Archive for the ‘Respeto’ Category

“¡Queremos a Pou, ni Pep ni Mou!”

31 enero, 2012

Hace siete meses asistí en Anduva a un triste desenlace, tanto para Juan Carlos Pouso Lejonagoitia como para todo el Mirandés. Era un partido histórico para el ascenso a Segunda División. Tras lograr un esperanzador 0-1 en Guadalajara, ganaban también 1-0 al descanso. En la segunda parte empataron los alcarreños y, a un puñado de minutos para el final, un jugador local quedó tendido en el suelo tras una disputa. El balón salió de banda y él no sabía qué hacer: levantarse o no. Lo normal, lo habitual, lo comprensible, habría sido que se quedara ahí haciendo el paripé y robando unos segundos a un final que pintaba angustioso, pero era consciente de que esa actitud iba en contra de uno de los valores innegociables de su equipo y de su entrenador: el respeto. Tenía un conflicto.

La situación era confusa. El árbitro mirando de reojo, sin parar el juego pero sin ordenar el saque de banda… el masajista preparado para saltar al campo… algunos futbolistas del Mirandés que abandonan sus posiciones y se acercan para interesarse… el jugador que, en ese momento, resuelve sus dudas y decide levantarse… el árbitro que ordena sacar de banda… el contrario que lo hace a la espalda de una defensa descolocada…. penalti… gol… acaba el partido… final del sueño… desolación en Anduva.

Conversando con Pouso tras aquel inesperado desenlace, no escuché ningún comentario del tipo “hemos sido unos pardillos”, “no hemos sabido competir”, “nos ha faltado oficio”, “no sabemos jugar al otro fútbol” y demás excusas pueriles para justificar el azar del juego. No me sorprendió.

Al contrario. Él insiste. El miércoles pasado volví de nuevo a Anduva y pude presenciar cómo, en el descuento y ya con el 2-1 a favor, antes de que el Espanyol colgara al área la última falta del partido, alguien lanzó un balón al campo, a unos 20 metros del banquillo local. De inmediato, Carlos salió corriendo al césped, se disculpó con el jugador catalán más próximo, recogió la pelota y, sin perder un segundo, volvió a toda velocidad a su sitio pidiendo calma al público. En ese momento, me sentí muy orgulloso de ser su amigo, de su coherencia y de su valentía para vivir tan conectado a los valores auténticos del juego.

Así actúa Carlos Pouso y así se comportan sus equipos: respetuosos, nobles, intensos, humildes, valientes y muy conectados al juego, sin dar un respiro al rival, hasta el punto de dominar y eliminar con solvencia a tres rivales de Primera División, levantando la admiración y el reconocimiento de todo el planeta fútbol, no solo por sus victorias, sino por la manera de alcanzarlas. Carlos Pouso, como todos, quiere ganar, pero se diferencia de muchos en que renuncia a coger atajos para hacerlo.

Si tuviera que elegir una virtud suya, destacaría su liderazgo inspirador, entendido en su forma más genuina y auténtica. Su gran capacidad para seducir, su disposición para ayudar, para escuchar, para querer a sus jugadores, para creer en ellos, para identificar y satisfacer sus necesidades (que no sus deseos), para exigirles al máximo y hacerles crecer hasta superar sus límites. Su humildad para hacer sentir importante a todo aquel que trabaja junto a él, su obsesión por mejorar a cada jugador que pasa por sus manos, su identificación total con cada club en el que trabaja… En definitiva, su gran generosidad para estar al servicio de los demás, hace que todos le quieran, que crean en él y que le sigan hasta el final. Parece la mejor versión del flautista de Anduvin, si se me permite la expresión.

Ejerce su liderazgo con tanto arte, lo hace con tanta naturalidad y sencillez, que quienes trabajan en un club bajo su ámbito de influencia deciden voluntariamente comprometerse con él al 100%. Él sabe bien que puede obligar a alguien a obedecer, pero no a comprometerse. Es un generador de ilusión y confianza. Con su coherencia, ejemplo y exquisita sensibilidad (por ejemplo, acordándose de los que ya no están en el momento del éxito) y, por supuesto, su conocimiento profundo y apasionado del fútbol y de los futbolistas, consigue que sus seguidores le ofrezcan con gusto el mejor regalo que cada uno de ellos puede hacer: su compromiso incondicional con una idea grande de juego y con unos valores compartidos para llevarla adelante.

Conversador infatigable, ingenioso y muy divertido, experto en crear y cuidar relaciones de alta calidad, con una lealtad a prueba de bombas y tan exigente en el cumplimiento de las tareas como exquisito en el respeto a las personas, entiende el ejercicio de su profesión como un privilegio del que disfruta intensamente y desea compartirlo. En una de las muchas entrevistas que ha atendido últimamente ofrecía esta respuesta: “Mi mayor felicidad es poder hacer felices a los demás… aunque solo sea un poco”. Quizá también, por cosas así, hoy vuelva a escucharse este grito de guerra en Anduva: Queremos a Pou. Ni Pep ni Mou. Carlos Pouso, un grande, perdido en el fútbol pequeño.

Ahora que, por fin, el endogámico mundo del fútbol de alta competición, como pomposamente les gusta diferenciarse a algunos (cuando la realidad es que el fútbol y los futbolistas son exactamente iguales en todas las categorías), ha descubierto a este entrenador de primer nivel, se escuchan opiniones sobre las virtudes que adornan al técnico de moda (sé que le molesta, pero es lo que toca… ¡y ya era hora!).

Hay algún comentario que me ha llamado la atención y que merece una reflexión: “Su mayor virtud es que ficha jugadores comprometidos”, dijo de él un colega. De tal afirmación podría deducirse que el compromiso y la implicación de las personas vienen de serie. Qué bueno y qué fácil sería eso. ¿Se imaginan que, en sus entrevistas de trabajo, les preguntasen: ‘Es usted comprometido?’ o ‘¿Llegará usted motivado de casa todos los días?’. Sí, claro, por supuesto.

Desgraciadamente, no funciona así. Quizá ahí radique, precisamente, el talento diferencial de un gran entrenador. De hecho, quien consigue este nivel de conexión y compromiso de sus jugadores adquiere el rango y la responsabilidad de ser el líder del grupo. Son los demás quienes le identifican como tal, porque esa distinción no viene con el cargo de entrenador y, para hacerse merecedor de semejante reconocimiento, hace falta mucho coraje y humildad verdadera, así como una vocación de servicio ejemplar.

Carlos tiene de todo eso. Le conozco desde antes de que fuera entrenador… Corrijo, entrenador ha sido siempre.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 31 de enero de 2012

Athletic 1.0

3 octubre, 2011

Se dice que el único lugar en el que el éxito aparece antes que el trabajo es en el diccionario. Conozco muchas personas que trabajan mucho sin gran éxito, pero todas las que tienen éxito, trabajan mucho. Así es que, de momento, el primer ingrediente de la ecuación parece garantizado. En los dos meses que Bielsa lleva en el Athletic, la cualidad más destacada por todos los que siguen el día a día del equipo, incluidos los propios jugadores, es su enorme capacidad de trabajo. Sin duda, para rediseñar completamente el sistema operativo interno de este equipo, el argentino necesitará echar mano de sus mejores talentos. El Reto al que se enfrenta es más que una evolución, más bien, una revolución.

El Sistema Operativo Interno (SOY si me permiten la trampita) es precisamente eso; lo que soy, en este caso, lo que este equipo es, y va mucho más allá de una mera cuestión estética o de estilo. El asunto no está en debatir sobre si hay que pegarla p’arriba o aumentar la posesión. El estilo se adaptará a las muchas posibilidades que ofrecen los futbolistas pero, aun siendo esto importante, es secundario. En mi opinión, se trata de un cambio mucho más profundo, de mentalidad e incluso de espíritu, me atrevería a asegurar.

El SOY del Athletic, como cualquier sistema operativo, es el complicado conjunto de procesos internos que define lo que se ve en la pantalla, o lo que se ve en el campo si hablamos de fútbol. El SOY es como si fuera un enorme iceberg del que solamente pudiéramos ver la punta, en este caso, el juego sobre el césped, pero que por debajo tiene un montón de capas que determinan, limitan o potencian ese comportamiento observable. En el fondo, en la base de este iceberg, están la esencia y los valores auténticos del Athletic, aquello que realmente somos, que nos define y que los aficionados queremos recuperar y vivir intensamente cada domingo. Ahí se esconden el atrevimiento, la honestidad, la ambición, el respeto, la nobleza y el compromiso con una identidad.

Es en las capas intermedias del iceberg donde se encuentra el meollo de este asunto. Ahí es donde aparecen las interferencias que todavía desenfocan la visión. Persisten algunas creencias de equipo pequeño (ideas inconscientes que damos por ciertas y que nos limitan), pensamientos negativos (“igual no somos capaces de jugar así”) o ciertas emociones tóxicas como la ansiedad, el miedo o la desconfianza que dificultan alcanzar el máximo rendimiento. Es precisamente ahí donde se debe generar el auténtico cambio invisible que facilite el alineamiento entre lo que se ve y lo que se es. Ente la punta y el fondo del iceberg.

Tras 60 días de intenso trabajo, parece que ya está disponible la versión Athletic 1.0 de Bielsa. Obviamente, no incorpora todavía todas las aplicaciones ni se ha completado el proceso de control y revisión de errores, pero ya está en juego y tiene muy buena pinta. En esta versión aparece un equipo dinámico, intenso, dominador, moderno y ambicioso. Posiblemente, habrá todavía toboganes en el rendimiento, hay desajustes, falta de continuidad en el juego y algunos errores de precisión en ambas áreas, pero el tiempo favorece al Athletic y la transformación parece imparable.

Si Fernando Amorebieta está siendo capaz de rediseñar su SOY y tras varias temporadas estancado en su rendimiento, se presenta ahora como un central sobrio, seguro, comprometido con la idea de tener el balón, contenido en las entradas, agresivo y centrado en el juego, o si por primera vez en muchos años vemos al Athletic cerrar un partido manejando la pelota, en campo contrario, controlando el juego, el tiempo y al rival…; si esto es posible, ¿qué no lo será? Toca creer. De verdad. Se trata de creer para ver y no al revés.

Esta noche vuelve el Athletic a San Mamés. Se pide paciencia desde muchos ámbitos, pero no parece que abunde por aquí. Hubo pitos contra el Rayo Vallecano y era el debut. Así están las cosas. Paciencia no significa aguantar como sea, de mala manera y con la escopeta cargada a la búsqueda del error, sino esperar con la actitud adecuada de confianza, perseverancia y apoyo. La apuesta lo merece. Eso es paciencia; el resto, tan solo disimulo.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico Deia de fecha 18 de septiembre de 2011

Levante…el ánimo

7 mayo, 2011

Por fin acabó el rally de clásicos del siglo. Todo estaba dispuesto para presenciar el que se anunciaba como el mejor espectáculo del mundo pero, por momentos, ha resultado bochornoso y reconozco haber sentido un poco de vergüenza ajena en ocasiones. Ver y escuchar los gestos, actitudes y declaraciones de personas serenas, respetuosas y ejemplares en general como Casillas, Alonso, Arbeloa o el propio Karanka, acercándose peligrosamente a su lado más oscuro, para alinearse con el discurso más radical de Mou Vader, ha sido decepcionante, como también lo han sido algunas sobreactuaciones de jugadores del Barcelona.

En cualquier caso, ya tenemos final de Champions y será la reedición de la de hace dos años. Aquella tarde, Eto’o redondeó su gloriosa temporada anotando el primer gol del partido. A pesar de todo ello, el club (su entrenador, Guardiola) prescindió de sus servicios demostrando que no vale todo para ganar y que, aunque parezca increíble para algunos, hay cosas que están (o deberían) por encima del resultado. No valoro la calidad de aquella decisión, lo que admiro es la coherencia y el compromiso verdadero con una idea, con un propósito y con una visión que son los que definen a ese club, así como el coraje para llevarla a cabo. La búsqueda de la plenitud y la excelencia exige actuar/vivir/jugar conectado a los valores auténticos del deporte y de tu equipo. Se trata de un acto radical que requiere acción y toma de decisiones (¡Eto’o, fuera!).

Descubrir cuál es tu identidad, tu ADN, qué equipo quieres ser, cómo quieres comportarte, cómo quieres jugar, qué perfil de entrenador quieres, cuáles son los valores innegociables de tu equipo y de tu club, qué es realmente importante (además del resultado), qué emociona a tus seguidores, qué es lo que te conecta con tu gente, qué nos enorgullece y nos identifica, son elementos de reflexión imprescindibles que constituyen la brújula y el faro para orientar la travesía de cualquier proyecto deportivo.

En el lado opuesto, viviendo su particular calvario, se encuentra el Madrid. Vendió su alma al diablo a cambio de los títulos que no conseguirá este año. Contrató a un profesional arrogante con un currículo de ganador implacable, una persona capaz de hacer lo necesario para levantar copas y garantizar resultados. Necesitado de éxitos inmediatos, el Madrid eligió el camino de los atajos. No importaba el cómo ni a cambio de qué, lo único importante era ganar. El fin lo justificaba todo. Ahora bien, cuando haces una apuesta tan arriesgada y pierdes, no te queda nada, y te dejas enormes jirones de prestigio y credibilidad por el camino. Sin brújula, estás perdido y solamente dispones de un arsenal de excusas, justificaciones, contubernios, complots, persecuciones y demás paranoias propias de personajes populistas, soberbios y manipuladores que se buscan e inventan enemigos para no asumir ninguna responsabilidad en las derrotas

Son dos formas opuestas de afrontar el juego y la competición. Ambas buscan la victoria y la gloria. La primera requiere creer en algo que dé sentido al resultado. Para la segunda, el resultado es lo único en lo que merece la pena creer. La primera disfruta cada día, siendo la victoria la guinda del pastel. En la segunda, no hay pastel y pasas hambre, solamente te comes la guinda, y eso, cuando ganas. La primera inspira y compromete; la segunda obliga. En la primera estás deseando ver jugar a tu equipo, identificarte con él, sentirte parte del mismo. En la segunda, te basta con el teletexto para saber el resultado. Entre estos dos clubes históricos, se encuentra el tercero, el Athletic. A día de hoy, no tengo claro con cuál de estas dos tendencias nos alineamos; brújula y faro o ¡clasificación, amigo!

Hace cuatros años, semana arriba o abajo, se jugó en La Catedral el mismo partido de hoy. Fue dramático por la trascendencia y penoso por lo que le rodeó. Los que asistimos en directo cerramos los ojos y nos tapamos la nariz para poder sentirnos inocentes de lo que allí aconteció. Sin duda, un triste precedente. Afortunadamente, en este tiempo, la situación ha cambiado radicalmente. Aquel dudoso partido cerró un periodo negro que duraba ya unos años con el equipo al borde del precipicio y devorando entrenadores sin control. El Athletic pelea ahora por lo que históricamente le corresponde y el Levante, con muy poco, está completando una magnífica remontada tras acabar último la primera vuelta. Tendría que suceder un desastre para que el Athletic se quedase sin guinda, lo que, con el hambre que estamos pasando últimamente, sería imperdonable.

Percibo que los futbolistas están en la reserva y deseando que acabe el año. Les noto, además, desanimados (¿o seré yo?), sin chispa, sin alegría, juegan como si estuvieran aburridos. Pareciera como si jugar al fútbol cada partido fuera ya un sufrimiento. ¡Qué lástima! A veces, tengo la sensación de que en lugar de a jugar, fueran a la oficina, a fichar y a completar un trabajo rutinario y monótono que no les aportara nada más que dinero. Quizá están afectados por la astenia primaveral, lo que daría sentido a esta tristeza fatigosa e inexplicable. A falta de otras ilusiones futbolísticas, puede que con un poquito de gingseng y guaraná aguantemos todos hasta el final…

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 7 de mayo de 2011

Percepciones

17 abril, 2011

El  pasado sábado en San Mamés, viendo resbalarse una y otra vez sobre el césped recién regado a los jugadores rojiblancos, tuve la percepción de que, lo que antes era importante, está dejando de serlo. Lo esencial se ha convertido en accesorio, y al revés.

En aquel tiempo, cuando yo jugaba al fútbol y no hace tanto de eso, dedicábamos cariño y tiempo a revisar los tacos de las botas para ajustarlos al terreno de juego. Era como un ritual antes de los partidos. Salir al campo, pisar el terreno de juego, visitar las áreas, las bandas, el centro del campo, cada uno por su zona de influencia para valorar la situación.

Después, ya en el vestuario, el utillero abría la caja de herramientas en la que estaba la bolsa de los tacos y cada jugador se acercaba a elegir los más apropiados para ese partido y para ese campo. Allí había de todo, tacos nuevos y usados, largos y cortos, afilados, prohibidos, de goma y aluminio, hasta tacos de rugby para los más torpes. En la caja, también se podían encontrar llaves de tacos, alicates y llaves inglesas para cambiar los que estaban tan desgastados que no había quién los desenroscara. No faltaban los cepillos para limpiar las botas, la grasa de caballo y los trapos para abrillantar el cuero de los borceguíes y saltar al campo con el material en perfecto estado. Llevado al extremo, había entrenadores que prohibían a los defensas jugar con tacos de goma. Percibo que dedicar tiempo y atención a los tacos ya no es tan importante. Hay más cosas que tengo la percepción que están dejando de serlo.

Antes, el fútbol del Athletic reflejaba la esencia y los valores del Club y era innegociable que así fuese. Todos nos identificábamos con esa forma de entender el juego y la competición. La bronca, el barullo, el lío, el engaño o la provocación no forman parte de nuestra naturaleza. Nunca hemos jugado a eso y no nos ha ido tan mal. Me siento incómodo viendo a nuestros jugadores protestar permanentemente. Puedo entender las quejas como una reacción puntual ante una jugada concreta, pero no lo comparto como norma de comportamiento.

No se trata tanto de consideraciones éticas o de imagen, sino puramente prácticas. Cuando centras tu atención en otras cosas distintas al propio juego, por ejemplo, en el árbitro, es cuando surgen los errores de concentración, los fallos groseros, las entradas a destiempo… y el fútbol deja de fluir. Te desconectas del juego. Lo curioso es que esta actitud de sobreexcitación en la que parecen vivir instalados los jugadores, se está contagiando a la grada. No sé si alguien lo alienta pero, desde luego, nadie lo reconduce.

En la Catedral, siempre se ha respetado la esencia del juego, sus valores auténticos, así como a los rivales, las normas y a los árbitros. Era el último reducto con aroma al fútbol inglés más genuino. Ahora, tengo la percepción de que también esto está en proceso de cambio. Desde la grada, se protesta de forma desmesurada, casi histérica, cada decisión arbitral, independientemente de si es correcta o no. El sábado pasado se aplaudió (y no es la primera vez) un gol en contra; el segundo penalti (claro en mi opinión y en la de todos los analistas).

Se insulta de forma permanente a los contrarios y a los árbitros. Incluso, como si de un equipo pequeño se tratara, se canta en contra del equipo rival en lugar de animar al propio. San Mamés se ha reconocido siempre como un campo caliente con una afición entendida, respetuosa y volcada con los suyos pero, que yo sepa, nunca ha sido un campo hostil para nadie. Quizá, con el cambio de estadio, perdamos también este reconocimiento, porque percibo que, también en esto, lo que antes era importante, está dejando de serlo.

El señorío del Athletic estaba también presente en las declaraciones públicas de sus dirigentes, tanto en las victorias como en las derrotas. Ahora, se argumentan excusas y justificaciones pueriles en lugar de reconocer con la elegancia y categoría propias del Club lo que ha sido evidente para todos; se jugó mal y se perdió con toda justicia ante un rival muy superior. Las populistas declaraciones de un presidente en campaña reclamando cinco penaltis tras una derrota incontestable confirman esta percepción.

En las últimas semanas son varias las situaciones que en las que García Macua está actuando como si ya fuera un candidato. Desde una foto robada a la salida de un restaurante, tras comer con un futbolista que le había dejado en evidencia días antes negando que alguien del Club hubiese hablado con él sobre su renovación, pasando por los panfletos de autopromo antes del partido, hasta la imposición de la insignia de oro y brillantes al alcalde recibiendo a cambio un apoyo sorprendente y, en mi opinión, prematuro.

Parece razonable pensar que, sabiendo que habrá elecciones, convendría no dilatar su convocatoria de manera que, quien saliera elegido, tuviese el tiempo suficiente y necesario para organizar el Club y planificar el próximo curso adecuadamente. Es bueno ser hábil en el manejo de los tiempos, pero sería mejor que fuese en beneficio de los intereses del Club en lugar de en beneficio propio. Tan solo es otra percepción.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 17 de abril de 2011

Todos para uno

2 marzo, 2011

Desde el partido contra el Atlético Madrid en el Calderón echo de menos mayor contundencia en determinadas declaraciones de los portavoces del Athletic. Ese domingo fue de nuevo bochornoso el trato que recibió uno de nuestros capitanes. Ya es suficientemente doloroso que los árbitros se laven las manos ante los graves insultos y descalificaciones que sufre Gurpegi, como para que nadie saliera ante los medios de comunicación denunciando con dureza estos graves y reiterados comportamientos.

Varios de sus compañeros y su entrenador comparecieron en diferentes televisiones y radios del foro tras acabar el partido y a ninguno escuché lamentar alto y claro tan inaceptable conducta. Como si estuvieran más preocupados por no incomodar a los medios capitalinos que por defender al navarro.

La semana pasada se emitió desde Bilbao el programa nocturno que lideró en su momento la caza y captura de Gurpe. Acudieron al confesionario el presidente, el entrenador y varios futbolistas. No sé lo que pensará el afectado sobre esta cuestión pero, en mi opinión, desperdiciaron una excelente oportunidad para hacerle sentir su apoyo incondicional, solidarizarse con él y rechazar públicamente el trato incalificable que sufre como resultado de la durísima campaña de acoso y derribo que afectó tan gravemente a la carrera de un futbolista ejemplar.

Su trayectoria profesional le avala, pero no hubiera estado de más aprovechar el momento para reivindicarla ante quienes se cebaron en su persona de manera tan injusta y desproporcionada. En ocasiones, me irrita la docilidad que demuestra este club y la poca capacidad y contundencia que tenemos para defender lo nuestro y a los nuestros.

El domingo, David Navarro agredió a Fernando Llorente después de haberlo hecho antes con Javi Martínez. En ambos casos, por detrás. No es la primera vez que actúa así, ni será la última. Siendo esto en sí mismo sancionable, haciendo un gran esfuerzo, pudiera hasta considerarse como un lance del juego y valorarse como tarjeta roja sin más. Podría pasar también que el árbitro no lo apreciase así en el campo y sería incluso razonable por tanto que el entrenador del Athletic se mordiese la lengua (como hizo) y aguantase el tirón declarando que si no la ha visto, ya no hay nada que hacer y toca pasar página. Hasta ahí de acuerdo.

Lo que sí es denunciable y hay que hacerlo públicamente, porque nos afecta a todos, es el sainete posterior. Que el desvergonzado agresor simule y se haga pasar por agredido, que el médico le tome hasta la tensión, que salga del campo en camilla y que vuelva al terreno de juego para amedrentar a Llorente durante toda la segunda parte es una farsa injustificable. Eso sí requiere una denuncia pública.

No se puede seguir diciendo que eso forma parte del juego y que el fútbol es para listos. Eso son trampas y engaños que no pertenecen a la esencia del deporte. Esto es San Mamés y eso no es admisible. Me molesta que no se defienda con claridad y contundencia lo que es importante para nosotros: el respeto a los auténticos valores del juego.

Lo que pasa en el campo se queda en el campo es una frase mentirosa, difundida por los tramposos para justificar provocaciones, agresiones, engaños y demás actitudes que no son aceptables entre deportistas. Es potestad y responsabilidad de quienes no actúan así denunciar con rotundidad y valentía estos comportamientos; no al árbitro por no verlo, sino al tramposo. Exactamente, lo que ha hecho Fernando Llorente.

Hoy, de nuevo en tierra hostil, contra un equipo en graves dificultades de todo tipo y tras tres derrotas consecutivas, el Athletic deberá ser más equipo que nunca y hacer buena la frase de todos para uno….

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 2 de marzo de 2011

El ‘Aplausómetro’

27 febrero, 2011

El pasado domingo, debatiendo en un programa de ETB sobre la necesidad de blindar el contrato de Llorente como buque insignia del Athletic, se planteó un curioso debate, relacionado con la relación entre el ariete y la afición, que podría ser clave para clarificar esta cuestión.

Como ya se ha comentado en esta columna en alguna ocasión, entre otras grandes virtudes de San Mames está su sonoridad. Nuestro estadio recoge y registra con precisión de relojero cada una de las emociones que se trasladan desde el césped y que tienen cumplido reflejo en la grada. Podríamos decir que se trata de un medidor de la intensidad emocional que provoca cada situación, así como de la calidad de la conexión que cada futbolista tiene con su público.

Hay algunos jugadores que hacen reventar la aguja del aplausómetro; Gurpe, Toquero e Iker, por poner tres ejemplos, cuentan con la bendición de San Mamés y el respaldo unánime de la grada. Los decibelios aumentan espectacularmente con las ovaciones que recogen y, en estas ocasiones, el medidor raramente baja del 9.

Por otra parte, Fernando Llorente, las pocas veces que es sustituido, no suele superar el 7 y tampoco recuerdo que todo el estadio haya coreado nunca su nombre con entusiasmo. Por no mencionar que, esta misma temporada, el segundo partido de Liga y con 2-0 en el marcador, recibió silbidos (pocos) por fallar una ocasión y murmullos en otros tantos. Reconozco que soy el primero en no romperme las manos cuando le cambian aunque, hasta ahora, no había sido consciente de ello. Esto son hechos concretos y ahora me animo con una interpretación.

Es curioso. Repasando con detalle su trayectoria en el Athletic, llego a la conclusión de que quizá no haya ningún jugador en la plantilla con más merecimientos que él para recibir todo el cariño, el respeto y el reconocimiento de la parroquia rojiblanca. Tomar la decisión de separarte de tus padres y tus hermanos con 12 años para venir a vivir a Bilbao en busca de un sueño; ser capaz de convivir desde muy joven con las más altas expectativas sobre tu futuro, alcanzarlas y superarlas; ser campeón del mundo por méritos propios y convertirte, jugando en el Athletic, en un delantero centro de talla mundial, me parecen méritos suficientes para que San Mamés le reconozca como uno de los grandes.

Todo ello, por supuesto, unido a un comportamiento intachable, tanto dentro como fuera del campo. Debería ser un orgullo contar con una persona así en mi equipo.

Pero, a pesar de todo ello, el aplausómetro le sigue negando lo que legítimamente le corresponde y se ha ganado a pulso. Podemos argumentar que es frío, que no demuestra la garra que nos gusta, que juega con la roja (Joseba Etxeberria lo hizo más de 50 veces y no por ello perdió nunca la bendición del Santo)… la razón que ustedes deseen. Si yo fuera Fernando, podría empezar a pensar (si no lo hace ya) que San Mamés no le valora lo suficiente.

No sé lo que tendría que cambiar FL9 para conectar con más fuerza con la grada. Eso será trabajo suyo pero, en lo que a mi respecta, prometo rectificar y demostrarle fehacientemente el respeto que me merecen tanto su compromiso con el equipo como su sacrificio para ser futbolista del Athletic y su trayectoria como rojiblanco.

Esta noche, el Athletic se la juega contra un Valencia, afortunadamente, sin Aduriz. En poco más de cinco años, entre Fernando y Aritz llevan 110 goles en Primera. Da vértigo pensar qué podría haber conseguido este equipo con ese montón de goles y más vértigo todavía pensar qué podría ser del Athletic a corto plazo sin ninguno de los dos. Anuncian frío para la hora del partido. Será la excusa perfecta para calentarme las manos aplaudiendo al 9 hasta hacer reventar, por una vez, la dichosa aguja del aplausómetro.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 27 de febrero

Jugador de pequeña…

24 enero, 2011

Esta semana, echando un mus y después de unas cuantas manos lamentables, mi compañero me soltó juegas menos que el Athletic. Como seguían sin entrar cartas, me entretuve haciéndome la absurda pregunta de qué tipo de muslari sería el Athletic actual.

Pensé que, a estas alturas de la partida y de la temporada queda claro que, salvo contadas excepciones, pasaría de jugar a grande y a lo grande. Pares no pillaría casi nunca o, como mucho, juntaría un par de pases (perdón, de pares) y, como no sea de mano, prohibido arriesgar intentando jugársela con unas medias (perdón, con los medios). Ni pensar en un buen solomillo y de juego, lo dicho, poca cosa. Treinta y una de postre cada muchas manos o jugadas de poco fuste. No le gusta que los contrarios lleven juego porque cree que se maneja bien cuando no se juega. Prefiere jugar al punto.

Si hay oportunidad de hacer descartes y redefinir la estrategia de la partida, el Athletic prefiere quedarse con as/cuatro y asegurar la pequeña. Jugar de farol y a engañar, pero sin cartas. A perder tiempo descaradamente, a ralentizar, a esperar no se sabe muy bien a qué y a desconectarse del juego. Contra equipos más flojos, justito, pero alcanza, porque San Mamés pesa mucho y los contrarios se comen los faroles pero, cada vez que toca jugar contra uno bueno, o fuera de casa, casi nunca tenemos opción.

Se llevan todo; mayor, pares y juego… y nos regalan la pequeña. Hay que reconocer que, últimamente, jugando a pequeña, el Athletic es el mejor. Siempre nos llevamos esa piedra. La lástima es que, como cualquier muslari sabe, jugador de chica, perdedor de mus. Aquí, en Euskadi, deberíamos tener eso claro, que por algo inventamos el juego.

Como en esencia el equipo es valiente, correoso, sacrificado y no se rinde con facilidad, es difícil que no llegue vivo al final de cada partida (perdón, de cada partido) y, entonces, cuando la cosa pinta mal, se la juega con órdagos desesperados, con efervescentes ataques finales plenos de emoción y poco fundamento. Lo que se dice engordar para morir, aunque alguna vez suene la flauta.

A veces, también utilizamos la estrategia como si fuera una media de ases, que nos sirve para llevarnos la chica y así también robamos los pares. De hecho, en ocasiones, si ninguno juega (perdón, lleva juego) levantamos también la piedra del punto o los tres puntos y nos llega con este poco para ganar la mano pero, en general, seguimos comportándonos como jugadores de pequeña.

No sé ustedes, pero yo hace tiempo que no recuerdo un Athletic desatado, pegando a todo, dominando y mandando en cada mano, con alegría, arriesgando en los descartes, divirtiéndose y ganando amarrekos de cinco en cinco. Sí, ya sé que hoy en día está todo muy igualado en el mus y que todos los contrarios son buenos, están preparados y es difícil ganar las partidas (perdón, los partidos) pero, digo yo que también se puede probar a jugar a la piedra, pero a todas, no solo a pequeña, también a mayor, a pares y, sobre todo, a juego, porque cartas para jugar, tenemos de sobra. Solamente nos falta creer que es posible.

Reconozco en el entrenador a una persona apasionada por el fútbol y con los conocimientos, capacidades y trayectoria suficiente como para ser considerado uno de los profesionales más reconocidos de la Liga. Tengo claro que sus resultados en la alta competición avalan y justifican su forma de entender el juego. Entiendo que considere que no necesita cambiar nada para seguir teniendo un sitio reservado en la élite del fútbol, pero creo sinceramente que está dejando escapar una excelente oportunidad para crecer dos palmos como entrenador con su experiencia en el conjunto rojiblanco.

Después de casi cuatro años viviendo en Bilbao, estoy seguro que algunos de los valores más auténticos de este club, como la nobleza y el respeto, deben estar ya calando, de alguna manera, en lo más profundo de su ser. Atreverse a vivirlos intensamente podría ayudarle, sin duda, a crecer y a progresar más todavía como líder de grupos o, lo que es lo mismo, como entrenador. A confiar en que es posible creer en algo más grande y más ilusionante que los tres puntos de cada domingo. Creer para crear, quizá sea algo tan sencillo como esto. Todavía le quedan cinco meses para hacerse grande en el Athletic y llevarse algo realmente bueno de aquí… además del mus.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 24 de enero de 2011

Esencia

8 enero, 2011

Estaba nervioso. Llevaba algunas semanas jugando mal y las críticas comenzaban a arreciar. Era de noche, jugábamos contra el Málaga en La Rosaleda y quedaban pocos minutos para comenzar el partido. Intuía que quizá era mi última oportunidad para mantenerme como titular. El equipo andaluz tenía un delantero centro argentino goleador y muy agresivo (violento en ocasiones) que se encontraba en un gran estado de forma. Él era mi pareja de baile para esa noche y el duelo no pintaba bien para mí.

El partido comenzó con fuerza y mucho contacto, hasta que en una disputa aérea por un balón, Mario Armando Husillos (que así se llamaba el artista) me golpeó intencionadamente con el codo en la cara. No llevábamos ni 10 minutos cuando el moco rojo comenzó a manar a borbotones por mi nariz. Retirado en la banda, con bastantes problemas para respirar y atendido por el médico, veía a mi entrenador gesticulando para hacer ya el cambio.

En ese momento, cuando ya estaba asimilando una derrota digna (pérdida de titularidad por lesión), algo en lo más profundo de mí se rebeló exigiéndome que volviera al campo. No sé cuál fue el motivo, pero le dije al médico que me colocara como pudiera la nariz porque volvía a jugar de inmediato. A partir de ese momento, todo mi ser estaba centrado en el balón, en los rivales y en mis compañeros. Estaba 100% conectado al juego. Totalmente concentrado. Nada me distraía. Ni árbitros, ni protestas, ni trampas, ni negras profecías y pensamientos inútiles en mi cabeza. Silencio interior. Solamente quería ganar el partido y ganarle a él. Era capaz de anticipar las jugadas y los pases con medio segundo de antelación. Ganaba en todas las disputas, en las entradas y en cada acción. Estaba pletórico.

Ganamos, y a Husillos lo sustituyeron en la segunda parte por su nula aportación al equipo. Cuando entré en la caseta al finalizar el partido, todo eran felicitaciones, pero yo tenía una sensación muy especial. No era solamente satisfacción por el trabajo bien hecho o alegría por una victoria importante. Tampoco se trataba de tener la conciencia tranquila, de haber salvado un match ball o haber respondido a la confianza del entrenador. Ni siquiera el hecho de haberme asegurado el puesto para las próximas jornadas era lo más relevante. Había algo distinto, más profundo y más íntimo. Era como si, en ese partido, hubiese conectado con algo muy importante de mí que estaba escondido o, por lo menos, de lo que yo no había tenido consciencia hasta entonces.

Durante bastantes semanas, esa sensación me acompañaba todo el tiempo y me mantenía alegre, confiado y seguro, no solo en los entrenamientos y partidos, sino en los demás aspectos de mi vida personal. Sabía que todo estaba relacionado con ese partido, pero no sabía por qué. Lamentablemente, hasta mucho tiempo después (años) no fui capaz de descubrir lo que había pasado en La Rosaleda. Aquel día, jugando al fútbol, conseguí conectar y vivir intensamente algunos de mis valores auténticos. Conecté con mi yo verdadero, con mi esencia y con la esencia del juego. Con mi yo más profundo. Aquella noche, sin saberlo, alcancé un momento de plenitud absoluta.

La esencia del juego no tiene nombre, no se puede definir, tan solo podemos intentar poner algunas palabras que identifiquen las emociones que un deportista siente cuando está enchufado, en estado de gracia, cuando fluye… En definitiva, cuando está totalmente conectado al juego. La grandeza del fútbol es tal que permite a cada jugador (y entrenador) conectar con la esencia del juego viviendo sus valores más auténticos.

En la esencia del juego hay esfuerzo y sacrificio, pero también hay arte y espectáculo. Hay reto y desafío, pero también hay respeto por las reglas y por los contrarios. Hay generosidad, pero también hay deseo de ganar, victoria y gloria para el vencedor. El riesgo también es un valor en el juego, así como la diversión. Hay armonía y valentía. Hay compromiso y solidaridad. Seguridad, confianza, honestidad, creatividad… Todos los valores auténticos tienen cabida en el deporte. De hecho, el deporte en general, y el fútbol en particular, constituyen un espacio privilegiado de la vida en el que una persona tiene la oportunidad de vivir de forma más intensa sus valores esenciales… y también un lugar excelente para descubrirlos.

Solo llegarás rápido, en compañía llegarás lejos“. Sería fantástico que todo jugador o deportista tuviera alguien cerca (entrenador, manager, agente, padre…) con las habilidades necesarias para acompañarle en este proceso de descubrimiento de sus valores auténticos. No para decirle cómo debería ser, qué tiene que hacer o a quién debería parecerse, sino para ayudarle a profundizar en su autoconocimiento, a tomar consciencia de qué piensa, qué siente y cómo se comporta, como elementos previos para poder cambiar, transformarse y crecer hacia el jugador y la persona que realmente quiera llegar a ser.

Contra el Barcelona, pudimos comprobar qué gran recorrido podría tener este Athletic si fuera consciente de que cuando juega tan intensamente conectado a sus valores auténticos, a los que realmente definen la Identidad de sus jugadores, del Club y de su gente, puede competir hasta con el mejor equipo del mundo. Cuando se comporta así, es capaz de alcanzar la Plenitud a través del juego y compartir una experiencia memorable con todos los feligreses que acudimos a la Catedral. Tras caer con orgullo y dignidad en la Copa, ese podría ser su gran aprendizaje y La Rosaleda, sin tanta adrenalina ni emoción desatada, el primer examen para poner en práctica lo aprendido.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 8 de enero 2011

Juego de engaño

18 diciembre, 2010

Podría ser también otra forma de definir el fútbol; un juego de engaño, que no de trampas. La diferencia es sencilla para quien la quiera entender. El engaño y la picardía forman parte de las reglas del juego. Las trampas, no. Dentro y fuera, como en Barrio Sésamo.

Amago que voy y me quedo, parece que freno y arranco por sorpresa, finto al segundo palo y rompo al primero, hago como apoyo y tiro un desmarque, simulo que voy a hacer una entrada pero aguanto, la estrategia, las faltas, los córners, las bicicletas, los amagos y las fintas… toda una amplia variedad de elementos que configuran el arte del engaño. Llevado al extremo, recuerdo a Laudrup dando pases de gol mirando hacia otro lado. Ale hop! Casi magia. Imprescindible engañar al contrario para jugar bien. Lo que se entiende menos es que te engañes a ti mismo.

No ser consciente de que sabes y puedes hacerlo mucho mejor y no confiar en tus verdaderas capacidades, es engañarse. Pensar que regalando habitualmente el balón al contrario estás más cerca de la victoria, es engañarse. Creer que el buen juego sale por casualidad, que no requiere grandes dosis de compromiso con una idea y coraje para llevarla adelante, también es engañarse. No ponerte retos que te ayuden a crecer y a mejorar por miedo a fracasar, es engañarse, porque el auténtico fracaso es no intentarlo siquiera.

El Athletic, como si convivieran en su interior el doctor Jekyll y míster Hyde, parece que sufre de un trastorno de personalidad que ha derivado en una irregularidad propia de quien no tiene muy claro a dónde va ni a qué juega. A veces, es como si no tuviera una Visión potente sobre qué equipo quiere ser, que haga de faro e ilumine el camino, ni tampoco un Propósito que cada domingo le impulse en esa dirección. Tan solo es necesario ver el partido completo contra el Espanyol para confirmar el diagnóstico de bipolaridad.

La remontada nos dejó indicios, ¡qué digo indicios!, pruebas y evidencias claras de que este equipo, jugando así, podría aspirar legítimamente a los retos que declara tener con la boca pequeña. Un equipo, intenso, con ritmo, valiente y, sobre todo, comprometido con el balón y con el juego. Con movilidad, participación y gran concentración de todos los jugadores, metidos y centrados en la tarea, sin tiempo para despistarse y cometer errores. Con esa determinación por ser protagonista, se podría afirmar alto y claro que queremos ser de los mejores y que estamos dispuestos a arriesgar para conseguirlo. El premio sería jugar en Europa, pero el éxito verdadero y sostenible sería transformarse en un gran equipo capaz de merecerlo.

Lo que me hace saltar los domingos del sofá para ir a San Mamés no es solamente la incertidumbre y la emoción del resultado, sino la esperanza de poder disfrutar de una experiencia intensa identificándome con un equipo que refleje en el césped lo mejor de nosotros, los valores auténticos que realmente nos fortalecen y nos unen a todos; nobleza, honestidad, generosidad, valentía, intensidad y fidelidad a un estilo que refleja lo que somos y con el que me siento íntimamente conectado. Y el Respeto. A sí mismos, a los contrarios, a las reglas y al propio juego como pilar básico de nuestro club. Lo que realmente deseo cada domingo es renovar y reforzar mi compromiso con lo que soy.

Cuando reconozco estos valores en el terreno de juego me siento bien, orgulloso, feliz, me da energía y me recuerda que yo también soy eso, que soy así, que esos valores también forman parte de mí y que, si quiero, al igual que lo hacen ellos en el campo, puedo elegir sacar lo mejor de mí cada día.

Creo que ya va siendo hora de entender que, cuando el Athletic juega conectado a la esencia de lo que realmente es, juega mejor y es mejor. Cuando lo hace así, se consuma el sacramento de la comunión en La Catedral. Todo lo demás es engañarse. Engañarnos.

Imanol Ibarrondo

Nota: post publicado como artículo en el periódico DEIA de fecha 18 de diciembre

Energizol

11 diciembre, 2010

Escucho decepcionado por la radio la detención de Marta Dominguez y las implicaciones de la operación Galgo. Los expertos analizan los motivos que puedan explicar cómo una atleta de élite puede tirar por el desagüe toda su carrera, su imagen pública, su prestigio e incluso su futuro en el deporte que ama y al que ha dedicado toda su vida.

Aducen que en esta sociedad, también en el deporte, se  busca el éxito fácil, el triunfo sin esfuerzo, inmediato y se valora únicamente al ganador. Tomamos café express, sopa instantánea, tenemos Google, Internet, Facebook, todo rápido y al instante. Lo queremos todo ya.

Aunque el público en general lo desconozca, los deportistas viven ansiosos, angustiados, presionados y, en general, disfrutan muy poco de su privilegio. Así son las cosas. La mayoría considera que solamente vale ganar. Incluso de cualquier manera. Discursos como ‘ganar es lo único que importa’ confunden y no son toda la verdad. Ganar es importante, sin duda, pero hay mucho más.  De hecho, me atrevo a decir que, en la victoria, realmente, no hay nada.

Lo único auténtico que te queda después de ganar, cuando acaban las celebraciones, el baño de multitudes, el dinero y el reconocimiento público, es la persona en la que te has convertido para hacerte merecedor de esa victoria. Eso es lo que hay. Descubrir cómo has crecido, cómo has mejorado, qué has aprendido y qué nuevas habilidades o capacidades has sido capaz de desarrollar y de integrar en ti. Ese es el único y verdadero éxito. Ser capaz de ser mejor cada día o en cada competición hasta convertirte en el mejor deportista que puedas llegar a ser.

Disfrutar de la íntima y genuina satisfacción de saber que has sido capaz de superar todos los obstáculos y dificultades, de no haberte rendido, de perseverar, de mantener la ilusión ante la diversidad, de superar la presión, de cuidar tus emociones y tus pensamientos, en definitiva, de crecer. Eso es ganar y, para eso, no es imprescindible quedar primero. No te llevarás la gloria pero sin duda, habrás ganado.

Para conseguirlo, es imprescindible vivir conectado a tus valores auténticos y a los de tu deporte, a tu esencia, a lo que realmente eres y te hace sentir pleno. Definir también una Visión y un propósito que sirvan de brújula y faro para tu carrera. Descubrir quién eres y qué es lo que realmente quieres te dará la energía, la vitalidad y la ilusión que necesitas para sacrificarte, esforzarte y perseverar hasta estar en condiciones de alcanzar tu sueño. Y, si no lo alcanzas, podrás mirar para atrás y ver dónde estabas y hasta dónde has llegado antes de seguir hacia adelante con una sonrisa iluminando tu espíritu. En Incoade, a esa energía la llamamos energizol. No viene de fuera ni es sintética. El depósito está en el interior de cada uno. Tan solo hay que mirar hacia dentro para descubrirlo El energizol es gratis, inagotable, está siempre disponible y, aunque los síntomas sean de alegría, vitalidad, fuerza y coraje… no da positivo. 

Imanol Ibarrondo