y firme en sus convicciones. Nadie puede sentirse engañado ya que nunca prometió algo diferente. Él es un especialista y muy bueno en lo suyo. Cogió un equipo enfermo y lo ha dejado completamente recuperado. Cuando llegó, el Athletic se encontraba prácticamente en coma, ingresado en la UVI y con pronóstico reservado. Tras someterlo a un intenso tratamiento de choque durante las dos primeras temporadas, con notables altibajos en su evolución (en un mes, final de Copa y partido dramático en Liga, contra el Betis, con Armando de salvador), finalmente fue recuperando sus constantes vitales hasta ser trasladado a planta, donde ha permanecido los dos últimos años convaleciente, pero disfrutando de calma y tranquilidad. Lo cierto es que, al principio y durante un tiempo, a todos nos pareció bien tener que tomar aceite de ricino cada domingo como reconstituyente para un equipo decaído, sin confianza y a punto de un ataque de nervios. Cuatro años después, los familiares y amigos del paciente esperamos ansiosos que reciba ya el alta médica para comenzar una nueva etapa, impulsando al máximo el crecimiento y el rendimiento de este equipo. Caparrós asumió con decisión la hoja de ruta del club y, utilizado sus propias recetas, con un estilo espartano, poco dado a alegrías estéticas y demás concesiones a la galería tan alejadas de su ideario, ha conseguido los objetivos. Independientemente de lo que pase a partir de ahora, es justo felicitarle por su trayectoria. Prueba superada.

A partir de aquí, los defensores de la continuidad del técnico de Utrera la reivindican alertando que existen muchos peligros fuera del hospital, que hace mucho frío fuera y que no es conveniente cambiar de tratamiento, ni tampoco de especialista. En mi opinión, se equivocan. Apelar al miedo en esta tierra no es una buena elección. No es precisamente la falta de valor, empuje, atrevimiento, creatividad y decisión lo que define a los vizcainos. Somos muy capaces de soñar con visiones inspiradoras que parecen inalcanzables para otros y hacerlas realidad. El propio Athletic es la mejor prueba de ello. Forma parte de nuestra naturaleza acometer grandes retos con determinación, alegría, optimismo y coraje. También sabemos afrontar las dificultades con unidad y entereza. Así se salvó el equipo hace cuatro años, pero durante más de 110 años de historia ha existido en este club una regla general de comportamiento, un criterio sencillo, claro y fácil de entender, aunque no tanto de aplicar: jugar siempre y en todo lugar con el orgullo y la dignidad de un equipo grande. Eso es lo que somos. Podremos ganar y podremos perder, pero siempre que podamos, iremos a por ellos. Honestos, alegres, nobles, ambiciosos y valientes. Así nos gusta verles. Así nos gusta vernos.

Afortunadamente, estas dos corrientes de opinión (los que quieren el alta médica y los que prefieren seguir en observación) podrán decidir en breve qué es lo más conveniente para el Athletic. Lo increíble es no saber todavía cuándo. Parece que al presidente le cuesta aceptar que este club no es una sociedad anónima, sino un club deportivo propiedad de sus socios. Ya tuvo un desliz deslegitimando a sus representantes legales en la asamblea, los compromisarios, cuando afirmó que los socios habrían aprobado la propuesta de estatutos que lideró, y ha repetido esta semana, obviando esta vez la reacción de San Mamés, declarando que la mayoría estará muy contenta con esta temporada. ¿Quién es la mayoría para el presidente? Creo que este injustificable retraso en la convocatoria electoral, así como otras muchas actitudes, decisiones y comportamientos, retratan perfectamente la única prioridad del presidente-candidato desde hace meses: garantizarse su reelección. Semejante capricho podría dar lugar al absurdo de que el equipo, si se viera abocado a disputar dos rondas previas para jugar en Europa, tuviera que volver a los entrenamientos sin entrenador y sin presidente. Algo insólito e impropio del Athletic.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 21 de mayo de 2011

Último capítulo

15 mayo, 2011

Me gusta leer y me gusta el fútbol. Disfrutar de un buen libro es como ver un buen partido. No me imagino una novela sin argumento, ni me emociona un partido sin fundamento. El fútbol, como las novelas, es ficción. Ambos son espacios creados para la evasión, la emoción, la diversión y para desconectar de los problemas cotidianos de cada uno. Reducir el juego a una clasificación final es como valorar un libro solamente por su último capítulo.

El Athletic es, para muchos vizcainos, lo más importante de lo no importante. No es poca cosa. Soy del Athletic por mucho más que sus resultados y lo seguiré siendo juegue como juegue. Eso no lo puedo evitar (ni siquiera creo que sea una elección), pero les confieso que, el pasado sábado, me salté un capítulo del libro. Hacía una tarde primaveral y, ante una mínima dificultad logística fácilmente superable, decidí no ir a San Mamés y enterarme de los goles por los cohetes que lanza el batzoki de mi pueblo. Reconozco que, semanas antes, cometí el mismo pecado renunciando a ver por televisión el partido contra el Zaragoza. El motivo fue el mismo en ambos casos: aburrimiento y falta de ilusión.

Las emociones son altamente contagiosas y eso es precisamente lo que me transmiten los protagonistas del espectáculo. Lo que yo percibo de su actitud y comportamiento es que están agotados mentalmente, y si a ellos les cuesta jugar, a mí me cuesta mirar. Si ellos sufren jugando, yo también viéndoles jugar. Si ellos no creen que son capaces de hacerlo mejor, yo tampoco lo creo. Si ellos están deseando que acabe la temporada, lo mismo me pasa a mí. Si ellos no disfrutan con el balón (lo tienen muy poco) ni sin él, pues ya me dirán qué nos queda a los demás.

Ahora mismo, a pesar de su privilegiada situación clasificatoria, la impresión que tengo es que no hay nada ni nadie que tire de estos jugadores y del equipo. Ni hay una idea potente en la que creer, ni un estilo de juego reconocible por el que apostar con alegría y determinación, ni tampoco existe un liderazgo auténtico que impulse al grupo y con el que merezca la pena comprometerse. Si acaso, se obedece al entrenador. Esa es realmente la gran suerte que tiene Caparrós: la nobleza, la profesionalidad y la bondad de esta plantilla. Le costará encontrar algo parecido en los demás equipos repletos de jugadores elegidos, como él dice habitualmente.

Antes, me daba corte dejar un libro sin acabar. Me decía: “Voy a darle otra oportunidad… Quizá en el próximo capítulo me enganche…“. Me sentía en la obligación de llegar hasta el final, aunque hacerlo me costara un esfuerzo. Ahora no: si una novela no me gusta, la dejo. Sin más. Con el fútbol me sucede algo parecido, pero como no puedo abdicar del Athletic, lo comparto con ustedes. Quizá esta novela haya tenido momentos emocionantes (pocos) y algún personaje interesante pero, en general, ha sido monótona, aburrida, pesada, previsible y sin gancho. Demasiados capítulos como aquellas novelas antiguas en las que ya se sabía, casi desde el inicio, que el asesino era el mayordomo.

Nadie entendería empezar un libro por el último capítulo para saber el final. Sería perderse todo lo importante. Renunciar a lo que realmente aporta valor y le da sentido. Lo bueno de una novela es que te enganche y te conecte a tope con la trama y los personajes, que estés deseando llegar a casa para robar una horita de lectura, que pienses en ella, que te dé un motivo para estar contento, que te saque una sonrisa, que te emocione, que te ilusione o que te haga sentir bien. Puedo imaginarme una novela sin un gran final, pero no concibo una sin todo lo anterior. Lo mismo me pasa con el fútbol.

Puedo entender una temporada sin premio, pero lo que me cuesta horrores admitir es ver a un equipo talentoso renunciar a ser lo que podría ser, sencillamente porque se han tragado el cuento de que lo único que vale y se recuerda es la clasificación final. Ese es el mantra de los entrenadores, pero no es toda la verdad. La historia del deporte está repleta de hazañas de equipos y deportistas que no ganaron, pero que se atrevieron a intentarlo y su audacia les mantiene vivos en el recuerdo. En cambio, nadie se acuerda de aquellos que ganaron sin grandeza, sacrificándolo todo por el resultado. Esos no dejan huella en la memoria, ni mucho menos en los corazones. Perdimos la final de Copa pero nunca olvidaremos aquel partido y, sí, jugaremos en Europa, pero nadie guardará un gran recuerdo de esta temporada… ni siquiera sus protagonistas.

A pesar de todo, espero con ilusión la nueva novela de la próxima temporada. Quizá sea más alegre, más creativa, más imaginativa, más valiente, más fresca, más atrevida y más consciente de las posibilidades y talentos reales que ofrece el elenco de protagonistas. Las circunstancias y la situación actual y futura del fútbol soplan a favor, para que el Athletic pueda aspirar a publicar próximamente un auténtico best seller. Aunque, para ello, sería fundamental que tanto al autor como el editor creyeran de verdad que este reto es posible.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 15 de mayo de 2011

Despedidas y ex futbolistas

24 mayo, 2010

Hace tres semanas, en una Jornada de descubrimiento de coaching deportivo que impartimos para entrenadores valencianos y, gracias a la valentía y generosidad de un voluntario de lujo (futbolista profesional con varios títulos en su ya dilatada trayectoria) que compartió con todos nosotros, tuvimos la oportunidad de revivir con intensidad una emoción clásica y universal en el deportista profesional; el final de su carrera.

Asimismo, la semana pasada, coincidiendo con el final de la temporada en 1ª División, jugaron su último partido profesional tres de los grandes (Joseba Etxeberria, Rubén Baraja y Raúl Tamudo). A partir de ahora, ya son ex futbolistas.

Mi admirado Andoni Zubizarreta se despidió del fútbol en una rueda prensa que concluyó diciendo; “se acabó el recreo”. Es una metáfora excelente que refleja cómo debería vivir su carrera un deportista profesional porque, antes o después, llega el último entrenamiento, el último partido, la última entrevista y luego… se acabó. Se apagan las luces y los focos se dirigen a engullir al próximo, al nuevo, al que te sustituye… tú ya eres historia.

No conozco ningún ex abogado, ni tampoco ex médicos, ex músicos o ex periodistas.  En cambio, sí existe la figura del ex futbolista. Ser ex de algo, y tener la capacidad de re-inventarse, exige casi siempre un período de adaptación, así como superar la crisis que se produce en el momento del cambio.

Has sido futbolista desde los 10 hasta los 30 y pico años, has vivido intensamente el fútbol, le has dedicado toda tu vida y la sensación de ‘pérdida’ es inevitable. Pero tú todavía te sientes futbolista, ¡eres futbolista!, esa es tu identidad, fortalecida por todos los que durante este tiempo te han admirado, respetado y envidiado por haber conseguido lo que, la gran mayoría, alguna vez solamente soñó con ser.

Ahora debes desprenderte de tu identidad… y eso duele, duele mucho. Como cualquier pérdida importante provoca dolor, una gran tristeza e, incluso, depresión. Y eso nos da miedo. No estamos dispuestos a reconocer que estamos tristes, muy tristes.

Tras más de 10 años de experiencia en la Junta Directiva de AFE (Asociación de futbolistas profesionales), puedo afirmar que esta sensación de ‘pérdida’ es universal y afecta a jugadores de todas las categorías, independientemente del patrimonio que cada uno haya podido conseguir en su carrera. De hecho, este sentimiento de pérdida y de tristeza es más acentuado en jugadores de élite que en los de 2ªB ya que, aunque los últimos se hayan sentido tan futbolistas como los primeros, no han estado tan expuestos en primera línea y, además, han tenido la necesidad (y la oportunidad) de reorientar su futuro profesional, incluso, compaginándolo con el fútbol. 

Ante esta situación de tristeza no reconocida, en muchas ocasiones, se actúa de una forma irracional y poco recomendable. Lo hacemos así porque en nuestro interior pensamos; “¡Cómo demonios voy a estar triste, si soy un privilegiado!. ¡Qué va a pensar la gente!. No tengo derecho a estar triste”. Tenemos una sensación de culpa que nos mortifica pero, ¡por supuesto que tienes derecho a estar triste!. De hecho, es necesario.

Ya no hay partidos, ni concentraciones, ni viajes, ni peñas, ni ‘saraos’, ni entrevistas…. y estando acostumbrados a ese ritmo de gran actividad y, presos de la confusión que nos embarga, nos lanzamos a un activismo desmesurado Nos arriesgamos inversiones erróneas, proyectos empresariales inadecuados o negocios que nos proponen en los que ponemos sobre la mesa lo mejor que tenemos; nuestra imagen y prestigio a cambio de… nada o casi nada.

El riesgo de esta secuencia es que genera más confusión y finalmente puede acabar afectando a lo más importante: a nosotros y a nuestras relaciones personales y familiares.

Lo cierto es que una gran pérdida como la que sufre un jugador (su identidad de futbolista) y la gran tristeza que esta situación genera, solamente puede superarse de una manera; gestionando el duelo convenientemente. Se trata de reconocer que estamos tristes (incluso deprimidos), sentir esa emoción y abrir un período de reflexión y de adaptación a la nueva realidad. Calma, tranquilidad, no hay prisa. Lo primero es superar la tristeza, echar unas lagrimitas y cicatrizar bien, para poder seguir adelante. 

Siendo la capacidad de anticipación una de las cualidades técnicas más apreciadas en un futbolista, parece razonable pensar que habría que desarrollar esta capacidad también en otros ámbitos. El impacto que esta pérdida tiene en cada ex jugador (persona) viene directamente determinado por su capacidad para manejar convenientemente el estado de tristeza que inevitablemente se produce.

Para ello, es fundamental que el deportistas disponga de una formación integral y un entrenamiento emocional y mental durante su carrera profesional que le permita, por un lado, aumentar su rendimiento deportivo mientras está en activo y, por otro (y no menos importante), aprovechar su carrera profesional para ir construyendo poco a poco su ‘otra identidad’, desarrollando los recursos necesarios para poder conocer y manejar adecuadamente sus emociones, como por ejemplo, la tristeza del adiós.

Imanol Ibarrondo